Ya habiendo expuesto las razones por las que estoy en desacuerdo con los pactos nacionales (ver Sobre los pactos nacionales… ¡un paso atrás!), se vuelve interesante tratar de explicar por qué el gobierno insiste sobre medidas que entiendo perjudiciales para el fortalecimiento del Estado dominicano.

Este artículo plantea la siguiente hipótesis: la actual administración, caracterizada por su “ceguera” frente a la justicia y por tanto promotora de la impunidad, busca maneras de legitimar su poder.

Dicha hipótesis presupone que el gobierno tiene razones para buscar legitimidad. Como toda administración del Estado, su permanencia en el poder depende de muchos factores, entre ellos, la complacencia del electorado. Sin embargo, en un sistema político de caudillos

como el nuestro, el propio partido de gobierno ha demostrado que el electorado no siempre decide como desea gobernarse, sino que los gobiernos pueden prolongar sus mandatos recurriendo al uso indebido de recursos estatales, el adoctrinamiento vía los medios de comunicación, políticas clientelares disfrazadas de políticas sociales, instancias de violencia protegidas por la legalidad…

¿Sorpresa? No. El origen de su poder es muy cuestionable. El proceso electoral que los condujo al poder no fue del todo libre y democrático. Hubo tantas evidencias de fraude y de abuso de recursos que como de costumbre, el gobierno se vio forzado a recurrir al ya habitual uso de la OEA y ex-mandatarios de la región para “validar los resultados”.

La legitimidad consiste precisamente en esa búsqueda de “aprobación” de los sectores que entienden importantes para la conservación de su poder.

Al no tener políticas públicas con que gobernar, recurren a inundar los medios de comunicación con sus campañas publicitarias. No sólo son injustificables desde la óptica del costo de oportunidad que representan en el contexto de un país que no logra aun saciar sus necesidades más básicas, sino que evidencian la incapacidad de quienes nos gobiernan.

Tal y como lo plantea Valles (2000), el concepto de legitimidad está íntimamente ligado al mundo de las ideas y de los valores. La clave está en identificar cuales ideas y valores, si es que existen. Tuve la oportunidad de participar de la puesta en circulación del libro El Tigre del Sur: La lucha de Chile por un futuro próspero y democrático. El autor del libro, Ricardo Lagos, quien contextualizaba su obra con un poco de su historia de vida, dijo lo siguiente. Parafraseando:

Yo inicie mi carrera profesional en el mundo académico, el mundo de las ideas. Luego resulta que las circunstancias me llevaron a la política, el mundo de la acción, el lugar donde se ejecutan las ideas. Lo que sucede es que en América Latina, muchos quieren hacer política sin ideas, y eso es muy peligroso.

Ricardo Lagos en la Universidad de Columbia

27 de enero de 2012.

Precisamente eso hemos tenido en nuestro país: gobiernos sin ideas. Al no tener ideas, recurren a los medios de comunicación, las políticas clientelares disfrazadas de políticas sociales, y porque no, los pactos nacionales, para legitimar aquello que no es legítimo.

En ocasiones, la legitimidad nace de la fácil asimilación de valores entre propuestas de gobierno y aquellos que prevalecen en una sociedad. Quizás por eso muchos se regocijan ante la posibilidad de un pacto nacional. Por el contrario, nosotros requerimos una renovación de valores, valores que no encontramos en el actual liderazgo político, sino en aquellos que no conocemos o que aun están pendientes de reclamar su turno.

El pasado proceso electoral caracterizado por el uso desmedido e ilegal de recursos del estado, el control mayoritario  de los medios de comunicación y el acceso desigual ante la ley condujo a un déficit fiscal que hoy sufrimos, de manera injustificada, en la forma de un paquete de impuestos regresivos y nocivos. Entendiendo como cierto el hecho de que los gobiernos ilegítimos sólo conservan su poder mediante el uso de la fuerza, y en base a lo ya expuesto anteriormente, no podemos esperar grandes cambios.

Pero el futuro es simplemente un reflejo de nuestros esfuerzos en el presente. Con firmeza sostengo que no estamos destinados a la política sin ideas. Está en nosotros comenzar a construir verdaderas instituciones políticas. Podemos optar por continuar practicando la política de espectadores o de una vez por todas lanzarnos a participar, con nuestras voces, nuestras protestas, y terminar con la abstención con nuestros votos en el ’16.