Teoría Política de la Corrupción (7)

La situación del personal político y las esferas del poder

Algunos estudiosos de la vida política consideran que cuando las personas que llegan a los asuntos públicos tienen medios económicos suficientes, es previsible que les interese más el disfrute del poder que utilizarlo para enriquecerse, y al contrario, cuando carecen de estos medios, tenderán a buscar el modo de adquirir bienes económicos a través de diversas formas de corrupción, para asegurarse una “posición”.

Sin embargo, la ecuación políticos pobres=más vulnerabilidad a la corrupción, no siempre se cumple, y llevada a sus últimas consecuencias lógicas conduciría a un retorno a los gobiernos aristocráticos o, por lo menos, plutocráticos. Justamente, una de las grandezas de las democracias es que pueden permitir una mayor circulación de personas con méritos y capacidades para desempeñar puestos públicos.

Esto en teoría, ya que en la realidad no siempre se sigue que la llamada “clase política” democrática esté constituida por personas de talentos y  muchas veces lo que ocurre es el reinado del nepotismo más ramplón. Con la cooptación por los jefes de partidos de una serie de seguidores incondicionales que son miembros de su familia, o que le siguen ciegamente, y son estos los designados para puestos en el Estado sin tener las condiciones mínimas requeridas para estos desempeños.

A esta disfuncionalidad se tiene que añadir ahora la tendencia a que los presidentes impongan a sus mujeres para sucederles, o a sus hijos, u otros familiares, introduciendo un “principio monárquico” en las repúblicas. Lo cual sin duda significa una degradación del principio democrático que es , entre otras cosas, lo que hace más efectiva y atrayente la democracia basada en la soberanía popular, que se suponía era el fin de los lazos de sangre y el monopolio del poder por una nobleza de sangre o una “noblesse de robe”.

Así pues, por un mecanismo perverso de funcionamiento de los partidos, parece que los hombres honrados y de talento son desplazados por los pillos e inescrupulosos de todas las raleas, en demasiados casos como para que se pueda apelar a la excepción contra la regla. Cuando esto ocurre, se puede decir que se está dando en la política una aplicación de la ley de Gresham de la moneda, según la cual la moneda mala expulsa del mercado a la moneda buena.

Los malos políticos expulsan del mercado político a los políticos capaces y honrados, por un personal de baratija, bueno, sobre todo, para medrar a través del más rastrero servilismo. Sin que puedan aportar nada interesante a la gobernanza de un país sino hacerla más propicia a los movimientos autoritarios, cesaristas y bonapartistas de sus jefes políticos. Y claro está, este tipo de personal es más propicio a cometer, encubrir y estimular los actos de corrupción de sus superiores, y ser ellos sujetos activos propicios de los sobornos, extorsiones, cohechos y de todas las forma de corruptelas imaginables.

En Italia, por poner un ejemplo de la no correlación entre políticos “pobres”=corruptos, precisamente los políticos que tenían mejor fama de honrados y eficientes en el desempeño de sus funciones, casi siempre a nivel local y regional, y parlamentario, eran los del Partido Comunista Italiano. También los de los llamados partidos laicos (republicanos y liberales). Los primeros, con un alto componente de políticos procedentes de sectores de rentas no muy elevadas (PCI), y los segundos, representantes de sectores de las clases cultas y económicamente superiores.

De todos modos, la experiencia histórica parece demostrar que se produce menos tendencia generalizada a la corrupción, cuando el personal político tiene una profesión que le permite reincorporarse a su carrera, ajena a la vida política, sin graves trastornos económicos. Es decir, personas que pueden vivir de otra cosa que no sea la política.

El caso francés es importante a este respecto. Un elevado número de políticos franceses proceden de los denominados altos cuerpos de la Administración Pública (los llamados “enarcas”, es decir, funcionarios de carrera egresados de la Escuela Nacional de Administración, más conocida por sus siglas ENA). Durante la V República, el 100% de los primeros ministros fueron funcionarios de carrera, y la gran mayoría de ellos pertenecientes a los grandes cuerpos del Estado.

Estos “enarcas” pasan sin grandes problemas de la función pública a la empresa privada (el llamado “pantouflage”, vid. Carlos Báez Evertsz, El paso de los funcionarios al sector privado, 1990, Ministerio de las Administraciones Públicas,  Boletin de la DG de la Función Pública,Madrid),o, al desempeño de puestos propiamente políticos.

Un socialista llamó con cierta ira a esta situación de predominio del alto funcionariado en la política francesa, la “república de los funcionarios”, (Thierry Pfister, La Republique des fonctionnaires, 1988, Paris, Albin Michel ),pero ésta – a mi parecer buena tradición-, continúo durante todos los gobiernos socialistas franceses de Mitterrand, de Jospin y se sigue con Hollande. El mismo un egresado de la ENA, al igual que Jospin, Laurent Fabius, Michel Rocard y la ex candidata a la presidencia Ségolene Royal en las anteriores elecciones presidenciales.

Es inteligente no modificar algo cuando funciona adecuadamente. Y es un hecho que los egresados de la ENA conocen muy bien el funcionamiento del Estado y los procedimientos administrativos, por tanto, no van a los puestos políticos como paracaidistas o a aprender que hacer. Han demostrado al acceder a la función pública méritos y capacidad. La crítica que se le puede hacer al sistema es que quizás tengan una buena experiencia de   los mecanismos del Estado pero se les pueda achacar poco espíritu innovador.

¿Esto impide la corrupción? Indudablemente, no. Pero hay menos probabilidad de que se produzca, por una razón fundamental. Cómo estos políticos tienen asegurada una larga carrera hasta su jubilación en la función pública lo que podríamos llamar sus “costos de oportunidad” son altos, y por lo tanto, no tienen por qué actuar con las prisas para hacer dinero fácil y rápido, con que podrán actuar políticos inseguros con su situación profesional, su carrera política, y sus ingresos.

Han demostrado al acceder a la función pública méritos y capacidad. La crítica que se le puede hacer al sistema es que quizás tengan una buena experiencia de   los mecanismos del Estado pero se les pueda achacar poco espíritu innovador

Otro aspecto a tener en cuenta en relación con la proclividad a la corrupción es el Departamento ministerial en el cual se encuentra el político. Los ministerios que tienen entre sus funciones llevar a cabo los grandes contratos de obras públicas y de adquisiciones de material para el Estado, así como los departamentos que tienen tareas de recaudación de fondos públicos, son los ámbitos privilegiados para efectuar operaciones de soborno o de extorsión.

No debe perderse de vista que los procesos de desregulaciones de sectores y las privatizaciones de empresas públicas, también ofrecen oportunidades privilegiadas de corrupción. De manera que no siempre las privatizaciones responden a objetivos económicos rigurosos o a concepciones ideológicas “puras” (fe en el liberalismo o neoliberalismo económico), sino que son ocasiones de obtener importantes negocios no solo para los adquirientes del sector privado sino también para los políticos que los promueven y administran.