Notas marginales

La codicia nos perderá a todos

Por Ramón A. Lantigua

El pasado miércoles 24 de los corrientes la Autoridad de Protección contra Inundaciones del Sureste de Luisiana interpusieron una demanda contra más de cien empresas petroleras y sus relacionadas, en el entendido de que las mismas habían causado daños ambientales irreparables en las costas del estado y en sus sistemas de protección contra tormentas y huracanes; además de exponer que las mismas se habían lucrado groseramente sin observar medidas para proteger a la población general del peligro que representan las tormentas y huracanes en esa zona de los Estados Unidos.

Ante la demanda, cuyos mayores requerimientos se sitúan en el orden de las denominadas medidas cautelares, lo que es decir, que los responsables de romper los platos procedieran a repararlos, no se hizo esperar la reacción del poder, en la persona del gobernador de Luisiana, señor Bobby Jindal, quien argumentó que los demandantes (sus subalternos) habían violado su confianza al interponer tal acción legal, ya que él nunca autorizó las mismas y que entendía que esa no era la vía para resolver temas de esta naturaleza.

Igualmente se pronunciaron las petroleras, a través de sus representantes, que argumentaron no comprender cómo era posible que el estado de Luisiana les demandara, cuando ellos son los principales empleadores del estado y en consecuencia, son quienes más capitales aportan a la región; además de expresar que es precisamente por esas razones que muchos negocios del sector han emigrado a otros estados, donde gozan de mejor tratamiento.

Ante esas declaraciones no nos cabe la menor duda de que el futuro de la referida demanda en reparación de daños ambientales, tendrá el ciclo de vida de un mosquito, a menos que la sociedad en su conjunto abra los ojos y exija respuestas, lo cual es muy poco probable dada la cantidad de medios de disuasión con que cuentan estas los demandados.

Sin embargo, nuestra posición no es la de juzgar la posición de un lado o la del otro en la referida historia, sino la de compartir unas cuantas preguntas que me llegan a la mente y que posiblemente nunca encuentren respuestas.

Los argumentos de pérdida de empleos y capitales son muy convincentes, pero de qué nos sirven capitales y trabajo seguro, si no tenemos salud para disfrutarlos; para qué queremos atesorar bienes materiales, cuando estamos contribuyendo a la fragilidad de la existencia, la cual, en gran medida depende de estos sistemas naturales que no comprenden las delicadas reglas del mercado; quién sabe en cuantos otros países de esta tierra se están produciendo situaciones similares sin que nos enteremos.

Cuántos, entre nosotros, estamos criando nuestros hijos expuestos a ser envenenados diariamente por las emisiones de las fábricas que nos emplean; a qué tipo de persona le produce satisfacción el poner en peligro a sus semejantes, para producir riquezas; no es lo correcto invertir en la restauración de aquellos recursos naturales (patrimonio común) cuando explotamos los mismos en beneficio particular y lo único que damos a cambio son míseros empleos.

Los habitantes de Luisiana lo presenciaron desde la primera fila, cuando en el año 2005 el huracán Katrina les arrebató unas 1853 vidas y más de 108 mil millones de dólares en daños materiales, desplazando a miles de familias, sin que a la fecha se haya recuperado por completo y ni siquiera así el gobernador de Luisiana comprende la importancia de proteger a su gente ante eventuales desastres naturales, prefiriendo tomar partido con aquellos que producen riquezas y aseguran votos, cerrándole el camino a una acción que por la delicadeza de sus argumentos, debe ser investigada.

Acaso no es la responsabilidad de nuestros gobernantes el asegurarse de que la inversión privada opere respetando las reglas del juego, en el entendido de que el activo más importante de cualquier empresa es el capital humano que la conforma. Es que acaso hemos llegado a un punto donde estamos dispuestos a vivir menos y enfrentar mayores peligros, sin hacer nada al respecto, por temor a perder empresa, trabajo y riquezas materiales. A este paso pienso que solo seremos una sociedad rica y equitativa cuando ya no nos quede nada, ni nadie para explotar.

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