Al momento de su muerte, provocada por un ataque agudo al miocardio, José Peralta estaba ebrio y entre lágrimas decía que si se moría no culparan al alcohol sino a sus hermanos. Es verdad que José valía muy poco, pero, como la mayoría de los habitantes de esta ciudad, considero que su familia no debió hacerle algo así.

Desde pequeño, el único de los hijos de don Eugenio Peralta que mostro una gran simpatía por el alcohol fue José. Mientras sus cinco hermanos trabajaban con responsabilidad en los negocios familiares, José Peralta se consagraba con devoción a la bebida, a la que para mayor vergüenza le había agregado el ejercicio de la mendicidad. Sin embargo, sus debilidades nunca lo arrastraron a la comisión de un acto delictivo, por lo que entiendo que sus hermanos no debieron hacerle aquella barbaridad.

A pesar de sus persistencias alcohólicas y de que no dependía de otra ayuda financiera que la proveniente de sus padres y hermanos, José se matrimonio con una pobre y poca educada muchacha del barrio El Madrigal. Los padres y los hermanos de la novia sabían quién era y como vivía José Peralta, pero aceptaron complacidos la unión porque el vagabundo era hijo de don Eugenio Peralta, uno de los comerciantes mejor establecidos de la ciudad.

El día de la boda, la familia de José no solo cargó con todos los gastos de la opulenta ceremonia, sino también con la vergüenza de una de las célebres borracheras del novio. Un año después, José y su mujer habían engendrado un hijo que no se murió junto a la madre por el socorro puntual que les prestaban los padres y hermanos de aquél, quienes además tomaron las precauciones de lugar para evitar que el desvergonzado pudiera engendrar otra criatura.

La viuda y el hijo no asistieron al acto del velatorio en la funeraria municipal, ni a la misa de cuerpo presente, ni a la ceremonia de sepultura. La mujer no asistió probablemente debido a la enfermedad que padece, provocada por los maltratos que le suministró el marido. El hijo, en cambio, no fue por pura maldad, porque en su corazón había cultivado un enorme odio contra su padre, odio que no pudo disimular ni siquiera en aquel momento tan grave.

Dicen que cuando supo del hecho de inmediato empezó a celebrar en grande, embriagado de ron y de cosas peores y escupiendo en público la memoria de su progenitor, lo que hubiera hecho de todas maneras aunque éste le hubiera regalado algunos pesos de la herencia maldita.

Es increíble lo que le hicieron, porque aunque José Peralta era una vergüenza de hombre, no era un malhechor. Nunca robó, ni mató, ni codició la mujer de ningún prójimo, y decía que ingería alcohol porque en ningún pasaje de la Biblia se prohibía tal bebida. Que más bien se estimulaba. Si la “Santa Palabra” hubiera condenado su más cara aficción, la habría abandonado, porque el también era cristiano y quizás más fervoroso que muchos que se dicen tales y que nunca se han llevado un trago de ron a la boca. No, cosas así no se le hacen a nadie.

Yo siempre lo veía arrastrando sus pasos lentos como de anciano prematuro por el centro de la ciudad, pidiendo dizque para la comida de la familia y la medicina de su mujer, pero todos sabíamos que lo hacía tan sólo para suplir su particular miseria de cada día, así como también sabíamos que golpeaba a su mujer si ésta no le entregaba  el dinero que él le requiriera, aunque ella tuviera que tomarlo de la asignación mensual que le entregaba la familia del rufián.

Con su cuerpo delgado, menudo y encorvado, su piel renegrida por su constante exposición al sol y al alcohol, su cara de actor dolorido, su bastón de caoba con empuñadura ilustrada con el grabado de un Cristo crucificado, José Peralta era un vivo espantajo de la ciudad.

A veces andaba con un brazo o una pierna enyesado, con vendas o gazas en  la cabeza, simulando haber padecido un grave accidente y con ello estimulando a su favor el ejercicio de la caridad pública. Lo que si era cierto es que siempre andaba limpio, porque sus hermanos no dejaban de enviarle ropas en buenas condiciones y le pedían a la mujer del perdido que no lo dejara salir sucio y sin planchar.

Claro que la familia se ocupaba bastante del mendigo elegante, y que es gente buena, trabajadora y docente, y que está muy dolida porque aseguran que la desvergüenza de su deudo fue la causa principal del fallecimiento de don Eugenio y su respetable esposa. A pesar de ello, pienso que debieran tener un poco de compasión con el bandido y no condenarlo a muerte de aquella forma.

Yo crucé palabras por primera vez con José en la cafetería Galaxia, donde no se permite la entrada a locos, haitianos y mendigos, aunque a él se lo consentían, porque siempre andaba limpio y además porque su familia es gente decente, que da pena que en su seno  hubiera un sin concepto como aquél. Yo era uno de los tantos que de vez en cuando le facilitaba algunos pesos. Con rostro cuya emoción así se convertía en lágrimas, siempre me decía que me lo agradecía en el alma, que aquel dinero le serviría para completar la comida del día, alguna medicina para la mujer o algún cuaderno para los estudios de su muchacho, cuando todos sabíamos que las dos primeras necesidades se las cubría su familia y que el hijo hacía mucho que había abandonado los estudios y desde entonces se dedicaba a prácticas contrarias a la ley y a las buenas costumbres.

—José

—Dígame.

— ¿Cómo anda su vida?

—Aquí, cantando por no llorar. Imagínate, nodo se ha puesto color de hormiga, y para colmo de males he sufrido esta calamidad y no puedo trabajar y la pobre mujer mía enferma y al muchacho tuve que sacarlo del colegio y meterlo en el liceo, exponiéndolo a que me lo maten o me lo malogren con una bomba, una piedra o una bala. Ese era José Peralta; un maestro de mentiras en las que nadie creía, aunque ninguno le hacíamos saber que no las creíamos.

Hace varios días me lo había encontrado en la mesa de siempre en la cafetería Galaxia. Estaba correcta y limpiamente vestido, con una guayabera de un blanco impoluto, un pantalón negro con filos perfectos y unos zapatos también negros y resplandecientes, y apoyado en su emblemático bastón. Lo saludé con la cortesía de siempre, como si se tratara de un caballero de la abundancia y el honor. Antes de abordarme con la solicitud monetaria de siempre, me dijo que vestía así porque estaba de luto por la muerte de su madre. Era verdad. Le regalé algunos pesos más que de costumbre, al tiempo que le expresaba mis condolencias y le decía qué mal debes sentirte, José, porque no creo que pueda haber nada peor que la muerte de la madre. Él, en cambio, me dijo, con la frialdad de una víbora después de varios días de hibernación: Lo malo no es eso, sino que ahora hasta la comida me dará trabajo conseguirla, porque cuando yo no tenía ni un centavo la única que siempre me decía que fuera al supermercado de su amigo Genao a buscar alguna comprita a su nombre era ella, siempre a escondidas de mis hermanos, quienes decían que yo no tenía necesidad de molestar a la vieja porque ellos cubrían mis necesidades, sabiendo toda la ciudad que eso es falso, que ellos no se preocupan por mí, como si yo fuese de sangre contrarias a las suyas.

Sí, les decían a la vieja que las órdenes de compra que ella me autorizaba yo los invertía exclusivamente en ron, cuando todo el que me conoce sabe que hace varios años que dejé la bebida y que mis únicas preocupaciones son la comida, la medicina para la mujer y los estudios del muchacho. Así hablaba aquel ingrato, aquella vergüenza errante de los Pe- faltas, familia que entre otros atribuiros honorables se caracterizaba por su gran fervor  Sin embargo trataron así al pobre José, como si éste Fuera un diablo aseo, cuando todos sabían que, aunque bastante embriagado, el descarado no faltaba a ninguna de las misas dominicales celebradas en la parroquia de su sector. Varios días después lo vi por última vez. En esta ocasión me dijo, muy indignado, que sus hermanos habían vendido la casa paterna y que a él no querían darle nada, como si él no tuviera el mismo derecho. Luego supe que fue tanto y tan persistente el fastidio al que sometió a su familia para que le entregaran su parte, que ésta decidió mandarlo a buscar para resolver la situación. La reunión fue celebrada en la casa del mayor de los hermanos. Cuando José llegó ya los otros estaban reunidos y con la sentencia elaborada. No bien tomó asiento el convocado, el primogénito, a nombre de los demás, le dijo José, te hemos llamado para entregarte la parte de tu herencia. Nuestro retraso en hacerte entrega de lo que legítimamente te pertenece se debió a que estábamos buscando la forma de no perjudicarte, pero como tú andas por ahí desacreditándonos, diciendo que nosotros te queremos robar lo tuyo, así que aquí tienes lo que me corresponde. A pesar de que previo a la reunión José se había despachado media botella de Brugal blanco, volvió de golpe a la sobriedad absoluta y comprendió en el acto la gravedad de aquel discurso. A seguidas dijo, con rostro casi lloroso, que no le hicieran algo así, que solo le dieran una parte para solucionar algunas “deuditas”, y que el resto.

Se lo colocaron en un certificado financiero a plazo fijo y a nombre de cualquiera de los hermanos, y que el beneficio se lo entregaran a fin de mes. También les dijo que si por el contrario alguno de ellos quería hacer cualquier negocio con su dinero que lo hiciera y que parte de las ganancias se las entregaran según sus posibilidades. Pero ellos le dijeron que no, José, que toma tu dinero, que no me queremos cerca ni a ti ni a tu pertenencia, que hagas lo que quieras con esta parte de la herencia, que aquí te vamos a esperar para entregarme la otra parre cuando vendamos el almacén de provisiones. Y  con rostro de sincera pesadumbre, José Peralta se  retiró con los quince mil pesos de la herencia. Se sabe que no pasó por su casa, que abandonó a la enferma, que se escondió del hijo por temor a que éste intentara robarle, y que en un pueblo cercano se consagró al dispendio apresurado de su dinero. Los hombres que lo trajeron para ser velado y sepultado [casi todos compinches de sus últimas borracheras] dicen que no dejó de beber ni de llorar, ni tampoco de decir que si se moría no culparan el ron, sino a su familia. Pobre José: cosas así no se le hacen ni a un enemigo.