La Oficina Nacional de Planificación estimó la pobreza (ingresos insuficientes para cubrir las necesidades básicas) para el año 2004 en un 42 por ciento de la población, y en un 16 por ciento la pobreza extrema (ingresos insuficientes para alimentarse mínimamente). La pobreza había aumentado entre 2002 y 2004 resultado, en principio, de la quiebra fraudulenta de varios bancos. Recientemente la CEPAL destacó que la RD se encuentra entre los pocos países en que la pobreza aumentó entre 2010 y 2012; aumentó a 42.2%, cuando la media latinoamericana es de 29.4%.

Las mediciones han mejorado sustancialmente, en composición: ahora la pobreza es un concepto “multivariable”, toma en cuenta desde la cantidad y calidad de la alimentación hasta la disposición de la excretas y desperdicios sólidos, el material del piso y el techo, el acceso al agua corriente (no al agua potable, que no tiene nadie), a la educación, etc. De igual manera, cubre el territorio nacional, se tienen mediciones desde los barrios hasta los municipios, hasta las provincias, hasta el país completo. Y tenemos todo un Atlas de la pobreza, con tablas pormenorizadas, gráficos y mapas de colores. Un trabajo muy profesional… en la medición de la pobreza. Su erradicación es otro asunto, que parece no tiene la misma importancia.

Los gobiernos de los últimos veinte años se echan la culpa unos a otros, pero la verdad es que en este tema todos han sido lo mismo, la situación no ha mejorado en algo que se pueda destacar. Y no lo puede hacer porque la pobreza es consecuencia de un modelo económico y de sociedad que no abre espacios productivos a la población que se añade a la actividad económica. Si el nuevo entrante –es decir, el joven que cumple los 16 años- no consigue un trabajo con una remuneración mínima, ¿qué hace? Apoya a un político, se prostituye, delinque o se deja morir. Escoja Ud. la opción que menos le disguste. ¿Dónde está, pues, la sorpresa?

Por otro lado, la economía “moderna” plantea una relación más bien simple entre el consumo de bienes de un individuo y su bienestar: a mayor consumo, mayor es su felicidad. Por agregación, la misma relación es válida para la sociedad en su conjunto. De hecho, el desarrollo se mide, en principio, por el nivel de ingreso promedio de un país, que es decir la capacidad de gasto del individuo promedio, la posibilidad de que compre casa, carro, televisiones, computadoras, piscinas, carne, vacaciones, etc. Por supuesto, hay “otras cosas” en el desarrollo, un sistema consistente de objetivos y procedimientos, por ejemplo, que no son resultado del desarrollo solamente sino su condición. Dicho en otras palabras, no hay desarrollo posible sin respeto al sistema de principios y reglas que denominamos Ley. Puede haber crecimiento, un ingreso enorme concentrado en uno o más sectores reducidos que financiarán un consumo concupiscente disonante con el del resto de la sociedad, pero será una mímica de progreso, más bien una mueca, nuestro Nueva York chiquito.

Muchos no estarán de acuerdo con semejante “teoría de la felicidad”, “no todo es dinero”. Sin embargo, no imaginan el inmenso, omnímodo poder de Don dinero, “la hez del demonio”, como tampoco lo acertados que están. La economía “moderna” no tiene argumentos para un sentimiento tan cotidiano como el amor –independientemente de que todos entendemos cosas diferentes bajo el mismo término-, y el tratamiento que da a otros anhelos como el deseo de superación caen bajo el título de “capital humano”, de una frialdad de cálculo que hiela y espanta.

Aunque no queda tan descarnada la relación entre consumo y felicidad: si el consumo aumenta, la felicidad también, aunque no tanto. Este es el denominado principio de la “utilidad marginal decreciente”: apreciamos más lo que menos tenemos. Como dicen los norteamericanos: “el césped siempre es más verde en el patio del vecino”. Existe sin duda el llamado “efecto demostración”, la necesidad perentoria que siente el individuo de poseer lo que tiene el vecino, de equipararse, de equivalencia. A su vez, éste surge de la necesidad profunda de reconocimiento, de que el otro (creo que era Facundo Cabral quien decía: “se nos olvida que nosotros somos los demás de los demás) certifique nuestra existencia y valía. Entonces, si el vecino tiene un perro, nosotros queremos un perro; si se compra un carro, necesitamos un carro. Y si se compra un Mercedes Benz, literalmente nosotros necesitamos un Mercedes Benz. ¿Para qué? Pues para tener lo que tiene el vecino, para no ser menos.

En el sistema de mercado –es decir, en el capitalismo- las dificultades surgen del lado de la demanda, que tiene una tendencia marcada a colocarse por debajo de la oferta. Por eso es que las empresas tienen todas una “fuerza de ventas”, pero no una de compras; más bien al contrario, lo común es que a los vendedores se los deje afuera haciendo una yuca de horas. Los mercadólogos están para eso, para vender, en lo que se apoyan en las debilidades, carencias y complejos de los individuos, de los “consumidores”.

“El hambre es un producto moderno… El hambre se hizo parte de la vida cotidiana (dominicana) cuando el automóvil había alcanzado ya los 100 kilómetros por hora.”

Pedro Mir

“La calidad del servicio que Ud. se merece”. ¿Y cómo van a saber lo que yo me merezco cuando no me conocen? Son muchas las consignas, todas con el mismo propósito. “Un producto de calidad, para un hombre… distinguido.” “El mejor vino, placer de unos pocos.” El extremo lógico es, por supuesto, sentirse parte de los pocos elegidos, miembros de la élite, en el área VIP. Recientemente experimenté sentimientos fuertemente encontrados cuando vi el anuncio de los precios en la sección VIP de un concierto de… ¡Los Guaraguao! Nada más nos falta una edición de lujo –portada enchapada, papel satinado, full color, con estuche- del Diario del Che en Bolivia.

La mercadología se apoya en la biología y en “la naturaleza de las cosas”, como decían los griegos. Es decir, el consumismo capitalista perfila al sujeto consumidor, aunque con ciertas restricciones y sobre su basamento natural, sus necesidades de sobrevivencia y reproducción. Tener es guardar para más adelante, pero eso lo hacen los osos, los carnívoros y las hormigas. Un cocodrilo se pasa meses sin comer y un oso todo un invierno siberiano para lo que deben acumular grasa. Pelear por la sobrevivencia, sólo hay que dejar caer un hueso entre una jauría hambrienta. Perros que hace un rato se defendían hasta la muerte, ahora se matan por quién tiene el hueso. Simple sobrevivencia. Nadie se atreve a acercarse a la cría de una perra recién parida, se enfrenta al instinto, la fuerza ciega de la naturaleza. Pero abandonar a los débiles a su suerte, o a los viejos a una muerte solitaria es, cuando menos, inhumano. ¿Qué tanto placer puede proporcionar comer el corte más fino del ganado más selecto, el vino de la campiña más templada, el paseo en el automóvil más muñido y veloz? Hasta el goce tiene un límite, el cuerpo se gasta y la mente se cansa de generar sensaciones.

Como se ha dicho, la mitad de la población mundial muere de hambre, y la otra mitad de obesidad, que es decir de hartazgo, de saturación, de codicia. En la Crítica… observo que, como el consumo de las necesidades prácticas -comer, vestir, guarecerse, entretenerse- conduce rápidamente a la saciedad, nos hemos inventado las necesidades del espíritu: ser bello, deseado, rico, poderoso, veleidoso… En el extremo, lo mejor sería ser de sangre azul, estar más allá del dinero, es la turbación a la que conduce un sistema de consumo por el consumo mismo. Creada la necesidad, tenemos un mercado que abastecer, un mundo luchando a brazo partido por conseguir el último modelo de celular o la televisión más plana y de mayor resolución, la última tableta, el orgasmo más intenso… O el arma de mayor poder destructivo.

He aquí donde el hambre se constituye en jambre, donde la riqueza muestra, no lo que es, sino lo que no es. Es un espectáculo lamentable como los pobladores de zonas hambreadas de África se disputan la ayuda humanitaria dejada caer de aviones, como aquí -aquí mismo- es vergonzoso observar las trompadas y patadas que se da la gente por un salchichón o una papeleta de a cien que lanza al aire con manifiesto regocijo un político. Una pelea de perros. Ahora en enero nueva vez tendremos en la Máximo Gómez filas interminables de gente formada desde el día anterior para recoger un juguetito de plástico rojo o azul. Muchos lo harán por experimentar aunque sea el mendrugo de lo que tienen otros y que admiran con fascinación en los escaparates.

Pero hay más hambre entre los que creen haber salido de ella, entre los que conducen automóviles enormes, lujosos y costosos con el solo objeto de ser mirados, bien de estrujarlos en las narices de quienes andan a pie. Hay más hambre entre quienes no pueden dejar nada a los demás, lo necesitan todo. Entre quienes hay que abrirles paso y si no arrollan, a quienes hay que oír por obligación aunque ellos nunca escuchan. Los importantes, los poderosos, los de agendas apretadas que nunca tienen tiempo. Los de los grandes negocios y la alta política. Son aquellos que, para ser, necesitan tener, pues si no tienen, no son, lo que es un lastre muy pesado. Por eso no se pueden detener, porque si paran desaparecen. Su carencia es de humanidad, que no se resuelve con dinero.

Quien atropella con lo que tiene, pues tiene sin lugar a dudas, pero no tiene decencia ni educación, que no puede comprar en la farmacia. Es como la cultura: se pueden comprar libros, pero hay que leerlos. Y lo mismo quien tiene más casas que pares de zapatos pues, a la postre, no puede estar en más de un lugar al mismo tiempo, como no puede ponerse más de un par. La codicia o, en su caso, la vanidad no son sino expresión de un hambre vieja de lejos, guardada, inveterada, no superada, que se quiere poner al día en el transcurso de una sola vida en solitario. La propiedad es su penitencia que expían echando agua al mar. Al final todo es polvo, y al polvo volverá. No da el tiempo y la muerte los sorprenderá rodeado de intereses y no de amigos. Así mismo, de simples amigos.