(Ponencia celebrada el pasado 22 de octubre en al American Theatre of Autors de Nueva York)

Agradezco al escritor, Petronio Rafael Cevallos, actual presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, mi participación en este foro, "Los artista en los tiempos de guerra". Aunque, afirmaría que el verdadero artista vive en constante estado de guerra entre el pensamiento y la expresión estética de la belleza. En este caso profiero mencionar el oficio del escritor; y referir que sí una obra carece de los elementos estéticos, entonces, estaremos irrevocablemente de acuerdo con Vidiadhar Surajorasad Naipaul, mejor conocido entre los suyos como Vadia. Y en medios de comunicación sencillamente se nombra V. S. Naipual, recién galadornado Premio Nobel por la Academia Sueca, al considerarse que ha sido capaz de "Circunnavegar la literatura". Esto forma parte del discurso de rigor archivado ya en los anales de la prestigiosa Academia, que bien podría ser buscado en las redes de la Internet. Prefiero detenerme en una fuerte expresión del distinguido Nobel, quien en su estilo peculiar y directo, dijo: "La literatura contemporánea en castellano no tiene interés y los escritores latinoamericanos son culpables de negligencia intelectual". Termina la cita.
Sin lugar a dudas la acusación es directa, seria y preocupante; y no deja de ser una advertencia y un desafio.

Entiendo que el mensaje tiene sus destinatarios, bien conocidos por los presentes. Sin embargo, existen diferentes vías para llegar hasta ese estuario ficticio habitado por los escritores del llamado boom latinoamericano, que asumo son aludidos directamente por Naipaul en su lenguaje caracterizado como franco y directo. Los que hayan leído parte de su extensa obra saben que su afirmación coincide ampliamente con su estilo literario. Cabría preguntarse, ¿cuál ha sido la trayectoria del boom latinoamericano? ¿Donde estarían escritores como Miguel Otero Silva?; ¿donde estaría Arturo Uslar Pietri? Donde estaría un José Donoso, autor de la obra maestra La puerta cerrada? Y, otros más que tal vez hubiesen variado el pensamiento de Naipaul.

Entre la Academia Sueca y las multinacionales dedicadas al negocio editorial existe un monopolio rampante; una explotación al digno oficio del escritor. Existe además la vejación intelectual, y la oprobiosa discriminación del artista de la palabra. Así, el boom no es la representación de nuestros valores; porque también carece de ciertos rasgos éticos. Las multinacionales felizmente ligadas al comercio editorial son
piezas de una transculturación transportada por esa legión de negligentes que amasa fortunas en bancos suizos. Para nadie es un secreto que las masas marginadas de las naciones Latinoamericanas y de otros países peyorativamente llamados del Tercer Mundo padecen un descalabro moral. Estas naciones son
aplastadas por la corrupción rampante de sus gobiernos de turno, amparados por el Gran Capital. Nuestros niños caminan desnutridos, sin asistir a las escuelas; y nuestros gobiernos se arropan bajo la impunidad de las grandes potencias. Eso forma parte de esa "negligencia intelectual", denunciada por Naipaul. Nadie jamás ha visto la elite bumeada, representando la vanguardia intelectual. Eso jamás. Vease la coerción de las multinacionales editoriales en la educación pública y privada de nuestras naciones: ellas imponen los
textos de cualquiera de sus autores, vendidos por el simple hecho de recibir una mísera tajaba. Analicemos los concursos amañados y las imponiendo textos en las escuelas públicas de nuestros países de manera coersitiva. Ni hablar de los premios de literature.  Ese vicio de concursos amañados, también los hay en
nuestros países, siguiendo el patrón establecido por las corporaciones editoriales. Existen escritores nuestros, de dudosa reputación que se prestan a celebrar esa orgía literaria para recibir como recompensa un prestigio amañado. Esto forma parte también de la mencionada "negligencia intelectual", denunciada por Naipaul. Por supuesto que Vadia jamás expondría su preciado tiempo para asomar su olfto a esa legión escritores prebendados deambulan famélica narrativa dominicana; una narrativa sobornada por el gobierno de turno. Y algo peor: repleta de ángeles caídos.  Pero una de las grandes excepciones que podrían salvaguardarse de la cruda afirmación del Nobel sería la obra intachable del autor de Sobre héroes y tumba, don Ernesto Sabato, quien se encuentra hoy en el ocaso de una larga y honorable vida. En los Estados
Unidos existen entidades conformadas por latinoamericanos, que se prestan a llamar peyorativamente diáspora, a comunidades, cuyas naciones han establecido su Estado. Estos entidades, llamadas casi siempre centros de estudios de tal o cual país, son vulgares frentes literario, cuyos ejecutivos sólo se montan en los caballos ganadores. De esos hay de sobras, para realizar exitosamente su bien pagado oficio de alabardero de la literatura.

Eso tipo de trabajo, sólo es concebible en la mente rudimentaria de un importador de carneros merinos, como diría el intelectual peruano José Carlos Mariategui.

Este foro, conformado por los colegas y el público presente, tienen un mérito especial. Esperamos que la gran misión de la literatura sea llevar despierto al hombre que va al patíbulo; escribió el mismo Ernesto Sabato, en otra de sus obras "El escritor y sus fantasmas". Así, los distinguidos letrados del boom han tenido como encargo llevar a la sociedad latinoamericana con las pestañas hilvanadas al cadalso.

Naturalmente, con el apoyo subvencionado por esos grandes emporios que hacen de la palabra impresa
un negocio jugoso. Léase cualquier obra de esa elite que ostentan las portadas de los principales periódicos del mundo y la televisión; búsquese un pensamiento que sea la representación estética de nuestros valores. El mensaje de estas obras, lanzadas de esos concursos, tienen que pasar por el cedazo de una red, tejida por las maniobras del Gran Capital. El boom latinoamericano ha sido el andamio mejor prostituido por los consorcios editoriales. Muchos escritores, por el simple hecho de fermentar su ego fisurado, contribuyen de manera ingenua a la explotación intelectual. Yo diría que esto confirma la penosa existencia de una ignorancia académica, revestida de esa ceguera blanca, hecha célebre por Saramago. Ni hablar de la elite transculturizada de escritores pertenecientes a las minorías, metidos como cuñas en esa cuota humillante que reciben de las corporaciones editoriales. Esos autores son las cenicientas en el gran negocio, cuyas obras son un perverso reflejo de nuestra idiosincrasia. Análicese, en su mayoría los autores que han recibido un premio mediante un concurso; éste casi siempre es amañado; salvo inadvertidas excepciones. En nuestro países existen galardonados que han tenido que realizar un largo peregrinaje para que de forma lastimera se les reconozca su premio. Mientras, otros tienen años amarrando su tajada con los miembros del jurado. En la mayoría de esos concursos existe, desde el tráfico de influencia hasta la prebenda. Ese es el patrón establecido en el opaco mundo del oficio literario. En ese renglón, el pronunciamiento Naipaul pasaría confirmar la existencia de una especie de hemiplejia del intelecto, como diría Jose Ortega y Gasset.
El artista en todos los tiempos representa un segmento de la sociedad.

Es una antorcha de fuego perenne; la luz inmune de las tinieblas. Sobre este particular ya se había referido el poeta ruso Pushkin, en el famoso ensayo Viaje de San Petersburgo, publicado en 1789, donde  mencionaba al liberal Radíschev, arrestado por Catalina II, quien hizo destruir su obra. La censura fue tal que por un asunto un tanto desconocido, a Radíschev se le conmutó la pena de muerte por el destierro a Siberia. El emperador Pablo le perdonó en 1796, y en 1801 Alejandro I le dio un cargo importante en una
comisión legislativa; pero el escritor, abrumado por el recuerdo funesto de la Siberia, se suicidó al año siguiente. Sobre este incidente, Pushkin escribió: "Los escritores de todas las naciones del mundo forman,
numéricamente, la parte más pequeña de la población. La aristocracia más potente y peligrosa es, claro está, la de los hombres que, durante generaciones y siglos enteros, imponen sus ideas, sus pasiones, y sus
prejuicios a los demás. Y, desde, su fría tumba de San Petersburgo, Alexander Serguievich Pushkin aún nos dice: "Ninguna riqueza puede empañar la influencia de una idea popularmente aceptada. Ningún poder, ningún gobierno, ningún imperio, pueden resistir la fuerza destructiva de la palabra impresa inmune."

Así, el artista pertenece a la población del talento, conformada por esa minoría de que hablaba Pushkin, que aún perdura como el legado de una aristocracia, bajo los escombros del peligro; pero cuando ese peligro desafia al destino, el camino tiene que ser la representación estética de la sociedad.

En este final tan desgarrador prefiero invocar a Oscar Wilde: El artista es el que crea las cosa bellas. Dar a conocer el arte y ocultar al artista es el fin del arte.