Muchas primaveras han pasado desde que llegaron a Constanza los mentaos "barbuces", así era como le decían a los expedicionarios de "La Raza Inmortal" los campesinos y gente del pueblo; no todos sabían que esos hombres venían a liberar a la media isla de las garras trujillistas; solo María entendía del todo lo acontecido, y a la verdad que aquella vez sintió tanta pena por la gente, que llego a enfermarse.
-Cuánta pena sentí por el pueblo, gente zorrera, que se creían que eso que hacían estaba bien hecho- exclamó María cuando recordó cómo muchos campesinos alborotados, adoctrinados y organizados por los guardias iban en busca de los "sediciosos", palabra esta que empezaron a usar luego que la oyeran en "La Voz Dominicana". Y Rafael, su marido, estaba entre esa gente que creía a los expedicionarios como una "cosa del diablo".
Pero el caso que más le llenó de ira e indignación fue lo que hizo Rafael en esos días.
Era casi el mediodía cuando María cocinaba y como queriendo reducir la distancia que la separaba de las lomas que circundan el pueblo, miraba escudriñadora por la ventana de la cocina de aquella casa (alquilada al jefe de la comarca), cuando sintió el rugido de la puerta que da la calle y miró al marido que acababa de entrar y que había que atender rápidamente, pues llegaba con hambre del aserradero que había construido con el producto de la hortaliza que cultivaba desde hacía tiempo, y que estaba en tierra alquilada al dueño de gran parte de los predios de la región; entonces tomó la lata de agua hirviendo que estaba sobre el fogón y con gran esfuerzo la llevó al baño.
-Doña, ya llegué –dijo Rafael a su esposa, siempre la trataba de Usted.
-Unjú, date rápido, viejo, o se te enfría el agua- exclamó María.
-¿Y los muchachos?- Preguntó Rafael por los por sus hijos, y María respondió:
-En el patio con Eloísa. Oye, viejo, qué cara traes. ¿Pasó algo en el aserradero?
Rafael tuvo un momento de indecisión. Iba a decirle lo acontecido aquella noche en Los Mañanguises, en lo que se llama Manabao, donde estaba el aserradero.
Sucede que el sereno del mismo había iniciado otra ronda por el batey que rodeaba al aserradero.
-¿Qué hay, compadre?- Le dijo el aserrador al sereno.
-Na'. La noche muy fría y como que amenaza llovei.
-Yo me voy a encuebai, y cuídese compai, no vaya a sei cosa que se aparecan por aquí eso baibuce. Bueno, adió…
-Asina no me asute, compadre.
Los dos hombres continuaron cada uno su camino; pero precisamente en el mismo lugar del encuentro había un rancho de ésos con pisos elevados sobre palos, donde se encontraban debajo del tablado dos hombres que llevaban dos días sin comida ni agua y con signos de enfermedad; uno de ellos tosió y el sereno viró la cara hacia el bohío. Le pareció raro, pues allí se suponía que no viviera nadie, ya que era la oficina de Rafael. Hasta allí fue y se encontró con tremenda sorpresa. Vio a los dos barbuces dormitando debajo del bohío agotados por la jornada guerrillera que el campesino no alcanzaba a comprender, quizás por ignorancia. Se alegró y dijo para sí:
-¡Coño, do sedicioso! Por fin voy a salí de pobre; si lo entrego a la guardia me van a dai tremenda foituna, y j’ata pue que me enganchen a la guaidia, pero primero tengo que avisaile a Rafaei.
-Na' de impoitancia; que voy a lo Mañanguise a resoivei un problemita- dijo Rafael a María en un tono que le pareció muy raro a ella, pero más extrañeza le causó ver a la "cacharra" (el vehículo de Rafael) con todas las ventanillas tapadas, era una guagua de modelo viejo que su marido usaba para sus diligencias personales.
-Bueno, doña, me voy- dijo Rafael.
-Pero Rafael, ¿e’que ni siquiera va a comei?- le inquirió con sorpresa, pues Rafael no era hombre que deja la comida así por así, pensó.
-No, no tengo tiempo- contestó el marido y rápidamente se montó y arrancó en su cacharra.
Todo lo que hacía Rafael en esos días estaba rodeado de misterio para María, pues desde que empezaron los combates entre el Ejército y los guerrilleros, su marido era de los pocos hombres en el pueblo que entraba y salía con suma facilidad sin ni siquiera pertenecer a las Fuerzas Armadas. Y cuando se marchó ese día lo notó con mucho nerviosismo. En ese instante oyó gritos y algarabía y, al volver la mirada, María se sobresaltó al ver lo que traían alegremente unos campesinos. Juanito, uno de los tantos labradores de aquellas tierras, traía entre sus manos unos pelos de gente con pedazos de piel ensangrentada.
-¡Miren la baiba de un cubano!- gritaba Juanito a viva voz.
A María parece que la subieron y la bajaron; se le llenaron los ojos de lágrimas y quedó muda por el espanto. La escena contrastaba: vítores de ¡Viva el jefe! ¡Mueite a lo' invasore! En boca de los campesinos; y el llanto mudo de María contemplando la dantesca escena. Una camioneta pasó por delante del grupo, a toda máquina, con la parte trasera tapada con una lona ensangrentada y María alcanzó a ver un despojo humano de carne y sangre lo que le hizo gritar:
-¡Sangre!
Sus niños habían salido a la galería y contemplaban la escena sin entender de qué se trataba; ninguno pasaba de los siete años.
El cielo tronó y empezaba a llover. Los niños se refugiaron, abrazándose, a las piernas de su madre. María entró con sus pequeños y cerró la puerta de la calle, y atontada por la escena comenzó a rezar.
Ya era de noche. Habían pasado algunas horas.
Rafael llegó visiblemente conturbado. Y al ver a María le dijo:
-¡Uté no sabe! Noj encontramo do sedicioso en ei aserradero…
-¡Hay no me diga eso! ¡Dio mío! ¿Y qué tu hicite?
-Lo tengo a lo do en la cacharra y lo voi a llevai bien lejo de aquí…
Cortó al instante; Rafael no dijo más nada, no pudo.
María quedó paralizada un momento y tuvo una corazonada, un sobresalto de esos que solo una mujer y madre tiene. Seguido se dirigió a la cocina.
-Voi por comida- le dijo a su marido; este se fue a la habitación y salió de la casa al tiempo que le decía a su mujer:
-Yo le di coco- voceó Rafael montándose en la cacharra, y salió precipitado.
María alcanzó a llegar a la galería y bajar los escalones pero ya era tarde.
El reloj de María marcaba las cinco de la mañana cuando regresó Rafael en compañía del sereno del aserradero. Fue discreto a la cocina y destapó algunas ollas, fue y le llevó al sereno un plato de comida, regresó y se sentó a la mesa a comer en total silencio. María, que más o menos advertía que algo serio había ocurrido, fue a preguntarle al sereno que estaba en la galería.
-¿Qué e' lo que pasa?- interrogó María al sereno.
-Bueno, doña María, no 'tá pasando ná' malo, e' na’má que fuimo a entregai a lo do sedicioso que encontramo en ei aserradero- dijo el hombre en tono vanidoso y como auto alabanza.
-¡Ah, sí…!- María quiso seguir preguntándole, pero le chocó tanto, y se indignó de tal forma que ciega de ira se dirigió a Rafael.
-¿Cuánto te dieron?- inquirió María a Rafael; y continuó sin esperar respuesta. –Porque no puedo pensar otra cosa, Rafael…- iba a seguir hablando, pero se le hizo imposible con un "nudo" que se le hizo en la garganta y ahogaba su ya tenue voz.
-Con e’to puedo pagai lo que debo de laj herramienta dei aserradero- respondió secamente Rafael, como para justificarse, al tiempo que le mostraba a María el dinero producto de la ignominiosa acción; lo puso sobre la mesa.
María quedó petrificada, y al reaccionar se acerca a la mesa y de un solo mano plazo tira los billetes al suelo. Desesperada y con sollozo ahogado como si sintiera que aquellos jóvenes fueran sus hijos le dirigió una mirada a Rafael como nunca lo habían mirado.
Rafael recordó lo que le dijo Collado: "Ella no ej igual a nadie, tenga cuidao con doña María. Esa mujere de la ciudad son un peligro". La siguió hasta la habitación y ya allí:
-¿E' que u’té no piensa en suj hijo…? Preguntó Rafael.
-Porque pienso en mis hijos, Rafael, porque pienso en ellos. ¡Pero, qué vergüenza… dar vida por dinero!- Manifestó María.
Y Rafael queriendo justificarse, buscando algo que redimiera su acción.
-Eso lo dice u’té, pero yo lo encuentro bien. Yo defiendo ei paí, contra lo que quebrantan la tranquilidad dei paí- Y entonces Rafael se viró sobre sus pasos, se encaminó hacia la sala y fijó su vista en el cuadro de forma oval en la pared, una tarja en yeso con la figura en alto relieve del generalísimo y una leyenda inscrita: "En esta casa Trujillo es el jefe".
