Resulta preocupante la forma alegre  e irreflexiva como se está tratando el tema de la división política del territorio de la República Dominicana. Considero francamente aberrante la actitud de algunos legisladores que tratan de asignar categorías de municipio y distrito municipal en función solo de   intereses políticos particulares.

Lo primero es entender la cuestión  territorial en su doble vertiente de geografía física y geografía política. En ambos casos, tanto por separado como en el análisis conjunto de estas dos categorías, tiene que  procurarse  el objetivo de la racionalidad y el criterio de la lógica en busca siempre de una mayor eficiencia en la administración del espacio territorial.

Lamentablemente no existe en nuestro país un marco legal adecuado sobre esta materia. Las decisiones sobre delimitación de distritos municipales, municipios y hasta de provincias,  se toman en función de ponderaciones que se realizan en el  nivel legislativo, pensando únicamente en la creación de cargos burocráticos y puestos de trabajo para la distribución del presupuesto nacional.

Estas aspiraciones,  a veces francamente dislocadas, suelen verse apoyadas en el hecho de que,  en ocasiones, la excesiva concentración y centralización del poder político en los centros geográficos, llámese capital de provincia o del municipio cabecera, hace que las pequeñas comunidades periféricas que aspiran  a  recibir los beneficios del desarrollo, no encuentren la atención debida de las autoridades,  y entonces,  desde el punto de vista de estos grupos locales, deviene como una necesidad el tener sus propias autoridades, electas por ellos mismos, con su pedazo del pastel presupuestario administrado por ellos mismos. Pero aquí  ya estaríamos hablando de otro tema, la participación democrática y el presupuesto participativo,  lo cual apuntaría   hacia  otra  manera de encarar el  problema, que no la  recurrente y desatinada propuesta  de  partición cuasi irracional del territorio.

¿Hasta dónde la fragmentación  política del territorio podría ayudar a un buen gobierno local y una mayor participación democrática?  Obviamente, si se trata de un crecimiento desorganizado de la estructura territorial, en poco o nada podría ayudar.  Es preciso realizar un mayor esfuerzo de planificación  integral del espacio urbano y rural. Sería deseable asumir como herramientas de trabajo los planes de integración regional y de mancomunidad municipal. Un buen ejemplo de esto es lo que ha ocurrido con el Distrito Nacional  y la provincia de Santo Domingo. Cuando se realizó la  partición  del  territorio,  este hecho en sí no fue necesariamente  negativo. Se ha conseguido con ello una mayor eficiencia en la administración de cada uno de los municipios que conforman el Gran Santo Domingo. Pero ahora se habla de la necesidad de integración funcional operativa  a través  de una mancomunidad municipal, capaz  de  coordinar los  esfuerzos particulares de cada gobierno local,  enfocados hacia los planes integrales de desarrollo de toda la mancomunidad.

En estos momentos se hace necesario  revisar los criterios y premisas que sirven  de  base a la ponderación de la jerarquía política de una demarcación territorial. Una comunidad, pequeña o grande,  es un lugar geográfico habitado por ciudadanos que realizan actividades económicas y sociales. Como tal, es lógico suponer que se pueda aspirar  a  un  grado superior  de  organización  político-territorial, en función de su nivel de desarrollo económico y social.

Hay que considerar también el tema demográfico, o sea, la cantidad de habitantes, pero  este número  siempre  estará  determinado  por  el desarrollo de la actividad económica  y  la capacidad  de  multiplicación  de  las fuentes de trabajo que esa actividad económica genera dentro de la comunidad. Si se da un determinado nivel de desarrollo económico y social, ello implicará un incremento de la población local y ese desarrollo conjunto podría conllevar  a  una aspiración  de  elevación de la categoría política territorial, en función del aporte de esa comunidad  en la economía  nacional. Como vemos,  sería  más bien un proceso natural,  que nada tiene que ver con lo que está ocurriendo en estos momentos,  en  donde  pequeñas comunidades sin ningún tipo de autogestión económica ni potencialidad demográfica están aspirando a que se les conceda una jerarquía política territorial que no se correspondería  con  su  nivel  de  desarrollo socioeconómico  ni poblacional.