En el contexto del Ciclo Científico de la XV Feria Internacional del Libro, hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre cómo nuestra época, la era de la ciencia, ha replanteado el papel de la filosofía.
Durante gran parte de la historia del pensamiento occidental, la filosofía significó una empresa de conocimiento totalizadora que aspiraba a comprender la naturaleza de la realidad, intentando basar nuestro saber sobre principios absolutos, para derivar de los mismos unos criterios racionales reguladores de la conducta humana.
Hoy día esta empresa es injustificable. El conocimiento científico se ha hecho tan diverso y especializado que nadie puede sintetizarlo como podía hacerse en los siglos anteriores. El análisis del conocimiento científico arroja como resultado que no existen bases absolutas sobre las cuales podamos basar dicho conocimiento, ni tampoco existen principios a partir de los cuales podamos cimentar, absolutamente, la conducta de las personas.
Por otra parte, una gran parte del conocimiento considerado filosófico ha pasado a ser del dominio de las ciencias de nuestro tiempo. ¿Qué papel puede jugar entonces la filosofía en esta era científico-tecnológica?
En un libro publicado a inicios de este año, titulado: A Universe From Nothing: Why There Is Something Rather Than Nothing (Un universo de la nada: Por qué hay algo y no la nada), el físico teórico Lawrence Krauss examina, desde la física cuántica, el problema de los orígenes del universo y otros problemas de naturaleza cosmológica que solían ser del dominio de la filosofía.
En una entrevista realizada para The Atlantic, Krauss retoma el hecho conocido de que muchas de las ramas de la filosofía terminan siendo subsumidas o abarcadas de un modo cualitativamente superior por las ciencias. Por ejemplo, antes del surgimiento de la física moderna, los problemas en torno a la estructura y dinámica de la naturaleza formaban parte del dominio de una disciplina bastante genérica conocida como ¨filosofía natural¨. Hoy día esta rama no existe, porque ha sido subsumida o abarcada por la física moderna.
De igual modo, muchos de los problemas que se formulan hoy en los distintos campos de la ciencia tienen sus antecedentes en problemas filosóficos, formaron parte de ramas filosóficas subsumidas hoy por las modernas especialidades. ¿Significa esto que el desarrollo de las ciencias amenaza la existencia de la filosofía?
Si entendemos la ciencia como un proceso lineal de resolución de problemas, entonces, es lógico inferir una respuesta afirmativa a la pregunta que hemos formulado. Esta es la imagen ingenua de la ciencia, según la cual, ella consiste en un proceso de formulación de interrogantes a las que formulamos respuestas tentativas que, una vez confirmadas, clausuran definitivamente el proceso.
Pero la ciencia es de naturaleza circular, es decir, constituye un proceso de formulación de preguntas cuyas soluciones generan nuevas interrogantes. Estas preguntas terminan conformando muchas veces una nueva rama de la filosofía. Por ejemplo, el desarrollo de la tecnociencia genera una rama conocida como filosofía de la tecnología, que reflexiona sobre la naturaleza de la tecnología, sus relaciones con la ciencia, sus implicaciones para la sociedad, entre otros problemas; la emergencia de las ciencias cognitivas, que abarcan muchas de las problemáticas de la vieja rama de la filosofía conocida como teoría del conocimiento (cómo se origina el conocimiento, cómo percibimos, etc.), genera una nueva rama filosófica: la filosofía de las ciencias cognitivas, etc.
Por consiguiente, en la medida en que se difuminan las viejas ramas de la filosofía, el desarrollo de las prácticas científicas genera nuevos problemas interesantes que dan lugar a nuevas reflexiones filosóficas y a veces, a novedosas ramas filosóficas.
Frecuentemente, los viejos problemas no se eliminan, se replantean, a partir del desarrollo de nuestro conocimiento científico. Por ejemplo, el viejo problema filosófico de las relaciones entre cuerpo y alma se transforma en el problema mente-cerebro. De este modo, contrario al planteamiento de Krauss, la filosofía progresa, aunque no como lo hace la ciencia –solucionando problemas mediante estrictos procesos de contrastación- sino, a través de procesos de mayor clarificación, búsqueda de mayor precisión, replanteamiento conceptual y nuevas fundamentaciones.
El hecho de que hayamos desistido de las fundamentaciones absolutas, no significa en modo alguno que prescindamos de ellas. Toda práctica, científica o no, se fundamenta en unos principios, valores o sistemas de supuestos y creencias. A su vez, estas prácticas generan preguntas en las fronteras de la especialidad –casi la trascienden por su nivel especulativo-, por lo que es inevitable la coexistencia entre el intento legítimo de las comunidades científicas por establecer límites a una cadena infinita de preguntas que desborden el campo de la investigación normal y la inevitable tendencia humana a una curiosidad que desborda estos límites.
Como había sostenido Inmanuel Kant hace más de dos siglos, este desborde de los límites es la fuente de las preguntas últimas que han caracterizado históricamente a la filosofía.
Pero, no sólo por esta reflexión de frontera existe la comunión entre la investigación científica y las preguntas últimas de la filosofía, sino también, porque las prácticas científicas generan unas consecuencias éticas que son objeto de reflexión filosófica, reflexión imprescindible para una sociedad, so pena de vivir sin horizontes y sin unidad de sentido.
Concluyo este tema haciendo la paráfrasis de un argumento sobre el papel de la filosofía expuesto por un hombre que tuvo la virtud de poseer la doble condición de gran científico (lógico-matemático) y gran filósofo del siglo XX, el premio Nobel, Bertrand Russell:
La ciencia nos dice lo que podemos conocer, pero lo que conocemos es bastante poco. Por tanto, si olvidamos nuestros límites, podemos incurrir en el dogmatismo de creer tener conocimiento allí donde sólo tenemos ignorancia. La enseñanza de una vida sin certezas, con actitud crítica ante cualquier tipo de dogmatismo –religioso, científico o político- sin entregarse a la indecisión, es un invaluable tesoro que la filosofía todavía puede ofrecernos en la era de la ciencia.