La ley de cine, pese a sus imperfecciones, abre oportunidades de nuevos modelos de negocios. Estos nuevos emprendimientos creativos se dan gracias a la industria cultural que mueve anualmente en el país alrededor de 800 millones de dólares.
Las señales más claras se dan en un nuevo mercado de entretenimiento que se consolida como herramienta de promoción de causas sociales y ambientales.
Esto es lo que está permitiendo nuevas aproximaciones de mercados corporativos a la dinámica de lo cotidiano y creando nuevas perspectivas a la economía de la cultura.
Los sectores corporativos ganan espacios en la construcción del imaginario, reputación en el contacto directo y aproximación continua al consumidor.
Debido a la convergencia de medios, las marcas tendrán que procurar nuevos vectores que resulten simpáticos. Las marcas ya no pueden continuar del modo que lo vienen haciendo: ideas Prêt-à-porter, impuestas. Tienen que adaptarse a una sociedad abierta y ser capaces de oír críticas.
Uno de los aspectos que debe atenderse en la ley dominicana de cine es el reconocer y valorizar la cultura local, y que los inversionistas o mecenas valoricen esa nueva oportunidad de negocios como un respeto al derecho de crear una industria convergente que permita el acceso a la diversidad cultural.
Toda gerencia saludable debe ante todo ofrecer oportunidades concretas y de igualdad participativa. De lo contrario, nunca se producirán relaciones de confianza como debe existir entres artistas, productores y público.
El trabajo mayor de la ley de cine es la construcción de un diálogo directo y honesto entre todos los sectores, mucho antes que intentar promover lo que no se tiene en el país: convergencia de intereses de todos los sectores.