Ataca por las noches. Para entendidos basta una oración. Para los que no (son entendidos) hablamos de Freaky Philip. La comunión de ambos alias parece más bien la evocación de un asesino masivo de los años treinta en algún país desarrollado y (sin ser tan redúndate) sajón. No hay tanta distancia.

Es que pocas veces, o ninguna, he visto combinarse los extremos. Con la gracia que mantiene la vibración de las plumas de ciertos cisnes al cantar, he saboreado el acoplarse (volviendo al siglo XVIII) de Don Chezina e Isha –nada sexual, salvo el contexto-.

No bastarán los sudores que se evaporan al llegar al piso del patio español de la Espiral para agradecer el misticismo metálico (quién no diría áureo) que tomaron a sus manos ciertas piezas prohibidas en mi juventud por alguno que otro santurrón. No bastarán, como no bastó la tanga de leopardo de la rubia –pausa de agradecimiento a Bethsy por presentar-.

Según se lee, Freaky Philip puede ser el primer gran representante del mombahton del país. Cómo dudarlo al oírlo. Así me paso a mí, aunque debo reconocer que fue por gracia divina o de instancias superiores, permutación bacuna (¡oh Padre Baco!). La primera vez que lo vi subir a los platos estaba hastiado de los anteriores, el ambiente estaba cargado, solo hizo tocar y la noche supo a Finlandia cranberry.

Desde entonces cada vez que siento las pulsaciones de ese corazón hecho de decibelios puedo reconocerlo donde sea. Son como los tambores que claman a las hordas ensanchando su estadio más salvaje, debe ser por esto lo de "Ataca por las noches". Sin duda Philip tiene su firma, algo que en mi ignorancia no podría definir.

Y no son estas alabanzas ciegas, no he de basarme en mi gusto o ignorancia (que ambas valdrían demás). Hay una melodía que evoca lo ya conocido (la canción base) y estructura rítmica sencilla y breve que se deja romper de vez en cuando por la "letra" que impone y recarga de sentido la pieza.

Más claramente, esta la melodía de una canción en la que se superpone un ritmo simple y cercano a la percusión. Luego el ritmo, que coquetea con el infinito sin tocar la monotonía, se deja cambiar por el pie que le da la frase de la canción. Esta frase a su vez (posiblemente la más significativa de la canción en la que se basa) preña de significantes una pieza que se ha mantenido en un nivel meramente fonético.

Cuando me toque ver los vertiginosos ojos claros de la muerte (Celaya) he de agradecer infinitas bondades y entre ellas se cuentan el conocer y haber oído tocar a Philip Romero.