En el adviento del 1511 un fraile dominico en Santo Domingo proclamó la dignidad de los aborígenes de nuestra isla y el derecho que tenían a vivir libres y no ser exterminados por la codicia de los castellanos invasores. Tarde llegó la solución y tan lejos estaba la metrópolis que poco caso se le hizo a las Leyes de Burgos. El gobierno de los Jerónimos al final de esa década gestionó con la mejor dignidad posible lo poco que quedaba de los tainos. Otros dos dominicos, Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria, impulsaron con su pluma el reconocimiento de la plena dignidad de los aborígenes americanos, pero la violencia de los conquistadores y su ambición económica masacró a millones en nuestro continente. El desconocimiento de los derechos conduce a la muerte, salvo que los discriminados se defiendan y pongan en jaque a los explotadores.

El 30 de enero de 1649 un verdugo bajó con energía el hacha que blandía y cortó de un tajo la cabeza de Carlos I de Inglaterra. Fue ejecutado por “traidor, asesino y enemigo público de la nación”. En resumen, el monarca degollado había desconocido los derechos de la burguesía naciente. El 4 de julio de 1776 representantes de las 13 colonias inglesas reunidas en Congreso proclamaron su Independencia de la monarquía inglesa para poder defender sus derechos como individuos, incluido el derecho a la revolución. Pelearon ferozmente contra un ejército superior en entrenamiento y armas, pero los derrotaron, si no lo hubiesen hecho hoy no existirían los Estados Unidos de América. Pocos años después los revolucionarios franceses el 21 de enero de 1793, utilizando un aparato llamado guillotina, cercenaron la cabeza de Luis XVI. La revolución francesa proclamó los derechos humanos, raíz de los proclamados por las Naciones Unidas en su fundación en 1945. Esa revolución gala produjo un Napoleón que penetró con sus tropas todas las viejas monarquías europeas y sembró la semilla del mundo burgués que hoy domina el mundo.

En la parte Oeste de nuestra isla los africanos esclavizados enfrentaron a sus explotadores y las tropas enviadas por Napoleón y luego de una guerra memorable alcanzaron su independencia el 1 de enero del 1804. Juan Pablo Duarte se referirá a ese hecho asombroso con las siguientes palabras: “Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recogiendo las páginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores y veo cómo los vence y como sale de la triste condición de esclavo para constituirse en nación libre e independiente. Le reconozco poseedor de dos virtudes eminentes, el amor a la libertad y el valor”. En la parte Este los dominicanos peleamos por años para lograr nuestra independencia a partir del 1844 y cuando el traidor de Santana nos entregó a la corona española la guerra fue brutalmente intensa hasta sacar a las tropas ibéricas de nuestro país en 1865 peleando por nuestro derecho a vivir libres y soberanos. En México, Centroamérica y Suramérica el siglo XIX fue territorio de grandes guerras para alcanzar las independencias, siendo Simón Bolívar el libertador de mayor importancia. Lo que logró Haití a inicios del siglo XIX le costó a Estados Unidos una guerra fratricida y el vil asesinato del presidente Lincoln pero, todavía en los años 60 del siglo pasado costó la vida de muchos líderes a favor de la dignidad de los afroamericanos y el año pasado, en medio de la pandemia, tuvieron los norteamericanos que salir a protestar bajo la consigna Black Lives Matter.  Los soviets fusilaron al Zar y su familia el 17 de julio de 1918 por los muchos abusos cometidos por ellos y sus ascendientes contra el pueblo ruso. Semejante a Lenin y sus compañeros los campesinos mexicanos desataron una revolución que se inició al finalizar el 1910 y que cobró miles de víctimas buscando terminar con la explotación de los más pobres en el campo y lograr cierta justicia. La búsqueda del reconocimiento de los derechos y la dignidad, cuando los que tienen el poder no los reconocen, termina en violencia y asesinatos.

En enero del 1960 los obispos dominicanos demandaban de la dictadura el reconocimiento de los derechos de los dominicanos y dominicanas, conculcados por el sátrapa Trujillo. En la carta donde le remitían la pastoral le señalaban las muchas madres y esposas afligidas por la muerte de sus parientes y rogaban que la señora madre y la señora esposa del tirano no tuvieran que padecer semejante dolor. Un año y 4 meses después fue ajusticiado el dictador. ¡Fueron proféticas esas palabras! No hubo forma de lograr pacíficamente un cambio de régimen más favorable para la totalidad de nuestro pueblo. El derrocamiento del gobierno de Bosch demostró cuan insensibles eran los oligarcas dominicanos y sus aliados a la vejación que sufría la mayoría más pobre de nuestro pueblo y que el gobierno del PRD comenzaba a reivindicar sus aspiraciones. Patriotas dominicanos se lanzaron a las calles en abril del 1965 para defender la Constitución del 1963 y los derechos que garantizaban. Incluso le dieron la cara a una abominable invasión de parte de las tropas de Estados Unidos que buscaban ahogar nuestras ansias de dignidad. Durante doce años decenas de jóvenes valiosos fueron asesinados por las fuerzas represivas del balaguerato hasta que logramos tener unas elecciones libres. La lucha por los derechos es la lucha de los pueblos por su dignidad.

Los prehomínidos congresistas que participaron en la redacción del texto del Código Penal que justifica formas diversas de discriminación deberían hacer gárgaras con ácido sulfúrico siempre que dicen que defienden al pueblo. Es un Congreso donde pululan narcotraficantes -los develados y los todavía ocultos-, riferos y hasta suplantadores de identidad, sin olvidar la cantidad de recursos que se roban de los bienes públicos mediante fondos especiales y exoneraciones. Si el reducto más digno que existe en las cámaras legislativas no es capaz de detener ese atropello contra la dignidad humana, necesariamente las calles serán el escenario para reclamar igualdad para todos. ¡Ni Dios tolera que unos pocos exploten a la mayoría y los humillen! Éxodo 3:7.

El presente y el futuro nos reclama trabajar por la dignidad de todos y todas, por el reconocimiento de toda vida humana y los legítimos derechos a llevar una vida según su conciencia con el único límite de que esa perspectiva existencial no puede incluir el menosprecio o negación de derechos de otros seres humanos. Ninguna creencia, ninguna ideología, ningún discurso social o político, puede adjudicarse el derecho de imponer normas discriminatorias a los demás. La necesaria vida en paz, la promoción de la dignidad material y espiritual de todos y el diálogo, no la violencia, son el medio de relacionarnos. Si por el contrario se intenta oprimir desde el poder, legítima es la defensa del pueblo y las minorías hasta llegar al extremo que sea necesario. En la mayor parte de los casos históricamente definidos los derechos se arrebatan, no se mendigan.