Los comentaristas están unánimes y concuerdan sobre el hecho que la juventud salió de su apatía y lo manifiesta. Sin embargo, la apatía del pueblo dominicano nunca me ha parecido tan clara. Si un pueblo es apático no puede haber tanta violencia latente en nuestro entorno: violencia de género, intrafamiliar, policial, gente armada de saco y corbata como nuestros dignos representantes en el hemiciclo. Nuestra sociedad hace pensar en una olla de presión, que bota vapor por escapes por no poder canalizar sus brotes de violencia.
Más que realmente apáticos hemos sido reprimidos a lo largo de la historia: la esclavitud, los caudillos, Trujillo, la intervención norteamericana, los muertos de Abril, los doce años de Balaguer, los muertos de Salvador Jorge Blanco. Las luchas del pueblo han costado muchos sacrificios y cobrado muchas vidas.
Por la primera vez nuevos actores, jóvenes, educados, reflexivos, conectados, que tuvieron más oportunidades de viajar y estudiar fuera, esos mismos que fueron mimados por Leonel Fernández arrastran en sus protestas, reflejo de un malestar colectivo, una clase media de todas las edades, los moradores de Gazcue, Piantini, Evaristo Morales y otros barrios acomodados quienes se unen para gritar su indignación frente al sistema de corrupción, al cinismo, la impunidad, el derroche estatal y la torpeza inaudita del partido en el poder.
Un tabú acaba de romperse en la clase media. Se ha levantado el manto de duplicidad, complacencia y complicidad. El individualismo, el egoísmo forzado que llevaba a aprovecharse de la ola de “progreso” sin defender sus derechos básicos que se podían resolver de manera individual con tinacos, botellones de agua, plantas, inversores y guardias privados se está transformando en un reclamo colectivo, arrastrado por jóvenes que no se sienten responsables del hoyo y del paquetazo y que, por eso, ya no están dispuestos a conciliar lo inconciliable, a buscar consenso entre Dios y el diablo.
Llevados por la ola mundial de los indignados y de las diversas primaveras, nuestros muchachos y muchachas salen a la calle convocados por las redes sociales y no por la politiquería con un desbordamiento contagioso de alegría, ejerciendo la democracia y expresando sus juicios a ritmo de música: la imaginación toma el poder con ingeniosos cartelones e irreverencia en el modo de protestar.
Frente a este movimiento los barrios desfavorecidos no bailan el mismo son, tienen un compás de espera. Las TIC no han penetrado de la misma manera en todos los sectores a pesar de los esfuerzos de nuestro ex presidente. Llegaron las computadoras en algunos casos pero no el mantenimiento y la electricidad. Las conexiones son intermitentes y sin educación el mismo acceso está muy restringido. La juventud de los sectores más marginados no obedece a las mismas consignas y los adultos menos, no entienden todavía a plenitud a qué salsa se los van a comer. El paquetazo es un cuco todavía sin cara clara, no saben bien por dónde más van a apretar la tuerca. Poco a poco ven cómo en los últimos días los precios están subiendo de manera inexorable, los que tienen una cuentecita de ahorro no entienden que sus pobres ahorros serán gravados de un 10% y que el café será un lujo. Inmediatistas por obligación los que tienen un sueldo esperan el doble para pagar sus deudas y acaso conseguir la ropa y la cena de Navidad. Los otros no tienen otra esperanza que las cajas navideñas y para conseguirlas saldrían a defender al diablo si fuera necesario. Aterrizarán en enero con el paquetazo… ¿A qué consignas responderán entonces?