En las últimas semanas se ha oído al unisonó por parte de los inversores que la República Helénica está al borde del colapso. Estos datos se corroboraron esta semana cuando el rendimiento de las letras a un año se disparó al estratosférico 98%, el bono a dos años alcanzó el 57% y el de diez años se colocó al 20.5%; rendimientos nunca antes exigidos por parte de los agentes económicos para adquirir deuda alguna, siendo esto un síntoma claro de la desconfianza extrema hacia la economía helena, por su alta posibilidad de caer en impago.

Dado que el país para financiarse necesitará ahora ofrecer un mayor rendimiento a los tenedores de bonos para compensar el miedo de que el país no cumpla con sus compromisos, agrava sus perspectivas fiscales, provocando que el impago se haga cada vez más tangible.

Para contrarrestar las mala percepción (o realidad?), el gobierno de Papandreu ha decido exprimir más a los ya hastiados ciudadanos, ahora con nuevos impuestos sobre las propiedades inmobiliarias, con el objetivo de recaudar 2.000 millones de euros para finales de este año y la renuncia de una paga mensual de funcionarios y altos políticos. Estas serán algunas de las medidas que tendrán que implementar el gobierno si desean seguir recibiendo los fondos redentores de parte del Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea.

Pero por más intentos fallidos, Grecia solo pareciera tener tres opciones: salirse del tren euro, quebrar o el impago. En caso de querer salir del euro de manera voluntaria, esto llevaría a una ola de negociaciones y cambios en el tratado de Lisboa. Pero esto no es todo, las consecuencias para el país serían nefastas: se calcula que para el primer año costaría entre 9.500 y 11.500 euros por habitantes, brutal devaluación en la nueva moneda acuñada, inflación, multiplicación de su deuda pública, quiebra segura de su sistema bancario al no tener manera de financiación del exterior y repatriación masiva de capitales. Todo esto llevaría a un nuevo estallido social, un éxodo de jóvenes profesionales hacia el resto de la unión europea, dejando el país nuevamente al borden del impago y de la bancarrota.

En el corto plazo la idea de abandonar el euro es irrealizable. Si ahora están en estado comatoso es gracias a malas prácticas de años de maquillaje financiero. El tiempo de verbena terminó, y de la peor manera.

Otra opción es la quiebra, que por más macabra que parezca es la más aceptada por sus pares europeos. Sería mediante la imposición de una quita o perdón de la deuda a los tenedores de las mismas: fondos de pensiones e inversión, aseguradoras, bancos, etc. Para que se lleve a cabo, es ineludible el apoyo del sector privado. Aunque de todos modos el pueblo es el más afectado, ya que tendría que pagar muy caro los platos rotos de un sistema que privatiza las ganancias y socializa las perdidas.

Grecia podría aferrarse a las líneas que le imponen la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional para seguir recibiendo fondos. Esto le daría oxigeno a países que están en la cuerda floja como Portugal para que mejoren su débil situación, así como cierto alivio a los acreedores de deuda griega. Pero a lo interno se traduce en más impuestos, ahogando paulatinamente el bolsillo de los ciudadanos.

Si Grecia cae en impago, significa que no podría pagar a sus millones de empleados públicos, provocando un estallido social sin precedentes en la historia helena. Por lo que este panorama, no es políticamente viable.

Esta euro-crisis ha destapado lo que ya sabíamos desde un principio. La pérdida de autonomía monetaria en los países que conforman el euro, ha llevado a que simple medidas monetarias que otrora podían realizar, como es emitir dinero y comprar su propia deuda a costo de un poco de inflación, es ahora imposible, ya que dicha labor es solo propiedad del Banco Central Europeo. Por lo que es necesario que estos países en dificultad acudan a sus grandes hermanos, para que estos aprueben la compra de deuda. Aunque esto solo será un respiro temporal, logrando calmar por un espacio breve de tiempo el desasosiego de los inversionistas.

Las difíciles medidas que han tomado las autoridades monetarias europeas incluso han hecho mella dentro del organismo emisor, el Banco Central Europeo. Una de las medidas que habían decidido tomar era la adquisición de deuda de los países periféricos, lo que teóricamente podría convertir al banco emisor en inestable por la adquisición de deuda de dudosa calidad, lo que llevó a la dimisión del germano Jurgen Stark, quien se desempeñaba como economista jefe del BCE y se oponía firmemente al modelo paternalista del banco emisor.

El posible impago de Grecia que solo representa el 2% del Producto Interno Bruto europeo no es significativo. Pero dada la interconexión financiera de las economías euro, esta caída tiene alta probabilidad de arrastrar a países mucho mas grandes como son Portugal y España; países que por su dimensión son demasiado grande para caer y para ser rescatados; y con ello la muerte de la moneda común.