Diario de la ciguapa

La maldad de los limpiavidrios

Por Sara Pérez

Sí, los limpiavidrios joden y fastidian. Pueden ser vistos y sentidos como indeseables, como una escoria necia e intragable, como unos desperdicios incómodos, como unos ineptos, que eligieron la miseria por el extravagante placer de incordiar a los demás, con su impertinente presencia de moscas majaderas y cargantes.

Es fácil odiarlos. Y resulta casi imposible no irritarse, aunque sea ocasionalmente con ellos, porque siempre es más directo, barato y cómodo odiar, o al menos incomodarse, con los inoportunos desmigajados, mientras se acota mansamente las puñaladas de los ladrones de arriba.

Sí, es más conveniente estallar ante la “chopa” bruta, mientras pagamos dócilmente los impuestos al Excelentísimo Señor Presidente, a los honorables senadores, diputados, síndicos y regidores y a los distinguidos funcionarios y le servimos de amortiguador y suministros al sector privado, relajadamente recostado sobre la mayoría del país.

La sorda hostilidad, las fáciles malquerencias y los agrios reclamos, que quienes comparten espacios donde no hay reglas, están obligados a  dispensarse unos a otros, no dejan ánimos, ni energías, ni lucidez,  para pedir cuentas nadie y menos a quienes lo dirigen todo, enemigos encarnizados y peligrosos, que tan exonerados  de molestias viven, que ni siquiera tienen que detenerse en una esquina a bregar con limpiavidrios impertinentes.

Tampoco sufren con tapones ( la Autoridad Metropolitana del Trasporte tiene por función despejarles las calles); ni con los ruidos indeseables de vecinos cercanos que exorcisan su ninguneo humano con un exceso de bulla; ni con el precario manejo de la basura, ni con las asperezas de la convivencia social entre gente crispada, que ha internalizado la violencia como expresión legítima y natural para dirimirlo todo, incluyendo lo más irrelevante.

¿Una disputa por un parqueo? Un disparo -o diez - la resuelven con una eficacia impresionante. Y mejor si se utiliza un arma con su licencia legítima, de las que muy alegre y masivamente dispensa el puntilloso Ministerio de Interior y Policía: un 66% de los homicidios que ocurren en República Dominicana se ejecutan con armas portadas legalmente.

¿Una mujer que no se quiere reconciliar? Matarla. ¿Una deuda que no se quiere pagar? Basta con mandar a asesinar a quien hizo el préstamo. Se puede contratar a cualquiera entre cientos de policías dedicados a brindar los servicios de la eliminación el estorbos. ¿Un abogado que ganó legítimamente un caso? ¡Ah! Pero el reincidente criminal convicto puede contratar sicarios -entre la misma policía- para ajustar cuentas.

¿Un matrimonio que hay que terminar? ¿Porqué no se planifica el asesinato del cónyuge para ahorrar gastos y abreviar los procedimientos o se falsifican firmas y documentos para evitar la enojosa repartición de bienes, que siempre acarrea tantos disgustos?

¿Ladronzuelos de poca monta, que afean el paisaje? Matarlos. ¿Una profesora que sale a protestar por la falta de agua? Matarla. ¿Unos ciudadanos que protestan en Salcedo? Matarlos. ¿Alguien que le cae mal al Jefe de la policía? Matarlo. ¿Otro que fue socio de la policía en algunos robos y otros crímenes y delitos? Matarlo. ¿Los que acaban sabiendo mucho de los negocios de los oficiales de la Dirección Nacional de Control de Drogas? Matarlos. Un alemán al que le quieren robar más de 60 millones? Ir con un escuadrón policíaco, matarlo y hacer el asalto...

Aderezado con los apagones, la escasez de agua, la inseguridad, la presión de que solo hay dos posiciones, la del aplastado y la del aplastador; las multas selectivas de los Amet, los precios del colegio y los libros, el aumento de los combustibles, la horca económica y tributaria, las querellas amorosas, centradas en asuntos de dominios y posesiones; el pleito por el uso del espacio que hay debajo de una escalera en un edificio de apartamento; la inconformidad con el vecino del frente, que oye las bachatas de Anthony Santos todos los días a todo volumen, hasta las 4 de la mañana, pero le molesta que el perro ladre; la ausencia de instancias mediadoras, el entorno asfixiante y opresivo del sálvese quien pueda y cada quien que resuelva por su cuenta y la incapacidad cívica y comunitaria para dirimir pequeños o grandes conflictos, hay un espacio tenso de competencia y animadversión que sofoca la justicia, la colaboración, la solidaridad, la generosidad y la bondad y abona lo peor de la especie humana.

La insistencia de un desarrapado en limpiar el vidrio del carro, puede ser un detonante, especialmente porque el detonador percibe la frivolidad con que las autoridades matan gente, como si se tratara de insectos y no es difícil encontrar alguien más abajo en la escala social sobre quien descargar iras y frustraciones.

La muerte se ha convertido en una solución factible y cotidiana hasta para confrontar diferencias minúsculas. Ese ha sido el más importante aporte neoliberal leonelista y se traduce en una sobrereacción violenta en los conflictos “individuales”, mientras se mantiene un colectivo coma político.

Y justo en el medio de la calle aparecen unas hordas infectas, sucias, grimosas, impertinentes, que exasperan, a las que se le suben las ventanas, ante la que  es recomendable asegurar las puertas y a la que se le mueven los otros limpiavidrios, los mecánicos, diciendo ¡No!  A veces, porque ya lo han limpiado en cada una de las esquinas de la ciudad y no queda un chele para repartir.

El gobierno y la  élite económica le cargan a la gente común no solo los impuestos, sino también sus miserables, que convertidos en incordios atosigantes, dejan de ser vistos como personas por el estamento obligado a interactuar con ellos y obligado a mantenerlos.

No conmueve ni que muchos sean y parezcan niños, prematuramente  envejecidos, prematuramente endurecidos, precozmente fracasados. Piel quemada, manos mugrosas, uñas ennegrecidas. Terrible día a día de supervivencia amarga y desdichada.

Las “bendiciones”, “bendiciones”, “bendiciones”, parecen anegarlo todo, menos a ellos. Dan pique. Encojonan. Dan Cuerda. No se les ocurre que si no hay pan, pueden comer pasteles y no hacen limonadas con sus limones, porque no han ubicado limón alguno, en ningún sitio. ¡Caramba! Es comprensible estallar ante ellos. No tienen masa ni como  víctimas de un homicidio surrealista. No dan ni para un escándalo como el del homicidio por un espacio de parqueo. Ni siquiera alteran el ritmo de los brinquitos de los fines de semana de Danilo.

¿Quien los mandó a cultivar las blanduras y disgustos de la marginalidad? ¿Por qué no han optado por hacerse abogados y presidentes, como Leonel, o policías como La Soga, o cardenales, como López Rodríguez?

Ninguno de estos corre el riego de que ante ellos alguien pierda los estribos y les pegue tiro por andar de necios, limpiando con agua sucia vidrios de carros. Esos son personajes honorables que se han superado y pueden servirles de ejemplo a los limpiavidrios. Estos son muy vulnerables. Aquellos están blindados.

Noticias relacionadas

Por

Noticias relacionadas

Comentarios
Seguir leyendo

Lo más leído

Más noticias

Síguenos en nuestras redes