Opinión

La civilización del espectáculo de Vargas Llosa, ¿aportes?

Por Diógenes Céspedes

Marx y Engelsprevieron, en “El manifiesto comunista” y luego Marx en “El capital”, la planetarización del capitalismo y afirmaron que una vez impuesto este modo de producción como dominante,  destruiría todas las relaciones sociales anteriores, incluida la destrucción de la cultura anterior y la imposición de una masificación de productos de consumo diario como los productos de la cultura popular y la llamada alta cultura.

Los países árabes parecen ser el último reducto de esa planetarización del capitalismo. El Islam ha sido, hasta ahora, el muro de contención, pero le espera, al igual que al feudalismo, el mismo derrotero.

A la destrucción de la alta cultura apostó T. S. Eliot con su catastrofismo  artístico y literario. Vargas Llosa lo analiza y se suscribe, con algunos reparos, a ese historicismo racionalista. De aquí pasa el hispano-peruano a analizar a Steiner y su posición crítica a Eliot, pues según él, el concepto de cultura no puede ser analizado sin incluir una crítica a la tecnología de la guerra, tal como sucedió con el Holocausto durante el nazismo hitleriano, análisis ausente en el discurso cristiano de Eliot.

Luego Vargas Llosa pasa a analizar el texto de Guy Debord, pionero en el estudio de la cultura de masas, al cual pone reparos, pero reconoce cierta actualidad a su teoría de la sociedad del espectáculo. El autor de “La casa verde”se centra en la obra de Frédéric Martel, “Cultura Mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masas”, la que considera aterradora, dado el rasgo generalizador de su pronóstico.  Martel no hace otra cosa que aplicar, inconscientemente, el carácter de masificación de los productos del capitalismo contemporáneo tal como lo previó Marx en la etapa planetaria de ese modo de producción.

Por eso Vargas Llosa señala que lo aterrador del libro de Martel es que “la nueva cultura o “cultura-mundo” de la que hablaban Lipovetsky y Serroy ya quedó atrás, desfasada por la frenética vorágine de nuestro tiempo. El libro de Martel es fascinante y aterrador en su descripción de la “cultura del entretenimiento” que ha reemplazada casi universalmente a lo que hace apenas medio siglo se llamaba cultura.” (Pp. 29-31)

Vargas Llosareivindica la cultura clásica, formada según él al copiar a Eliot, a través de la Iglesia, de la cual es inseparable, pues el cristianismo hizo de Europa lo que es hasta hoy. Al asumir esta noción de cultura, Vargas Llosa asume que “religión y cultura no son la misma cosa, pero no son separables, pues la cultura nació dentro de la religión y, aunque con la evolución histórica de la humanidad se haya ido apartando parcialmente de ella, siempre estará unidad a su fuente nutricia por una suerte de cordón umbilical.” (P. 16).

Lo que une cultura y religión en Occidente es la teoría del signo que ya está en los presocráticos, en Platón y Aristóteles, de quienes la hemos heredado. Unos lo ignoran, otros lo saben y le sacan beneficio y, los menos, hemos empezado, desde 1970, la crítica a esa teoría del signo y podría decirse que esa parte de la crítica esla que ha salvado del “aburrimiento y la desesperación” a lo que Vargas llosa llama “la masa de la humanidad”.La teoría del signo es anterior al surgimiento del cristianismo, no al revés, como supone, inconscientemente, Vargas Llosa.Para él, seguidor de Eliot, “la cultura se trasmite a través de la familia y cuando esta institución deja de funcionar de manera adecuada el resultado es el deterioro de la cultura.»

La confusión entre conocimiento y cultura es responsable del deterioro de la cultura, segúnentienden los intelectuales conservadores. Para Eliot, a quien Vargas Llosa sigue, la “cultura no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida”, una manera de ser en la que las formas importan tanto como el contenido.” (P. 16) El hispano-peruano separa la forma y el contenido en el ámbito cultural. Esa es también su teoría del signo, del lenguaje y la vida y así pensará hasta el día de su muerte.

Vargas Llosa no puede fundar un arte del pensar porque está metido de lleno en la teoría del signo, con la cual piensa la cultura. Para él, el conocimiento tiene que ver con la evolución de la técnica y las ciencias, y la cultura es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos.

Nuestro autor se hace eco de uno de los postulados de la “posmodernidad”, según el cual esta ha “destruido el mito de que las humanidades humanizan” (p. 20).Vargas Llosa agrega que “no es cierto lo que creyeron tantos educadores y filósofos optimistas, que una educación liberal, al alcance de todos, garantizaría un futuro de progreso, de paz, de libertad, de igualdad de oportunidades, en las democracias modernas.” (Ibíd.).

El escritor hispano peruano aporta una cita del libro de Steiner, y luego un comentario suyo a propósito de Heidegger, para demostrar que las humanidades no humanizan, o sea que la educación no es sinónimo de progreso: «‘las bibliotecas, los museos, los teatros, las universidades, los centros de investigación por obra de los cuales se transmiten las humanidades y las ciencias pueden prosperar en las proximidades de los campos de concentración’». A lo cual sigue el juicio de Steiner sobre Heidegger: “En un individuo, al igual que en la sociedad, llegan a veces a coexistir la alta cultura, la sensibilidad, la inteligencia y el fanatismo del torturado y el asesino. Heidegger fue nazi ‘y su genio no se detuvo mientras el régimen nazi exterminaba millones de judíos en los campos de concentración (pp.20-12).

La logia universal de los heideggerianos excusa el nazismo de Heidegger y sus resultados en nombre de su aporte a la humanidad. Hay que probarme cuáles son esos aportes, pues el discurso de este filósofo en su campo específico, en el de la literatura y la poesía, así como en el de la teoría del lenguaje y el signo, no rebasa los límites del humo, es decir, lo pre-saussureano. La práctica de la repetición, la práctica política y la metafísica del lenguaje son en Heidegger una única y misma cosa, demostrado por Víctor Farías y Meschonnic en los libros que escribieron sobre el profesor de filosofía.

Lo ocurrido desde mitad del siglo XX y lo que ocurrirá durante buena parte del siglo XXI con respecto a la cultura tradicional y su sustitución por la “cultura de masas” solo causa angustia a los metafísicos, gente sugestionable que flaquea desde la primera impresión. Dice Vargas Llosa que para Debord, Lipovetsky y Martel, la cultura de masas “nace con el predominio de la imagen y el sonido sobre la palabra, es decir, con la pantalla. La industria del cine, sobre todo desde Hollywood, ‘mundializa’ las películas llevándolas a todos los países, y, en cada país, a todas las capas sociales, pues, como los discos y la televisión, las películas son accesibles a todos y no requieren para gozar de ellas una formación intelectual especializada de ningún tipo. Este proceso se ha acelerado con la revolución cibernética, la creación de las redes sociales y la universalización del Internet.” (P. 27)

Mientras veo en esta última cita de Vargas Llosa una realidad objetiva semejante a la que con Tiberio encarnó el principio del fin del Imperio Romano por el cristianismo occidental, metafísicos y crisólogos ven el apocalipsis en la cultura de masas y su correlato, la libre circulación de  mercancías capitalistas a escala planetaria. Pero ambas anuncian el principio de una nueva cultura por venir cuyos materiales de acarreo son las prácticas y discursos actuales, y quién sabe si hasta un nuevo tipo de religión cuyos signos no advertimos en el presente, como no los advirtieron con Cristo ni siquiera los Tiberio, Tácito, Suetonio, Marcial, Juvenal,los dos Plinio, Veleyo Patérculo, Dion Casio, Filón y la cohorte de genios de la época –exceptuando a Séneca-.

Para los que creen en presagios y supersticiones, la Internet, la red de redes sociales, la robótica, la telemática, la cibernética, en fin, el cibermundo y el ciberespacio son el Ave Fénix egipcio que anuncia una nueva era cuyos contornos no se delinearán hasta que el ser humano conquiste otros planetas donde haya vida similar a la nuestra, es decir, las galaxias.

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