Se había detenido en el amplio corredor del edificio. La canción era obviamente Hotel California, por aquello de las voces que se escuchaban down the corridor. No se podía pedir más: la empresa había funcionado, aunque algunos no lo creyeran. El porcentaje de la economía que le tocaba lo tenía calculado en el aifon. No tenía la intención de decirle a la gente que todo marchaba bien: todo lo que se podía saber era parte de su trabajo, y esto no era una red social. Era cierto que la canción de New Order, Temptation –de 1982–, la tenía de vuelta y media. Inmediatamente la ví, se la recomendé.
Su empresa podía marchar hacia nuevos linderos, y no tenía que preocuparse. Había elegido una importante fórmula: servir al cliente, y ahora estaba en pleno apogeo. Dos días después, se dio cuenta que tenía que hacer una seria investigación. En el proceso de indagatoria entraban los numeritos del Banco Central. La balanza de pagos de la economía dominicana tendría que demostrarnos que se había despertado de su largo sueño. El documento en Excel, aclara: exportaciones 8,429, importaciones: 15,162. Había que hacer los cálculos. Y hay que meterle al escenario toda la pandemia.
Aunque Biden había dicho que era lo peor que podía pasarle en esta coyuntura –Trump, al pueblo norteamericano–, lo que dijera el presidente había que escucharlo. Las remesas de los dominicanos en el extranjero tendrían que aumentar en cualquier momento, y rondaba en el escenario la sensación de pérdida de empleos. Tendría que “entrar” a algún organismo norteamericano para darse cuenta del número. Por su lado, Colin Powell afirmaba su apoyo a Biden. Dos o tres misterios en su declaración. Tengo su libro editado en McGraw Hill Interamericana. Dice: “el liderazgo es el arte de lograr más de lo que la ciencia de la administración dice que es posible”. Y esta: “algunas veces, ser responsable significa hacer que la gente se enoje”.
En esa mañana, Trump estaba enfrentando el problema que venía con la muerte de George Floyd. De seguro que muchos le sacaron ganancia política a un tema “humano, demasiado humano”. Las redes sociales estaban inundadas de mensajes. Alguien hubiera dicho: “pero este 2020 despertó con interés en demostrarse único”. Aunque su negocio estaba funcionando no podía ponerse nerviosa: tenía que calcular el PIB y plantear las ventas potenciales. Para República Dominicana se había pronosticado una caída en el PIB, algo que no era conveniente para ninguna de sus intenciones. Podría emigrar a otro país? En Londres –una de sus preocupaciones–, al parecer todo el mundo confía en todo el mundo, pero no es así. Lejos quedaban las ciudades donde se escribió la canción de Hotel California y New Kid in Town, en el año de 1976 en Criteria Studios, Miami y Record Plant, Los Angeles. Temía a la pandemia y podía marchar a una de estas dos ciudades.
Horas después, piensa en la oportunidad de oro: abrir una tienda de discos. A los diez minutos de pensarlo desistió, impulsada por la creencia de que todo se vendía por Itunes. Tenía claro que podía establecerse en el mercado del disco, pero eso era un improbable. Al disco de New Order, le tenía que agregar el pensamiento –silogístico– que le permitía pensar como otros países –New Zealand, por ejemplo–, habían podido mantenerse en pie durante la pandemia.
El virus no había huido a los Cárpatos, y no se había mostrado débil. Y todo aun con que la cifra de gente en UCI fuera de 100. Escuchó entonces una de Paul McCartney que también le recomendé –Happy with you, producida por Greg–, con todo el conocimiento de que Paul ahora anda de abuelo, y que había pintado el mismo la carátula del disco, un concierto que se hizo en la azotea del edificio de la discográfica Apple Corps con la dirección de Michael Lindsay Hogg el 30 de enero de 1969.
Por uno de esos misterios, el discurso de Trump había sido conciliador: el hombre del peinado interesante tiene conciencia del escenario. Ahora volvía sobre el PIB, y pensaba en sus ahorros. No tenía que quedarse con la misma canción de siempre. Versátil y dúctil, era lo que pensaba con la taza de té en la mano. Pensó entonces en Kate Middleton –que no está triste por la ida de los Sussex–, y el príncipe William, por aquello de que quien esté en Londres tiene que plegarse a la realeza, aparte que sigue la prensa del corazón (sigue varias cuentas).
Fotos viejas y fotos nuevas eran la temática del libro, así como algunos acordes son viejos en el disco de Paul. Pensar la ciudad a la que se marcharía en caso hipotético es bastante, algo que le permitía Arva Moore Parks y la ciudad de Miami. El libro lo había perdido (1992, con la historiadora Carolyn Klepser en Readerlink), pero tenía claro que todo se había escrito y fotografiado para atrapar a los amantes de las ciudades modernas. No le recomendé el libro pero creo que puede comprarse por Amazon. Ahora quería que le hablaran de las elecciones de este 5 de julio, porque en eso estaba.