Arquitectos, escultores, diseñadores y reproductores de objetos culturales crearon en el movimiento de la tradición artístico-cultural diversos  modos de producción visual ligados al tiempo imaginario o tiempo de las formas creadas por la mano, el  ojo y el sentimiento de los artistas.

Este tipo de trabajo de creación de las imágenes se estimaba y se estima en el contexto de una economía simbólica donde cobraban (y cobran) valor los materiales, instrumentos, técnicas y modelos creados o reproducidos por el hombre en una cultura histórica determinada.

Las ciudades antiguas y modernas se constituyeron en espacios de producción para la elaboración de imágenes realistas, simbólicas, representativas, íconotemáticas, visionarias y otras que podemos reconocer y destacar en el marco de la tradición moderna. Es con el nacimiento de las comunidades históricas cuando el sujeto logra su estatuto legítimo de creador o reproductor de formas y donde se hará posible, a partir de la cristiandad occidental, el surgimiento de una iconografía pagana y cristiana, una iconografía del oriente cristiano y occidental.

Es allí donde las imágenes surgidas de la tradición creadora han registrado un intercambio económico y artístico donde se concentran poblaciones marginales y dominantes que representaron (y aun representan) valores visuales y culturales propios de una cultura de la imagen real, histórica, política y artística.

La reproducción de imágenes es un proceso de creación que involucra materiales, formas, pensamientos y técnicas especiales para llevar a cabo toda una visión de las relaciones sociales de valor y producción.

De ahí que la figura, el espacio, el tiempo histórico, los hombres, las razones existentes para el intercambio de imágenes y objetos determinen, en la medida de lo posible, los avances artísticos y culturales en un proceso mimético y poiético, ambos basados en la función de modelo, tipo y lenguaje en cuya base podemos encontrar huellas, temas, motivos, formas simbólicas, visiones estéticas, campos de trabajo y direcciones artístico-culturales.

De ahí la importancia de los diferentes talleres especiales donde los artistas, artesanos o simples reproductores  crearon modos, técnicas manuales, lenguajes de producción, lenguajes de comunicación y lenguajes de significación hoy atados a un proceso sintético proyectivo, compositivo, espacial y temporal donde las fuerzas productivas de la cultura-sociedad se van desarrollando paulatinamente. (Ver, AAVV: Historia del Arte, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 2002).

Es la historia del trabajo humano la que permite la producción artística significativa, como parte de un modo de imaginar obras culturalmente determinadas por condiciones específicas de creación y de valor donde el hombre reproduce o crea mediante los lenguajes del arte y la cultura.

Estos elementos suponen una estructura de superficie y una estructura de profundidad observable en la estructura interna de la obra, lo que significa que la obra de arte admite lecturas verticales, horizontales, gráficas, conceptuales, imaginarias y referenciales.

Los elementos en este caso serían los siguientes: modelo, temática, superficie, profundidad, combinación, color, dimensiones, técnicas particulares, estilo, historia, narración, contexto de imágenes, contexto de lectura, signos complementarios, lector-lecturas, conexiones, mundo de la obra, mundo del sujeto, relación y conjunción entre los elementos .

Así pues, los anteriores elementos y aspectos forman parte de una travesía histórica, teórica, crítica, técnica y epistemológica que dará lugar a interpretaciones direccionales que sirven para propiciar la comprensión de la obra de arte creada, posicionada y divulgada en tiempo, espacio y recepción.

Todo este proceso es indicador de un valor interno y externo de la obra reconocida en su mensaje, calidad y lenguaje. La direccionalidad de la obra de arte leída desde su propia historia, tiene implicaciones críticas, políticas, técnicas, contextuales, lingüísticas y socioculturales.

La travesía de la obra de arte supone una caracterización y un análisis específico, simbólico y cultural dentro de la historia, tal y como lo explica el historiador austriaco Ernst H. Gombrich en su obra titulada Imágenes simbólicas (Ed. Alianza-Forma, Madrid, 1972).

A la luz  de las teorías historiográficas se puede producir un criterio diacrónico o sincrónico para el establecimiento de un orden visual conceptualizado, todo lo cual tiene que ver con un vocabulario especial y con determinados géneros artísticos. Es a partir de vocabularios, técnicas especiales y un proceso hermenéutico y cultural como cobra valor el análisis de la obra de arte determinada como género y discurso.