A Andrés L. Mateo

En el artículo: "La palabra y su peligrosidad" (22-12-2011), el colega Andrés L. Mateo planteó el problema de la tensión existente entre la empresa creadora del artista y el poder del Estado.

El problema tiene una larga historia y como se nos recuerda en el artículo señalado, se remonta al proyecto de reingeniería social formulado por Platón en La República. En esta obra fundacional de Occidente, se lleva a cabo una crítica contundente contra los responsables de la formación de la cultura helénica, los creadores de "mythos", Homero y Hesíodo.

Esta crítica debe situarse en el contexto de las transformaciones socioculturales que produjeron un giro significativo en la escala de valores del mundo antiguo, pero también, en el contexto del proyecto político platónico. Platón aspiró a regular todas las esferas del juego social para hacerlas acorde con su proyecto de poder. No ha de extrañar, por tanto, que Platón haya sido denunciado, desde la tradición del pensamiento liberal, como el arquitecto de un proyecto totalitario.

En un programa de semejante naturaleza no puede descuidarse la función de los poetas (el término debe ser entendido en un sentido bastante amplio para referirse al creador, al artista, al escritor). Ellos también deben subordinarse al proyecto político. Platón no dejar lugar a dudas cuando señala en La República (II, 379a): "… a los fundadores del Estado corresponde conocer las pautas según las cuales los poetas deben forjar los mitos y de las cuales no deben apartarse sus creaciones"…

Desde entonces, ha existido una tensa dinámica entre la creación intelectual y el poder político. Una tensión entre el intento natural de ensanchar los límites de la creación, por parte del artista o el escritor; y un intento, desde el poder, por restringir estos límites. En la dinámica de esta tensión, el poder político ha recurrido históricamente a los más variados mecanismos de resolución del conflicto, dependiendo de las condiciones sociales y la naturaleza de los regímenes en control del Estado: La censura política, el exilio, el silenciamiento, la frivolización de la actividad creadora, la compra de conciencia, la marginalización social del artista y hasta la aniquilación física de la persona creadora.

Pero también, las sociedades occidentales modernas han creado un mecanismo de resolución del conflicto al que denomino "espacios del disenso" o "espacios abiertos". Con este término me refiero a escenarios institucionales conformados para posibilitar el debate, la crítica o el cuestionamiento mismo de las acciones de todos los agentes políticos, aún de quienes detentan el poder. Estos escenarios se han constituido en las universidades, los medios de comunicación y en las instituciones culturales, confundiéndose en muchos casos con ellas.

Desde la postura de cierta tradición de la izquierda, estos espacios han servido para oxigenar el clima asfixiante del pensamiento unilateral, o para enajenar la atmósfera cultural, reproduciendo la estructura ideológica de la sociedad, expresión de una estructura económica opresiva. De ahí, la existencia de una tradición crítica, especialmente de corte marxista, que ha cuestionado la función del intelectual – en su sentido tradicional- para los procesos emancipatorios de las sociedades de mercado e inclusive, ha visto en esta figura un obstáculo más para superar en este proceso emancipatorio. Jean Paul Sartre (1905-1980) y Noam Chomsky (1928) son muestras de esta postura.

Por el contrario, desde la tradición del pensamiento liberal, el intelectual cumple una función indispensable en la lucha contra los enemigos de la libertad y en el proceso civilizatorio que el triunfo de ésta conlleva. Desde esta perspectiva, el intelectual es la figura que encarna la denominada alta cultura, pero al mismo tiempo, por su formación y capacidad de dilucidación, por su habilidad para leer el signo de los tiempos, constituye una ayuda invaluable en este proceso, si se compromete con el proyecto de construir una sociedad más libre, justa y civilizada. Karl Popper (1902-1994) y Mario Vargas Llosa (1936) se inscriben en esta tradición.

Independientemente de la postura que asumamos en el debate entre marxistas y liberales, lo innegable es que en las sociedades occidentales modernas existen los espacios abiertos. Claro está, el nivel de apertura depende de las características de las estructuras sociopolíticas de estas sociedades, de su nivel de desarrollo, de la cultura política arraigada, o de las posibles situaciones amenazantes que puedan darse en un momento determinado para la sobrevivencia misma del sistema político imperante.

Una sociedad abierta promueve y sustenta, desde el poder político, espacios del disenso. El filósofo francés Henri Bergson (1859-1941), veía una sociedad abierta allí donde el estado era tolerante, flexible, respetuoso de las opiniones ciudadanas y con una dinámica pública, no sólo por la trasparencia de la opinión, sino también, porque el conocimiento generado en ella era un bien común.

Por el contrario, en las sociedades cerradas, los espacios del disenso están clausurados. Esto no significa que las instituciones estén cerradas –las universidades, los medios de comunicación y las instituciones culturales siguen funcionando- pero los escenarios están regulados férreamente desde el poder del Estado, para impedir el debate y la crítica. El sistema soviético de Stalin, el régimen fascista de Hitler, o la "Era de Trujillo" son prototipos de sociedades cerradas.

Sin problematizar en el concepto bergsoniano de sociedad abierta, empleándolo meramente como un concepto operativo y en contraposición con el de sociedad cerrada, ¿Qué tipo de sociedad es la República Dominicana? No es, verdaderamente, una sociedad cerrada, porque en ella existen espacios del disenso. Sólo que son  marginales, muy reducidos y en muchas circunstancias, reciben el hostigamiento o el intento de regulación -mediante la fuerza  o el chantaje- de los grupos de poder vinculados al Estado. Los casos de Viriato Sención, la concentración y uso político de los medios de comunicación del consorcio Baninter y el proceso de la última reforma constitucional son muestras del hostigamiento y el intento de regulación al que me refiero. Por consiguiente, si bien no es una sociedad cerrada, sí es una sociedad con demasiados espacios cerrados.

Históricamente, la República Dominicana ha oscilado entre la clausura total de los espacios (Trujillo) y una sociedad de espacios semiabiertos, marginados, o regulados (Los doce años de Balaguer).

En una sociedad así, que va de un sistema totalitario a un régimen autoritario, y del autoritarismo a una transición democrática interminable, no queda mucho lugar para el cultivo de una cultura democrática. Es lógico que en un contexto de instituciones débiles, la persona responsable de la función pública -ocupante de la misma como el producto histórico de unas relaciones sociales autoritarias- y en el marco de unas estructuras socioeconómicas que promueven la dependencia del poder político, espere que los escritores y los artistas se conviertan también en asalariados o en panfletistas al servicio del gobierno de turno.

Por tanto, no es de extrañar la situación sobre la que Andrés L. Mateo llama la atención. Su desafiante pregunta es perturbadora: ¿Puede, un verdadero artista, un verdadero intelectual, pasar por encima de la inflación moral que abate este país? La respuesta me resulta difícil.

Porque en esta "República de los espacios cerrados", se cierran también las posibilidades de la independencia y la autonomía que requieren el artista y el intelectual para la creación y la crítica. Quien tenga dudas que reflexione sobre las siguientes preguntas: ¿En República Dominicana se encuentra diversificada la posesión de los medios de comunicación? ¿Cuántos de estos medios tienen secciones de opinión para el debate? ¿Cuántos programas de radio y televisión son canales al servicio del proceso civilizatorio de este país? ¿Cuántos periodistas, haciendo de independientes, son relacionadores públicos al servicio del poder del Estado, en éste y en otros gobiernos? ¿Son nuestras universidades espacios para el debate crítico o  la concientización social? ¿Se puede vivir en este país meramente del oficio de ser un intelectual, dándoselas de "outsider", sin hundirse a sí mismo y a los suyos? ¿Puede disfrutar de la suficiente independencia económica para no sucumbir a la venta de su conciencia?

Y así, con pocos espacios abiertos, quienes deben defenderlos sobreviven. Mientras tanto, muchos de los que deben contribuir a su creación son amordazados con cargos públicos, salarios y jipetas. Entonces, la palabra comienza a perder su peligrosidad y recorremos, gradualmente, el tenebroso camino que describí  en "El experimento que amenazó la libertad".