El autor es un decepcionado consciente.
La sexualidad en el hombre solamente conoce un vínculo, el pene, ese instrumento pulsante y sanguíneo que lo iguala a un animal cualquiera. No por casualidad el hombre es el violador de la historia. El varón está ahí, esperando que la hembra desee.
Es un activo en apariencia, sujeto a los humores de la hembra. Los trucos que utiliza para seducir son falsos juegos donde ella le hace creer que él decide la conquista. Es un conquistador conquistado porque no decide dónde, cómo y cuándo la presa será devorada por los encantos de la lujuria. A la trama que implica seducir, se agrega la complejidad de cada individuo, lo cual hace más laberíntico el asunto.
La sexualidad en la hembra está sujeta a ciclos, se vincula a una serie de procesos psíquicos y emocionales que condicionan lo que ella espera del varón. Ella es un ser del deseo y de los ciclos, voluptuosa cuando el calor se lo permite. Tal vez por eso es el objeto del deseo. Sonlas pasarelas del porno y la vanidad. Es una presa compleja en su captura porque no hay esquemas claros para conquista.
Su sexualidad está conectada a una lógica compleja, el varón no tiene acceso. No es una sexualidad tan pulsante y sanguínea, está vinculada a su sistema nervioso y a su mente. Tal vez por eso la hembra es la que grita en el acto sexual, quizás, para expulsar una fuerza vital contenida y contraída en su sistema nervioso.
Hembra y varón son dos seres diferentes en su biología, lo que implica percepciones diferentes respecto a la "realidad". La hembra ve desde un aparato estrictamente cíclico, condicionado, como todo, por una cultura del poder. Eso implica todos los factores que inciden en la educación.
El varón ve y percibe desde un orden construido en él y para él, sostenido en el falso poderío de la masculinidad. Es una biología de la fuerza que ha permeado la estructura social, que en esencia no es más que testosteronas transferidas a un sistema cultural que todavía funciona sobre la base del orden animal más elemental: acción vs. reacción.
La hembra le hace entender al varón que ella es un rito del deseo. Su sexualidad y su humor están más allá del deber. Se visten, se comparten, dan y reciben cuando desean. Sin embargo esperan que el varón sea siempre un sujeto del deber. En fin, como lo dice el chiste popular, en su inconsciente más íntimo, ella espera que el hombre sea una especie de súper héroe en todo. Debe ser buen amante, buen hijo, buen padre, buen compañero de hogar. Y nunca se puede dar el lujo de no desear cuando ella desea, sin importar el orden del deseo.
La diferencia de percepción respecto al deseo y al deber, es una constante de conflictos entre estos dos sujetos. Los une y los desune en casi todos los actos de la vida cotidiana. Es como si el vínculo se sostuviese en una dualidad libidinal.
No existe la menor duda de que hay una trama cultural que vincula a ambos sexos al sentido del deber. Sin embargo, el símbolo de objeto del deseo que designa a la hembra, no es solamente cultura, encuentra asidero en su naturaleza.
Siempre se espera que él resuelva, de lo contrario queda condenado a ser un "mamita". Un hombre pusilánime, despreciado hasta por una mujer que sea igual que él. No es por casualidad que en la esencia del acto sexual, uno recibe y el otro da.
En mi parecer esa dicotomía entre placer y deber, hace de la mujer un ser más vivo, menos mediocre o conformista que el hombre. Tal vez por eso en la mayoría de los casos son las mujeres las que deciden separarse, romper algo que no solamente implica voluntad del intelecto sino la sensación emocional de que algo no anda bien en la estructura.
Ese individuo macho, decide más fácil desde una cierta lógica racional que rara vez tiene un contacto profundo y saludable con su propia emoción. Es más fragmentado que la hembra en sus decisiones, y creo que el asunto no deja de estar ligado a diferencias biológicas en la sexualidad.
Como la maternidad es natural y la paternidad es social, la seducción se hace más compleja desde una estructura que implica hijo. Desde ese momento, algo cambia en el deseo de la hembra. Un instinto maternal la vincula a la rutina, el varón que la acompaña puede pasar a un segundo plano, porque en esencia el vínculo que ella establece con él se sostiene en lo efímero y frágil que es la emoción.
El vínculo entre hembra y varón no es natural ni profundo en sí mismo, como lo es la maternidad. Tal vez por eso Goethe en su obra "El Doctor Fausto" articula este diálogo entreel personaje Mefistófeles y Dr. Fausto. Él pregunta: "Qué une la naturaleza de la mujer con la del hombre" Mefistófeles responde: "La lujuria, el dinero y buena casa…"