Desde un punto de vista histórico y social, una de las más jugosas y truculentas novelas de la literatura dominicana es "La sangre" de Tulio M. Cestero (1887-1955), que publicara en 1914 con el subtítulo "Una vida bajo la tiranía". Su interesente bibliografía incluye, además, "Impresiones de viaje: Ciudad Romántica" (1911), "Hombres y Piedras" (1915) y "César Borgia" (1935).La celebre novela "La sangre", comparte con el "Enriquillo" de Galván la gloria de contarse entre las obras capitales del parnaso criollo y de la república de las letras americanas en su género (romanticismo y modernismo), no sólo por la excelencia de su estilo y realización, sino por su condición y carácter de fundadora de ideología (falso concepto de la realidad en la acepción marxista, conjunto de ideas, creencias, imágenes, representaciones, sublimaciones que proporcionan una representación ficticia de la realidad y del modo en que se desenvuelve la vida social de los seres humanos). No en balde Manuel Arturo Peña Batlle –numen prolífico del trujillismo- creía "firmemente que 'La sangre' era la mejor novela dominicana". Opinión parecida, aunque por razones diferentes, sostenían Pedro y Max Henríquez Ureña.

En sus líneas generales, "La sangre" es la historia del revolucionario Antonio Portocarrero y un poco también la historia de la "ciudad romántica" de Santo Domingo, la ciudad colonial, desde el primer gobierno de Lilís (1862) hasta la Convención Dominico-Americana (1907). Más que una vida bajo la tiranía, como se subtitula la obra, es una verdadera novela de las revoluciones. Y más que eso, todo un ensayo de interpretación de la historia dominicana en términos de sociología y  sicología social. Desde este punto de vista, "La sangre" es lo que suele llamarse una novela histórica y también una apasionada tesis política.

La narración, hasta el capítulo XII ofrece una visión retrospectiva de los acontecimientos, en flash back, utilizando un procedimiento que sería típico de los más renombrados realizadores cinematográficos, como el Orson Welles de "Ciudadano Kane".

El año de inicio de la novela  es 1899 y faltan horas para que se produzca el ajusticiamiento del tirano Lilís (Ulises Hilarión Heureaux Lebert) a manos de Mon Cáceres y Jacobito de Lara en el poblado de Moca.

Desde su celda en la Torre del Homenaje de la Fortaleza Ozama, donde ha ido a parar por decimaquinta vez durante la tiranía, Antonio Portocarrero rememora y reevalúa diversas etapas de su existencia. La infancia inolvidable en el "riente valle nativo" de Peravia, concita sus mejores recuerdos. Allí fue dichoso "jugando a los matrimonios" con la hija de la vecina, haciendo travesuras: acechando a las lavanderas en los ríos, librando batallas a guayabazos, echando carreras en burros, dejándose llevar a misa por "las alegres campanas de la iglesia", persiguiendo a las Mariposas de San Fernando, que en una época inundaban el país y ya no existen más que en un nostálgico poema de Federico Jovine Bermúdez.

Y fue dichoso a pesar del casi diario "castigo" de asistir a la escuela:

"Dichosa edad! Cumplidos los ocho años, sufrió los primeros cambios desagradables en su vida. Terciada al busto la saqueta de tela con el libro primero de Mantilla, pizarra, cuaderno de escritura, tintero, pluma y clarión, tomó el camino de la escuela de varones."

Los recuerdos de esa infancia los recrea el autor en páginas que son como una pintura de las costumbres pueblerinas, incluida la fiesta de la virgen y tradición del Peroleño. Un cuadro digno de ser reproducido en su integridad:

"¡Y qué misa, la del día de la Virgen! La iglesia de bote en bote. En la tarde, la imagen de Nuestra Señora de Regla recorrió en procesión las calles principales, barridas, desherbadas ex profeso y cubiertas de pétalos multicolores. Seis doncellas cargaban las andas florecidas. La Virgen, con su joyante túnica blanca bordada de oro, manto azul y corona de pedrería, entre cálices, turíbulos, diosa de aquella Arcadia, ponía en cada pecho el contento de vivir o la promesa de un milagro. Teorías paralelas de muchachas tocadas de albos velos, con cirios encendidos hechos de la cera más fina de las colmenas, precedían: una de ellas, la chiquilla, su ex-novia, que, grave, casta, ni le miró. ¡Quién hace cuenta de cosas de niños! Los bailes, rumbosos Como jamás, y hasta le pareció a él que ni las feas comieron pavo, y las notas de las danzas sugerían más elocuentes las declaraciones de amor a los ladinos capitaleños. ¿Y las corridas de anillos y macutos, y las cenas? No, si todo fue magnífico, hecho adrede, para que él no lo olvidara. ¿ Y el Peroleño?…

"Érase el Peroleño, legítimo descendiente del ilustre señor don Pedro Leño, perniquebrado, pequeño y redondo, el lampiño rostro malicioso, en los labios finos y rojos, sonrisa despreciativa. La nariz remangada; negro el mostacho; la cabeza de escaso pelo lacio, plantada en un cuello arrecho, se iluminaba con la lumbre de los saltones ojos azules y picarescos, hasta la desfachatez. El pecho abultado y los hombros anchos desafían los golpes del contrario.

Colocado en su trono, de modo que se moviera al menor contacto, lucía espada, cruces y medallas; cimera empenachada y adarga embrazada en la diestra. En la izquierda sostenía una calabaza o vasija llena de agua de tuna. Los jinetes contrarios, a escape, le pegaban con la siniestra, y el muñeco a su vez, aplicábales un lamparón bermejo. La victoria era de quien salía ileso del encuentro, y para él, la ofrenda de un lazo con ancha moña rizada que antes se ostentó en corpiño femenil, o palma que, las más de las veces, correspondió al triunfante Peroleño.

Toñico sentía cominillo, irresistibles ganas de correr; se le antojaba fácil el éxito: alcanzar el lazo de la ex-novia, ser admirado y aplaudido. Y tal empeño puso, que alguien complaciente le prestó caballo, por una carrera nada más, e hipándose sobre los estribos, pasó, alcanzando al muñeco con tan leve pasa-gonzalo, que apenas si unas gotas señalaron su primera derrota.

"¿Y el testamento del Peroleño ….? ¡De rechupete! El noveno día, caballero en un borrico, seguido de ruidosa cabalgata de damas y galanes, paseó el pueblo. En las esquinas fue leído el testamento, en verso, con sal y pimienta, satirizando a las autoridades y notables. Al maestro también le tocó su chinita; y cómo la rieron los alumnos, exclamando: '¡ya nos las pagó todas juntas!".

A los catorce años, por mediación de un tío que residía en la Capital, ingresa "como interno en el colegio San Luis Gonzaga", bajo la dirección del inefable, retorcido y ambiguo padre Billini. ("Ay, Dios mío" -escribe al respecto el marido de Salomé Ureña, Francisco Henríquez y Carvajal- "el pervertido bajo la sotana del santo").

El ingreso al San Luis Gonzaba, ya casi en ruinas, situado en la calle que hoy se llama padre Billini, al lado de la iglesia Regina Angelorum (donde hoy existe el Colegio de Señoritas Salomé Ureña) traumatiza temporalmente al provinciano que llega, como otros, "con su catre de tijeras". Después vendrá el verdadero período de adaptación a la vida.