Desde sus orígenes, el ser humano ha sentido la necesidad de integrar el cuerpo a su cotidianidad como lenguaje, sea comunicativo, gestual o cadencioso. Este hecho revela una dimensión espiritual en que la danza se hace parte de la existencia humana, de su necesidad primordial de compartir experiencias y satisfacer demandas interiores más allá a la del lenguaje, la comida y lo sagrado.

Tal vez esta necesidad sentida la canalizó, como la estética, por lo sagrado y danza y religión en sus inicios caminaron de la mano hasta que en un mundo la secularización de la vida social, las separa. El éxtasis que produce el movimiento corporal, el sentimiento de libertad que le es propio y las múltiples posibilidades de crear: movimientos, estilos, personalización, cadencia y movimientos, permiten explicar la danza como una verdadera terapia psíquica, social y personal.

Colectivizada en su ontogénesis, la danza expresaba un sentir colectivo, un sentido gregario propio al individuo en sociedad, que al socializar su ejecución, servía como referente, soporte y cohesión del grupo.

Es también la danza una magia comunicativa con las divinidades cumpliendo una dimensión profundamente sagrada

Esta naturaleza antropológica de la danza, sigue a través del tiempo como un hilo conductor en que individualmente se puede danzar, lo que no es necesariamente evidente es que se pueda disfrutar con la intensidad que invita su compartición, porque la danza, en su vertiente antropológica, es un hecho de la cultura, si bien algunos animales expresan ciertos movimientos o bien son repetitivos y los que no, se diluyen en un movimiento sin compás y sincronización, es lo que hace de la danza una manifestación profundamente humana ligada a la génesis cultural del ser.

Su vínculo con los dioses se explica por la necesidad de satisfacer su ego con múltiples iniciativas, encantos y detalles que eviten su enfado, y en ese juego de complicidad, la danza se imbrica  con sus movimientos, cadencias, ritmos corporales y estilizaciones espontáneas, para el disfrute y reverencia de sus dioses, como recurso especializado y particular de quienes danza por placer, necesidad y dominios técnicos adecuados.

Resulta notorio saber que la danza, si ben es expresión de la colectividad, sus diversas maneras de representarse, son reflejo fiel de las individualidades, que, respetando patrones colectivos trasmitidos, se dejan llevar de su imaginación e ingenio para impregnar fascinación y dominios particulares, a la manera de ejecutar el hecho danzario, como ha pasado también con las artesanías y sobre todo, con el arte tradicional o primario, que sigue un patrón social determinado, pero al momento de valorarla como obra de arte, es innegable que algunas poseen una magia particular de representarse.

Si bien la danza es además de una catarsis social, una expresión de divertimento, por eso es parte de la dimensión lúdica. Es también la danza una magia comunicativa con las divinidades cumpliendo una dimensión profundamente sagrada. En sus inicios la danza era inseparable de su condición sacra, luego se va redimensionando en múltiples usos y contextos sociales> la guerra, la muerte, el teatro, la vida laboral y como transmisora de valores educativos, a través de sus narrativas de grandes epopeyas y cantos épicos como lo fue en su momento el areíto de los taínos. Son estas elasticidades de la danza que la convierten en un eje transversal al momento de definir las identidades de los pueblos.