“Pensaba que existía una verdad,

pero dios es el mal último de mi patio

todo está muy bien, pero alguien morirá”

La ironía con ritmo de Ruy Belo

1.

Un anillo de matrimonio ha sido encontrado cincuenta años después, en Escocia, y una bomba de la 2ª Guerra Mundial ha estallado cerca de Múnich, en Alemania.

2.

MacSween, tiene 86 años, señorísima de pelo blanco; está sentada, hablando a la televisión, con las manos orgullosas sobre sus piernas; y un dedo allí en medio especialmente exuberante aunque quieto exactamente como los otros. En el dedo, exuberantemente quieto, una alianza.

Ya sea oro, ya sea una presencia con aura. Lo quieto que brilla es brillo. Lo quieto que no brilla es quieto.

2.

MacSween perdió este anillo suyo de matrimonio mientras estaba recogiendo con las manos y los diez dedos, uno de ellos con la dorada alianza, las patatas en el campo frente a su casa en Benbecula, en Escocia, pequeña isla de poco más de 1200 habitantes.

1200 habitantes y un anillo.

En una isla, todo lo que cae en la tierra está rodeado por mar -no sólo los humanos, también los metales, los anillos, las patatas.

Eso pasó hace cincuenta años y cincuenta años es mucho tiempo.

El oro cayó y la tierra se quedó callada como si fuera materia avariciosa y el oro tuviera, para el suelo inerte, un significado distinto al de cualquier otra piedra o metal.

3.

Imaginamos la víspera de ese encuentro amoroso entre la piel y la materia; encuentro donde el dedo de MacSween se encuentra con el anillo y el anillo con el dedo.

Su marido murió hace mucho, pero ella allí sigue: algo hace un ruido en su dedo cuando ella mira. Lo que no se ve hace sonido. Lo que falta hace más sonido que aquello que está presente. La melancolía es asunto, entonces, también de los oídos, no sólo de la nada que los hechos o cuerpos dejan en el espacio y en los días que pasan.

Donald MacPhee, explica la dificultad -para la máquina detectora de metales: oro y una lata vieja hacen el mismo sonido.

5.

El sonido del detector de metales debería colocar graves sonidos en lo poco valioso; agudos estridentes en el oro. Pero esta máquina ciega tiene un sonido uniforme como si la materia del mundo fuera una y no existiera una clara lucha de clases entre los múltiples metales que la tierra produce con su motor natural, al que llamamos tiempo.

Mientras recogía patatas perdí el oro, podría haber dicho MacSween, si fuera poeta. Y lo es. Señorísima de ochenta y seis años; está contenta como si acabara de salir del agua. Mi marido estaría orgulloso, dice ella. Es bello mi anillo, ¿a que sí?, le pregunta al señor que tiene una cámara de televisión en las manos.

6.

Cerca de Múnich, trabajadores hacían una perforación alrededor de una estación de trenes y de golpe un estruendo que viene con un bruto retraso violento.

Una persona herida, en estado bastante grave, por una bomba que estaba allí hace más o menos ochenta años. Una trampa lenta: la dinamita paciente como un árbol malvado de metal, que no crece, pero no muere.

Las cosas que están hechas para matar sólo llegan a su destino cuando matan.

Una bomba de la 2ª guerra mundial ha llegado a su destino, esta semana, como si fuera un tren con ochenta años de retraso.

No era un anillo, cosa leve y mínima, la bomba pesaba 250 kilos. Imaginar un flotador que lleva enterrado muchas décadas y que se recupera para utilizarse en una salvación moderna.

Solo lo que mata o lo que salva no se estropea, o no se deteriora, a medio del camino (o no es desmontada) va hasta el final como si la materia estuviese también hecha de destino o tozudez.

La función de las máquinas y de las cosas es su destino.

7.

Un anillo que no ha abdicado de su dedo; una bomba que no ha abdicado de estallar. El material testarudo allí está.

MacSween, de 86 años está contenta, ha recuperado un anillo; un hombre, en un hospital de Múnich, está cerca de la muerte, ha recibido un astillazo de bala.

Qué bien, la tierra devuelve lo que en ella ha caído.

¡Cuidado!, la tierra devuelve lo que en ella ha caído.

—————

Originalmente publicado no Jornal Expresso

Traducción de Leonor López de Carrión