Botella en el mar

La biblioteca de Asurbanipal

Por Pedro Conde Sturla

Los asirios hicieron grandes progresos en el arte de la guerra y en el arte de la crueldad, dos de los deportes favoritos de los llamados seres humanos. Sus férreos gobernantes fueron grandes constructores y grandes destructores. Construían palacios fastuosos, destruían ciudades y ciudadelas, masacraban poblaciones enteras. Las campañas bélicas eran devastadoras y brutales, aunque no tanto como la del imperio que convirtió recientemente toda la zona en un infierno. Durante siglos nada resistió el empuje de sus ejércitos. Durante siglos persistió entre los pueblos la ingrata memoria del pesado yugo que imponían a los vencidos. Las supuestas tribus perdidas  de Israel (las que deportaron los asirios), todavía no han sido encontradas.

Asurbanipal no era tan diferente a los mandatarios que, antes y después que él, ocuparon el trono en Asiria. Él mismo cuenta que a los sobrevivientes de una ciudad vencida los pasó por las armas igual que a corderos y en la ciudad de Susa, por venganza, profanó las sepulturas de los reyes para que sus espíritus no tuvieran reposo (suponiendo que los espíritus reposan).

Pero Asurbanipal fue educado posiblemente para desempeñarse como sacerdote o alto funcionario palaciego y recibió una educación de primer orden en artes y ciencias, una educación que no excluía el uso de las armas. Asurbanipal se benefició por igual del duro entrenamiento militar y fue por eso hombre de pluma y espada. El guerrero bibliotecario quizás disfrutaba tanto cortando cabezas como escribiendo y coleccionando documentos para engordar su biblioteca. Disfrutaba cazando, construyendo palacios, disfrutaba matando y quizás también acicalándose “igual que una mujer”, tejiendo y bordando como decían los chismosos griegos. Sentía además una auténtica sed, una profunda “devoción por el conocimiento.” Leyó “intrincadas tablillas inscritas en los oscuros sumerio y acadio, difíciles de desentrañar…”, estudió “el saber secreto de todo arte del escriba”.

A la iniciativa de un antecesor, Sargón II, y a los desvelos de Asurbanipal se debe el surgimiento, en el siglo VII, de “la primera biblioteca del mundo” o por lo menos de esa parte del mundo. Esta es su gloria, su mayor título de gloria.

Así describen -al personaje y su obra- Ariel Acosta, Elvia del Castillo, Dayner Acosta y Luis Amador, estudiantes del Seminario Teológico Adventista de Cuba:

“Es significativa su dedicación a la literatura. Sostuvo una escuela de escribas que se encargó de preservar la literatura y lingüística de los sumerios y acadianos, ellos reunieron la primera gran biblioteca de la zona, que se convirtió en el monumento perenne de este rey. Estaba reunida allí, cuidadosamente copiada en unas 5000 tablillas, la mayor parte de la extensiva producción literaria del país, todo lo que entonces se consideraba digno de ser conservado y releído. Al completarse la biblioteca llegó a tener cerca de 100 000 volúmenes. En el año 1853 d.c, dando continuidad a sus excavaciones previas con Layard, Rassam desenterró en Nínive el palacio del rey Assurbanipal, en el cual había un bello bajo relieve de gran tamaño que representaba al rey de pie en un carro de guerra, disponiéndose a salir a una expedición de cacería, mientras sus servidores le entregaban las armas para la caza. En dos pisos contiguos de altas cúpulas, se descubrieron amontonadas en los pisos miles de inapreciables tablillas de arcilla, que resultaron ser una gran porción de la Biblioteca de Assurbanipal. Layard también trabajó en este hallazgo, extrajo tablillas de arcilla cubiertas con caracteres cuneiformes. Estas variaban en su tamaño desde 1 hasta 12 pulgadas cuadradas. Las tablillas parecían haber estado organizadas y la biblioteca parecía haber sido un lugar público. Finalmente los restos arqueológicos fueron transportados hacia el Museo Británico de Londres. Se han excavado hasta ahora cerca de 30 000 textos.

“Veinte años más tarde (1872 d.C.) una de las tabletas causó una gran sensación cuando el asiriólogo George Smith, mientras trabajaba en el Museo Británico, comprendió que la misma contenía un relato acerca del diluvio. La tradujo y publicó, aunque hoy sus traducciones son consideradas algo anticuadas. Al fijar sus ojos en las palabras ‘la barca descansó sobre la montaña de Nisir’, se sintió muy emocionado, al igual que el Sr. Gladstone, el Decano Stanley y el propietario del periódico London Daily Telegraph. El Sr. Smith fue enviado a Nínive, donde mediante búsqueda diligente halló la otra porción de la tableta que contenía los diecisiete renglones que completaban el recuento caldeo del diluvio. Se le dio a este hallazgo el título de ‘Epopeya de Gilgamesh’. Más tarde encontró las tabletas de la creación según los babilonios, las cuales publicó en 1876 bajo el título de ‘Recuento Caldeo del Génesis’, al que también se le denomina ‘Enuma Elish’. Entre otras obras encontradas tenemos el descenso de Ishtar al mundo bajo; la leyenda Etana, quien huyó del cielo en un águila; otra leyenda que cuenta que Sargón de Acadia fue salvado al nacer, como Moisés, en su cesta de juncos en el río Éufrates, al ser rescatado por la diosa Ishtar; se encontró además gran cantidad de literatura de sabiduría, incluyendo el poema del ‘Justo Sufriente’, a menudo descrito como el Job de Babilonia; himnos; parábolas y cuentos populares.

“La estructura y contenido internos de la biblioteca resultan bien interesante si tenemos en cuenta que un libro babilónico o asirio consistía en varios departamentos, formados por tabletas de arcilla cuadradas escritas por ambos lados, cuidadosamente paginadas y apiladas una sobre otra en orden. Muchos de aquellos libros fueron copiados de tabletas babilónicas prestadas, aunque un gran número fueron, evidentemente, compuestas durante el reinado de Assurbanipal. Se prepararon listas completas de plantas. Árboles, metales y minerales. Además, se hizo un catálogo de todas y cada una de las especies animales conocidas, donde se clasificaron en familia y género. Lenormant dice: ‘Nos quedamos bien asombrados de ver que los asirios ya habían inventado una nomenclatura científica, similar en principio a la de Linneaus’. Se podían encontrar también libros religiosos explicando el nombre, funciones y atributos de cada dios, encantos mágicos con los cuales ahuyentaban los malos espíritus, y poemas sagrados parecidos en estilo a los salmos de David. Estaban las copias de las ya entonces reliquias babilónicas acerca de la Creación, el Diluvio y la Torre de Babel, que son como narrativas del Génesis, aunque fueron escritas cientos de años antes de que Moisés naciera. Había numerosos trabajos sobre gramática pues los asirios hallaron su lenguaje tan complicado que multiplicaron esfuerzos en reproducir léxicos y gramáticas para explicar y simplificar mejor su lengua. Vale decir que dichos libros, escritos para ayudar al aprendiz asirio durante 2500 años en el pasado, han sido encontrados sin valor alguno para el estudiante actual en el propósito de entender mejor dicha lengua. Toda esta vasta colección, recopilada con mucho cuidado por el rey, cayó con el palacio cuando fue destruido por su hijo Saracus; se rompieron la mayoría de los fragmentos. El descubrimiento de la Biblioteca de Assurbanipal ha tenido una notabilísima significación, tal vez este ha sido el descubrimiento más importante de Mesopotamia”. (“Biblioteca de asurbanipal”, Ariel Acosta, Elvia del Castillo, Dayner Acosta y Luis Amador, estudiantes del Seminario Teológico Adventista de Cuba).

“Para bien o para mal de la Humanidad –dice, por otra parte,  Fernando Fernández Palacios-, dependiendo de lo que uno entienda por progreso o desarrollo, la figura de Assurbanipal será por los siglos de los siglos […] una figura clave para entender el desenvolvimiento que el mundo ha tenido; si a esto le unimos el hecho de que, debido a sus esfuerzo, gran parte de la variada y riquísima literatura mesopotámica nos ha llegado gracias a las bibliotecas, no tendremos más remedio que reconocer que el hecho de acercarse a su figura puede haber sido un ejercicio que facilite la penetración en los arcanos de nuestra memoria colectiva, aunque a algunos eso de ‘los asirios’, o Assurbanipal en concreto, les parezca algo muy lejano en el tiempo y sin trascendencia alguna en sus vidas”. Fernando Fernández Palacios)

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