En la cosa

La mala suerte de Luis Abinader

Es dentro de esa mala suerte que Abinader tiene que promover las ya no prorrogables reformas tributarias, presupuestales, y policíacas.

Por Bernardo Vega

Se juramentó como presidente y lo primero que tuvo que hacer fue buscar vacunas para enfrentar la pandemia en un momento en que eran acaparadas por los países ricos. Tuvo que pagarlas pues pocas fueron regaladas. Si tuvo la suerte de que Danilo Medina había reconocido al gobierno de Pekín, único país que las ofrecía en venta a países con los que tenía relaciones diplomáticas.

Nada más costoso políticamente que prorrogar un estado de sitio para que la gente continuara sin salir de sus casas.  Cuando ya se está viendo la luz al final del túnel los precios internacionales del petróleo, el gas propano, el carbón, y el gas natural suben a precios altísimos, dejando como única alternativa, o traspasarlos al consumidor o que los absorba un presupuesto para el cual el sector energético ya le pesa muchísimo.  Eso sí, el mal manejo de las Catalinas constituye una herida autoinfligida.

La alta inflación en Estados Unidos y Europa golpea nuestras importaciones, así como la escasez de contenedores. Lo de las botellas de cerveza es solo un adelanto de escaseces adicionales de aquí a la navidad.

La crisis haitiana es otra mala suerte para nuestro presidente, con las subsecuentes presiones migratorias.  Hace 17 años, se firmó el DR CAFTA, el acuerdo de libre comercio entre Centroamérica, nuestro país y los Estados Unidos y donde se estableció que ya en poco tiempo el arroz norteamericano entrará a nuestro país libre de todo impuesto, a pesar de estar subsidiado. Es un problema que no interesa a los centroamericanos por lo que tendremos que pelearlos nosotros solos. No me olvido de aquella declaración del presidente Clinton de lo mucho que se ha arrepentido de su decisión de aceptar la presión de los arroceros de Texas e imponer a Haití la libre importación de arroz, lo que acabó con la producción en el Valle del Artibonito. Resulta irónico que la que hoy tiene que negociar este asunto en Washington es nuestra embajadora Sonia Guzmán, quien negoció ese acuerdo durante el gobierno, igualmente irónico, del agrónomo Hipólito Mejía.  Ni Leonel Fernández ni Danilo Medina quisieron negociar este asunto. Es dentro de esa mala suerte que Abinader tiene que promover las ya no prorrogables reformas tributarias, presupuestales, y policíacas.

Pero algo de buena suerte si ha tenido.  Lo de los flujos turísticos tan altos, a pesar de los obstáculos a viajar, ha sido una bendición.  Además, nuestras zonas francas se están beneficiando del “offshoring”, un traslado de suministros de una lejana y hostil China hacia un Caribe cercano y amistoso.  Precisamente mañana Abinader se reúne en Panamá con los presidentes de ese país y Costa Rica, la nueva “Troika” o “Triángulo sureño”, algo a la cual nuestra exitosa diplomacia se ha adherido buscando, entre otras cosas, más “offshoring”.

Algunos pensarán que el impuesto generalizado a las multinacionales de un 15% recientemente negociado a nivel mundial aportará muchos recursos a nuestro país, ya que ese impuesto lo pagarían las multinacionales que en nuestro país operan en zonas francas, en la frontera, así como los dueños de cadena de hoteles y empresas cinematográficas. Pero está por verse si los congresos, sobre todo el norteamericano, aprobarán ese acuerdo internacional y la naturaleza que tomará el mismo.  Por ahora, no podemos contar con eso como sustituto de la reforma tributaria

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