Estar lejos de Quisqueya me llena de nostalgia en estas fechas. Mientras escribo estas líneas desde un rascacielos que ofrece a través de sus amplios ventanales un detallado panorama del Capitolio y el National Mall en Washington DC, mi mente sólo consigue perderse mientras imagino al Monumento en el corazón de mi Santiago querido. Y es que ni el frío que azota al noreste de Los Estadios Unidos, ni los bellos atardeceres en el río Potomac, consiguen apartar de mi corazón bohemio la imagen de mi país en plena fiesta navideña. Las nuevas costumbres sólo son momentáneas: aún siento, al cerrar los ojos, la brisa fresca de esta época paseándose por las calles dominicanas, o percibo la belleza de observar mi ciudad, a lo lejos, desde Alto La Piña en San Jose De Las Matas. Esas pequeñas cosas nunca se olvidan.

Resurgen todos los recuerdos. Los puestos de ventas de uvas y manzanas en el parque Duarte, las varillas y buscapiés que lanzábamos en Los Pepines, el disco light desde la casa de Corporán, el cocinao' en la esquina de la calle, el abrazo fraterno de los amigos y el calor de la familia, todo esto define las navidades de mi niñez y adolescencia en el Santiago de mis amores; forman parte de una imagen grabada con tinta indeleble en mi interior. Y si, lo extraño todo. Aún cuando algunas cosas ya han cambiado en mi entorno, no ha sido así en mi interior.

Y es que estar lejos de la tierra que te engendró y donde creciste es muy difícil sin importar la temporada del año, pero la navidad tiene una connotación especial. El dominicano, que por demás es alegre, sabe cómo afrontar cualquier problema con un optimismo extraordinario; es algo innato de todo dominicano. La época festiva trae consigo una versión mejorada en ese sentimiento de nuestro pueblo, donde la bondad y el amor se sienten a flor de piel.

No puedo dejar de añorar esos días, donde la casa de mi abuela se convertía en hogar para "cuchucientos" primos, tíos y amigos. Para todos, lo más importante siempre fue estar unidos, en familia. Ver como mi madre preparaba con tanto amor y abnegación la cena de Nochebuena, nuestra oración habitual alrededor de la mesa, las palabras de mi viejo, el calor del seno familiar, y el amor que siempre decoraba nuestro arbolito de navidad son cosas que, de manera muy personal, definen mi navidad. Esas cosas no las borra nada, siquiera el tiempo o la distancia.

Lo curioso es que ya han pasado más de una década desde que deje mi casa, y estar lejos en cada Navidad resulta más difícil que en la anterior. Me parece que el mensaje es claro y el silencio, que muchas veces acompaña a la reflexión profunda, es sabio: son esas pequeñas cosas las que realmente importan en la vida de todo ser humano. Así que tomo un minuto, y comprendo que los bienes materiales y las comodidades de vivir "fuera" no se comparan a los sentimientos de felicidad que me da estar en mi hogar, en mi barrio, en mi patria. Nada, por más bello y grandioso que sea, incluyendo el majestuoso árbol de navidad en Rockefeller Center en la ciudad de Nueva York, llenará el hueco que siento por estar lejos de Quisqueya y de mis viejos.

Por eso, nunca dejen de valorar las cosas que alimentan el alma; abracen su hogar, su entorno y su familia. Aprovechen cada instante para que, con cada respiro, realicen un recorrido meritorio junto a sus seres queridos. Disfruten de esta navidad y de muchas otras por venir, pero tómense el tiempo  en medio de la celebración para reflexionar y atesorar bellos recuerdos en el "yo" interior. Dejemos de pensar tanto en aquello que nos hace falta, y disfrutemos de las bendiciones que tenemos en nuestro entorno.

Puede que esta sea una pieza diferente a todas las que he podido compartir a través de este diario pero, paradójicamente, es la única que he escrito con el corazón "en las mangas" y, por ende, ante mis ojos la que más atesoro…

Feliz Navidad a todos.