Algunos de nosotros, a veces nos cansamos de esa tendencia occidental de siempre auto ayudarse, progresar y constantemente mejorar. Hoy en día parece que incluso si se trata de defectos, se trata de adoptarlos como virtudes. Se trata de cambiar todo lo negativo en positivo. El mundo, y obviamente, por el mundo me refiero a América, intenta convertir nuestra realidad en una más burbujeante, rosada y brillante. Mejor, más rápida, más fuerte. Más flaca, más sexy, más blanca. Por lo tanto unidimensional. Por lo tanto aburrid
¿Qué tal si dejamos que los defectos sigan siendo defectos y empezamos a vivir con ellos siendo lo que realmente son? Aceptándolos? Dejando lo negativo ser negativo? La única forma de aprender cómo levantarse es por caerse. Y no por pretender que esta caída no fue una caída sino algo intencional y planeado, o incluso digno de premios y alabanzas? La única manera de aprender a ir adelante es por quedar atrás una y otra vez. La única manera de aprender a cuidar lo que cuenta en la vida es por despreocuparse y por lo tanto aprender lo que esta indiferencia puede hacer con nuestras vidas.

Las consecuencias de nuestro mal juicio forman nuestras vidas para bien o para mal, pero lo más importante es que nos forman a nosotros como personas y nos dan dimensión. Además, como todos sabemos las decisiones malas hacen buenas historias. Y aunque suene cursi, la vida es una colección de cuentos. Los felices, los emocionales, los románticos, pero los triste, los vergonzosos y los espantosos también.
¿Por qué queremos ponernos dentro de una jaula en imágenes idealistas y poco naturales para nosotros mismos y para la vida en que pensamos que deberíamos vivir? ¿No dicen que la imperfección es una forma de libertad?

Hoy en día no apreciamos la debilidad y la oscuridad por el poder que de hecho poseen para enriquecernos. Para profundizarnos como seres humanos. Nos esforzamos tanto por ser agradables, amables y atractivos que al final terminamos siendo planos. Y terminamos cada vez más similares entre unos y otros.
Cuando imagino la perfección la veo como una mujer, obviamente. Las hembras tienen una larga historia de ser forzadas en las formas pre programadas de ser, de pensar y de vivir la vida más que los hombres. También por consecuencia más a menudo parecen hacérselo unas a otras. Los niños y los hombres tienen el privilegio de ser más libres, de ser quienes son e incluso de portarse mal. Y ante todo de no sentirse tan culpables después.
Pero no es el género el foco de mi atención en este momento, es dicha culpa.
La culpa sigue nuestros pasos cada vez que nos desviamos del camino a la perfección, que nos alejamos de la "idoneidad" sin fin, y nos vuelve locos por no ser lo suficientemente buenos.
Cuando pienso en la perfección la imagino como una mujer impecablemente vestida. Malévola, disciplinada, serena. Elegante. Pero triste. Sola, vacía y fría. Con un maquillaje de marca y accesorios de lujo. Pero apuesto a que toma una copa de más de chardonnay cuando nadie está mirando. Y puede que incluso llore un poco. Entonces se retoca , empolva su piel intachable y nunca se perdona a sí misma. Y nunca nos perdona a nosotros cuando nos vamos de su lado. Es por eso es que tenemos que ser capaces de perdonarnos a nosotros mismos de vez en cuando. Porque ella nunca lo hará.
La imperfección es libertad. Y la perfección es una hija de p***.