Aquí estoy, sumergida hasta las orejas entre los frutos de la caridad neoyorkina: preciosas chaquetas de Versace, de Óscar de la Renta, de Jean Paul Gaultier, de Giorgio Armani; ropa deportiva Tommy Hilfinger; relojes Patek Phillipe y Gucci; zapatos Paloma Picasso y Cole Haan.

Me embarga la alegría de haber encontrado una elegante cartera en “black velvet” diseñada por Salvatore Ferragamo, por la que sólo tendré que pagar US$35.00 –el precio normal está entre los 300 y 500 dólares- y unos cómodos zapatos Bass de piel y tacón bajo, nuevos, que apenas me costarán siete dólares.

A mi querida amiga Bertha Altieri –a quien llamo tía- no le pesan en lo más mínimo sus 65 años para hurgar frenéticamente entre marcas y marcas de diseñadores a cual más famoso. Parece un personaje de las Historias de Nueva York, de Woody Allen.

De todas las dominicanas que conozco en esta ciudad, es ella la más neoyorkina: cierro los ojos y la imagino en un bello día de abril con su sombrerito de flores, sus zapatos tenis y su sobretodo negro admirando las magnolias de Riverside, las tiendas de Madison o los teatros de Broadway; discutiendo precios con los tenderos de Chinatown o bebiendo un capuchino en el Village.

El vendedor no atina a comprender por qué muchas abuelas neoyorkinas no son como sus María y Josefa, quienes preferirían morir antes que apropiarse de lo ajeno

La recreo dirigiendo su mano hacia la isla Ellis y agitándola al pasar cerca de la Estatua de la Libertad, al ir en la barcaza hacia Staten Island; o atiborrándose de cultura estadounidense en el Metropolitan Museum, como lo hemos hecho antes.

Y cuando reconozco en The Sopranos, Sex and The City o en cualesquiera otras de las teleseries ambientadas en Nueva York, los lugares que hemos visitado juntas, como el Rockefeller Center y su pista de patinaje sobre hielo, pienso en que este “melting pot” nunca sería lo mismo sin ella, al menos para mí.

Tía Bertha me ha traído a una auténtica barata de primavera, explicándome que todo lo que se expende aquí ha sido donado a la caridad por personas adineradas.

El vendedor, joven dominicano llegado hace cinco años desde el Derrumbadero de Mahoma, en San José de Ocoa, advierte identidad en nuestro acento: los fuertes lazos del origen común lo invitan a unirse a nuestra conversación y comienza a hablarnos en tono de nostalgia, de añoranza, de sueños truncos.

Sorprendentemente, su mayor dolor no tiene que ver con la ausencia de sus padres ni proviene de una traición amorosa: el motivo es laboral y, más que eso, humano.

“En mi campo”, musita para no ser escuchado por el resto de la clientela, las abuelitas eran mujeres en las que se podía confiar; aquí, sin embargo, son ladronas arteras que esconden las mercancías robadas hasta entre los pañales y cochecitos de sus nietos”.

“Me parte el corazón cuando una anciana a la que he prestado toda mi ayuda y atención, todo el respeto inculcado por mi familia, intenta salir de la tienda con zapatos nuevos, tomados de aquí mismo sin pagarlos, mientras deja los viejos en el tramo”, confía con una expresión de desengaño.

El vendedor no atina a comprender por qué muchas abuelas neoyorkinas no son como sus María y Josefa, quienes preferirían morir antes que apropiarse de lo ajeno. “A mí no me roban las jóvenes, me roban las ancianas”, sentencia.

“¿Para qué necesita una abuelita adueñarse ilegalmente de una cartera Salvatore Ferragamo…?”, pregunta desconsolado, mirando de reojo mi reciente adquisición, “¿… o una blusa Dolce y Gabanna o un vestido Calvin Klein o…?”. Él no lo sabe y confieso que, en este momento, yo tampoco.

Mientras se aleja, fijo los ojos en tía Bertha, en lo afanoso de su búsqueda por algo “bueno, bonito y barato” qué ponerse. La respuesta se estrella contra mis narices: es que la edad no disminuye el deseo de una mujer de sentirse hermosa, de agradar, de lucir prendas que llamen la atención por su calidad y belleza. Robar está mal, por supuesto; pero, ni el “welfare” ni la falta de dinero son bozales de la vanidad, insondable fuerza que mueve al mundo.

Aún así, sólo recelaré de las abuelitas si algún día instalo una tienda en esta urbe tan alocada y fascinante como una anciana rejuvenecida por las líneas de un traje de marca o la fragancia de un perfume caro.