“Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás”, así define identidad el diccionario de la Real Academia; una acepción adicional reza: “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. La predominancia de la palabra conciencia en dicho enunciado sugeriría que la identidad es una aventura personal, variable y única, es decir, particular e íntima. Si bien la antropología reconoce que ella expresa pertenencia a una cultura o país, la psicología, con Erikson a la cabeza, aunque admite la poderosa influencia de la ideología, la asume como pura expresión de la conciencia de “mismidad”. Estas aristas nos conducen entonces a una deducción común: que el concepto de identidad es indefectiblemente una construcción cultural.

Si transmutamos las observaciones mencionadas a lo colectivo arribaremos al propósito de estos párrafos: intentar debatir el concepto de identidad en la República Dominicana. Benedict Anderson ha establecido que una nación es una comunidad construida socialmente –imaginada– por aquellos que se perciben parte de ella. De tal forma se sitúa en el extremo opuesto de los sociólogos primordialistas quienes sostienen que los países han existido como tales desde los inicios de la Historia. Desde el ángulo de Anderson la identidad nacional es en consecuencia, una comunidad (porque su cohesión radica en una unión horizontal) inherentemente soberana (ya que se imagina libre bajo un Estado soberano) y limitada (porque es imaginada con las dimensiones de la humanidad).

Mitocondria

Insistiríamos en otras apreciaciones sobre la constitución del carácter de lo Nacional (como los conceptos de poder y dominio de los mapas, del museo y el censo, según las ideas de Foucault, entre otros); mas, nos interesa abordar al menos someramente, lo acaecido dentro del grupo de Estados al cual pertenecemos. Toda Latinoamérica ha protagonizado batallas similares en la construcción de su identidad compartiendo un turbulento pasado de colonización y una accidentada conformación de su ethos en el transcurso de un periodo cronológicamente joven. Ya lo decía Paz en “El laberinto de la soledad”: Toda la historia de México, desde la Conquista hasta la Revolución, puede verse como una búsqueda de nosotros mismos, deformados o enmascarados por instituciones extrañas, y de una forma que nos exprese. El loado mexicano no estuvo solo: las grandes narrativas del pensamiento de Sarmiento, Rodó, Martí, Reyes, Mariátegui y el propio Pedro Henríquez Ureña, verdaderos sembradores de las semillas del discurso de lo Nacional en sus respectivos países, le precedieron.

A nuestro juicio, el proceso de conformación de la identidad dominicana comparte muchos de los rasgos andersonianos ya descritos: como espacio geográfico repartido entre dos culturas; como producto de la influencia ejercida por casi media docena de imperios sobre sus destinos; como conglomerado protagonista de encarnizadas luchas intestinas en la persecución del poder; y como hijos de frágiles democracias amenazadas por la corrupción en las que hemos sido simultáneamente, juez y parte de una distópica danza racial que al unísono nos emblanquece, nos encasilla en colores de piel muy particulares (indio, moyeto, moreno…), y también nos negrea. Asumir nuestra identidad, por ende, parecería una tarea incompleta que continúa atascada en el arcoíris del color de la piel dominicana.

El desarrollo de las ciencias biológicas y en particular la genética, ha contribuido a descifrar el andamiaje ancestral de las etnias contemporáneas basándose en el análisis del genoma, esqueleto conformador de la anatomía humana localizado en el ADN del núcleo celular. Allí duermen las huellas cromosómicas, padre y madre igualmente representados. Desde 1963 sabemos que parte del material genético también está contenido en las mitocondrias, complejos organillos encargados de la respiración celular; curiosamente, estos conservan únicamente el ADN materno ya que el espermatozoide sólo aporta su núcleo al embrión en formación y por ende, el hombre no transmite material genético materno a la descendencia. En otras palabras: el ADN materno no se recombina ya que permanece intacto en las mitocondrias lo que permite trazar la historia cromosómica progenitora (y por ende, de toda la población) a través de interminables generaciones. Se trata entonces de una verdadera exploración arqueológica por así decirlo, justamente lo que ha arrojado una investigación recién presentada en la Academia Dominicana de la Historia.

Científicos del National Geographic Society y la Universidad de Pensilvania en colaboración con la Universidad Iberoamericana (UNIBE) y el Museo del Hombre Dominicano coordinados por el Lic. Bernardo Vega, tras analizar mil muestras de saliva de voluntarios esparcidos en 25 comunidades del país anunciaron que la composición genética dominicana contiene 49% de ADN africano, 39% europeo, 4% precolombino y 8% neandertal u originario del continente asiático. La mayor presencia precolombina y europea se encontró simultáneamente en San Francisco de Macorís, Jánico y El Rubio; las áreas de predominio africano por su parte, fueron La Caleta, La Romana y Villa Mella.

Podría especularse que tales hallazgos dibujan un patrón de migración espejo de las prácticas coloniales en las que los esclavos eran agrupados en áreas cercanas al mar y los indígenas se refugiaban en el interior de la isla; sin embargo, es indiscutible que un estudio de este tipo no puede ejecutarse libre de inconsistencias. Por su naturaleza deductiva asumimos, por ejemplo, que los patrones migratorios mencionados explicarían la distribución genética de forma confiable y que el muestreo utilizado así lo revelaría. Igualmente, existen limitaciones intrínsecas al análisis del ADN mitocondrial (ya que este detecta parentescos entre grupos o individuos y no las particularidades de cada uno sus miembros); sin embargo, su solidez científica como fotografía de la huella ancestral materna está ampliamente demostrada, de hecho, ha sido aplicada en proyectos similares en múltiples países y continentes.

Estudiosos contemporáneos de la Historia dominicana han elaborado serias (y no tan serias) hipótesis sobre la conformación de nuestra identidad ampliamente conocidas. Sin embargo, se me ocurre traer el ruedo de estos párrafos tres pertinentes observaciones del filólogo y académico Andrés L. Mateo publicadas hace veinte años en su libro Al filo de la dominicanidad. El autor propone: 1) Que “la dominicanidad tiene un abolengo histórico que se funda en un rosario de primogenituras, a partir de las cuales la identidad se convierte en una escena eternamente parecida a sí misma”: la primera catedral americana, el primer cabildo americano, la primera Universidad del nuevo mundo… 2) Que “el presupuesto antropológico de la dominicanidad es una síntesis trágica, y la línea épica de la frontera una disyuntiva que no alcanza a desgarrar el silencio”; porque porosa o delimitada, esa frontera ha sido sempiterno escenario de heroísmos y nacionalismos; y 3) Que “la dominicanidad es un pendular entre el parecer y el ser”; una intangible batalla en la que surca triunfante el fantasmeo.

¿Acaso constituye el estudio “genográfico” aquí discutido una oportunidad para enriquecer el debate socio-antropológico en torno a nuestra identidad de nación híbrida? ¿No representaría la historia de esta Eva mitocondrial un útil instrumento para descifrar las ataduras de aquella tríada primogenitura-frontera-parecer/ser? Mi respuesta es rotundamente afirmativa. 

Coda: El malogrado escritor cubano Antonio Benítez Rojo decía que el Caribe no es un archipiélago común sino un meta-archipiélago, y como tal “tiene la virtud de carecer de límites y de centro”. Tal vez le corresponde entonces a la meta-nación dominicana reencontrarse una vez por todas dentro de aquel perímetro para finalmente encontrarse a sí misma.