La guerra es una de las instituciones más antiguas de la humanidad rivalizando, quizá, con la invención de los Dioses.  Desde el surgimiento de los primeros asentamientos urbanos hemos estado en guerra. El enemigo pudiera ser cualquiera que adorase un Dios diferente al mío o aquel que se resistiera a la voluntad del Rey. Como dice Platón, citado por Lewis Mumford en “La Ciudad en la historia”, “cada ciudad está en un estado de guerra natural contra cualquier otra”.

La guerra se hizo en principio para obtener esclavos, para obtener víctimas para los sacrificios humanos a los Dioses. Luego la expansión de las primeras metrópolis y sus necesidades de recursos, riquezas y poder dieron lugar a las primeras guerras de expansión territorial en búsqueda de los  materiales e impuestos necesarios para mantener a Nínive, Babilonia, Roma, etc.

La guerra nos ha acompañado desde el principio en esta aventura llamada humanidad. Pero, ¿cuál es el rasgo característico de esta época que me motiva a escribir estos párrafos? Si siempre hemos estado en guerra, ¿qué diferencia el siglo XXI de los siglos anteriores de muerte y destrucción por la guerra?

Lo que caracteriza este siglo es la difusión de la guerra. En los actuales momentos la humanidad completa está en guerra. Hemos fomentado un estado de división permanente que ha desplazado la guerra convencional de las llanuras y estepas de Europa, de los desiertos de Asia y África y lo ha llevado a cada nivel de nuestra civilización. ¿Cómo es esto? Veamos.

Actualmente no existe casi ningún campo de la esfera humana, de la sociedad, de la civilización que no esté rasgado, dividido o en vías de división. Así tenemos homosexuales contra heterosexuales, nacionalistas versus inmigrantes, la guerra de los sexos: el hombre contra la mujer, hijos emancipados del yugo paterno, separatistas catalanes versus españoles, separatistas escoceses versus la corona británica, peruanos versus chilenos, cristianos contra musulmanes, judíos contra musulmanes, judíos ortodoxos versus judíos liberales, y un largo etcétera que dejaremos hasta aquí por no cansar la lector con redundancias. Pero lo cierto es que cada día se abren más frentes de opuestos que luchan unos contra otros en una guerra sin cuartel y con proporciones de convertirse, todas ellas, en irreconciliables. Muchas de estas disputas son muy antiguas pero otras son fruto de los tiempos líquidos que estamos viviendo. La miopía se ha apoderado de todos nosotros y hemos perdido la perspectiva de la humanidad como un conjunto que debería tener un objetivo común y nos hemos vestido con el uniforme que creemos que nos toca vestir y estamos en guerra contra todo aquel que no piense como nosotros.

La humanidad tiene por delante una serie de retos, muchos de los cuales no harán otra cosa que agravarse: colapso económico, catástrofes climáticas, escasez de energía, la sombra de la guerra planeando sobre Europa, el mundo islámico en agitación, etc. y al parecer  la humanidad se apresta a encarar estos retos y amenazas más dividida que nunca.