La cultura siempre ha sido de interés por parte del estado y los gobiernos desde hace mucho tiempo y adquirió notoriedad en los estados originados con la sociedad burguesa acompañada de su paradigma modernista, donde el conocimiento, la inteligencia, la ciencia y la tecnología, todo ello alrededor de la llamada Ilustración,  eran su norte y en ese momento la cultura formó parte de estos estados laicos y recompuso la relación estado-ciencia-conocimiento y la cultura había jugado un papel importante como centro del renacentismo años antes, que sugirió otro paradigma social en la que la liberad, el ser humano y la ciencia se pusieron en el centro de interés de la nueva sociedad.

Esta relación estado-cultura, se modifica en el siglo XIX cuando el capitalismo se consolida y las ideologías comienzan a recomponer el mapa de las ideas para confrontarse en la definición de un modelo social eficiente, con equidad e inclusión. El marxismo se contrapuso a la burguesía y la cultura comenzó a vestirse ideológicamente como parte del ejercicio del poder. Todo el siglo XX convierte a la cultura en arma política de la Guerra Fría, y en esa convulsión político-ideológico, la cultura desde la razón de estado se instrumentalizó en una dicotómica división entre una cultura burguesa conservadora y una cultura liberal de orientación marxista.

En ese orden del debate, surgió una corriente que definió la cultural estatal a partir y en función de un Ministerio de Cultura dándole personería jurídica al accionar político del estado, sobre todo los llamados estados socialistas y del realismo socialista que generó centralización, monopolización e instrumentalización del hecho cultural desde la mirada y control estatal. En esa ocasión se debatió del carácter libre de la creatividad y evitar la manipulación política de la cultura como expresión inspiradora de la libertad humana. El capitalismo de su lado usó la cultura a favor del liberalismo burgués, por tanto, también la instrumentalizó.

La discusión no es si debe o no existir un ministerio de cultura, sino cómo se concibe en su función social, cómo entiende la creatividad humana, cómo se maneja con los actores culturales, con las ideas, con el pensamiento y con las expresiones de la cultura popular, sus organizaciones y representantes.

Avanzado el tiempo, se fue institucionalizando la cultura como parte de los estados y gobiernos y también se generó una estructura burocrática que contrapuso la creatividad cultural de la burocracia estatal. Se debate igualmente si la cultura es una producción estatal o de los pueblos y si bien es hecho consumado, los ministerios de cultura deben ser acompañantesdel hecho cultural en todas sus manifestaciones, esa ayuda, colaboración, financiamiento y fortalecimiento de sus debilidades, no debe tener factura política, pues desnaturaliza su esencia.

El temor de la intromisión estatal y político-partidaria a la actividad cultural, como en el viejo orden feudal, en donde se sustituyó una institución como el estado por la iglesia. La discusión no es si debe o no existir un ministerio de cultura, sino cómo se concibe en su función social, cómo entiende la creatividad humana, cómo se maneja con los actores culturales, con las ideas, con el pensamiento y con las expresiones de la cultura popular, sus organizaciones y representantes.

Hasta el momento, al ser parte de la estructura del organigrama estatal, los funcionarios los designa el partido de gobierno, las políticas culturales son definidas desde la percepción ideológica del gobierno de turno. Al definirse políticas culturales desde las estructuras de poder, y siendo como son los ministerios centralizados, hemos corrido el riesgo de que quien defina prioridades, construya modelos y defina acciones hacia el fortalecimiento de la cultura popular y demás sectores sociales sea el estado, con la exclusión de los verdaderos actores culturales y quizás sea esta una de mis preocupaciones.

El acompañamiento coloca en una modalidad horizontal, ambos actores: el público y el de la sociedad en la construcción de valores culturales, su desarrollo y fortalecimiento de forma fluida y natural, con libertad y que potencie su esencia en favor de las identidades y el arte nacional.

La democratización de los ministerios de cultura hoy debe de atravesar por su despolitización, negar el uso de la cultura como mecanismo propagandístico y su necesaria lejanía del partidarismo, de manera que los mejores talentos estén al servicio del país y no de un partido.  Es una tarea difícil alcanzar estos logros, pues la contaminación de la clase política, no le permite ponderar ese equilibrio necesario entre política y cultura.