I

 Cuando nos metimos en el camisón de hacer descripciones de unos seres que todavía hoy no podemos decir si existieron o no, como las ciguapas, a pesar de todo lo que se escrito sobre ellas, nunca pensé que llegaría a meterme tan profundamente en su mundo secreto. La escena que presentamos hoy corresponde a la parte de Goeíza donde los hermanos Aldebarán se internan misteriosamente en unas complicadas aventuras. Luego que Tronilo realizara su pleito contra Kimbro, el famoso verraco que había mutilado a su padre y le causó la muerte, nuestros héroes hicieron  la presentación del cadáver del verraco y Diomedes, (de quien ofrecimos el capítulo de sus baño en pureza con Verania) comienza relatar lo que les sucede después de atravesar el río de las Ciguapas y están en su territorio cuando ellos se enfrentan a una turba salvaje y comienza una nueva situación amorosa de su hermano Plinio, completamente diferente a la anterior. He aquí el relato de ese encuentro.

II

La ardiente pasión de una ciguapa

Hecha la presentación de Plinio regresamos a nuestro relato: Sucedió que no bien Tronilo con su perro reaparecieron oímos gritar a Vocerío entre los tupidos follajes de los árboles: Luego lo vimos volar en línea recta jupeando un mensaje.

En un lenguaraje que no entendíamos señalando con el ala derecha hacia la montaña próxima: Al poco rato empezamos a oír jupidos que el eco repetía aumentándolo: ¡Jup jup jup!: Se escuchaba: No veíamos de dónde venían las voces hasta que bajando la cuesta observamos tal multitud de seres peludos que temimos ser invadidos por hordas salvajes.

Recordando unos consejos de Malotea rápidamente tomamos la carne del verraco: Las grandes tortas de cazabe y con trozos de leña: De manteca y de sal: Por un vado cruzamos el río llegando a una roca plana de la playa artísticamente labrada en un bloque de mármol.

Los asustados perros se nos metían entre los pies haciéndonos tropezar con las piedras de la playa hasta que al final se escondieron detrás de nosotros: Tan pronto los salvajes cubiertos de pelos aparentemente desnudos nos vieron aparecer con las ofrendas hubo un repentino silencio.

Entretanto Tronilo y Dego se quedaron jugando en el charco como si nada estuviera pasando: Aunque de vez en cuando lo veíamos saludando: Haciendo sonidos guturales como si jupeara: Aparte de eso junto a la piedra lisa solo oíamos el sordo rumor del río y el piar de las ciguas.

Los jupidos habían cesado: La compacta multitud nos observaba abriéndose en abanico frente a nosotros cuando encendimos una hoguera poniendo al fuego los pingües muslos: Exponiendo la sal: La manteca y el cazabe aprestándonos a realizar el ritual indicado por nuestra madre.

Pero el silencio se turbó cuando el olor de las carnes asadas llevado por el viento fue percibido por ellos.

Un claro clamor de repentinos jupidos quebró la tranquilidad: Con nitidez diferenciamos las voces sopránicas de las hembras de las graves y baritónicas de los machos.

Entonces repentinamente callaron reverentes cuando me vieron levantar las manos al exclamar:

En nombre de Yucahaugumá: De Atabeira: De Deminán por orden de Malotea: En memoria de Sarah hacemos esta ofrenda a Domitila Ciguapa en prueba de respeto y veneración.

Cesó el ruido totalmente: La compacta multitud se dividió abriendo paso desde el meandro que trazaba una gran curva de ballesta hasta donde estábamos: Una sensación de solemnidad se dibujó en los rostros ciguapiles a tiempo que vimos una canoa enorme que bajaba por el río con una matrona imponente en su proa junto a tres jóvenes hermosas: Ayudada por servidores bajó la Señora: Cuando puso pie en la playa notamos que era una hermosa mujer casi normal revestida de largos cabellos como todos los demás: Sin duda  debía ser Domitila: Se trataba de una anciana venerable de hermoso rostro y con esa regia compostura que uno imagina en una emperatriz.

Junto a ella descendieron sus damas de compañía.

Eran bellas: Elegantes: Pero una entre estas hermosas sobresalía en prestancia: Su donosura era tanta que su regia belleza parecía irreal: Cuando estuvieron cerca de nosotros comprobamos la perfección de su tupida pelambre: Ninguna parte secreta de sus cuerpos era visible aunque por sus pies volteados caminaban con cierta torpeza grácil: Detalle que confirmamos cuando se viraron para honrar a su reina.

Aunque se iniciaba un ceremonial que debía realizarse con la mayor solemnidad sucedió un hecho asombroso cuando la más bella de las muchachas que acompañaban a la reina de las ciguapas se quedó alelada mirando a Plinio.

La bellísima lo miró fijamente turbándolo de tal modo que lo vi palidecer aun estando bajo el implacable sol de la media tarde: Aunque eso nos pareció raro: Lo que realmente nos sorprendió fue su reacción:

De su cuerpo comenzó a brotar un calor tan potente que sus compañeras se apartaron: Sus enormes ojos negros parecían salir de las órbitas contemplándolo como cuando uno ve un fantasma o a un ser divino.

Sin dejar de mirarlo en vez de avanzar hacia él caminó rápidamente hacia atrás con tanta gracia que nos maravillamos.

Luego siempre de espaldas vimos que así corría más: Los pies están con sus dedos listos para avanzar: Luego se arrojó al río provocando una humareda caliente en las aguas.

Aquello ocurrió con tanta rapidez que Domitila quedó con la boca abierta para recibir nuestra ofrenda sin llegar a proferir palabra: Creyendo nosotros dos que lo de la ciguapa era un rito o un acto teatral de bienvenida.

Ni un suspiro se escuchaba en la multitud expectante aunque venían cruzando el río muchas ciguapas cuando la bella cayó levantando una niebla como cuando se introduce un metal al rojo vivo en un líquido frío.

Lo más asombroso fue ver que los peces próximos a su paso subían calcinados a flor de agua que empezaba a hervir con tal fuerza que tanto las que cruzaban como Tronilo con su perro que estaban río abajo saltaron escaldados.

Ella seguía de espaldas a nosotros subiendo desesperada por la cuesta incendiando a su paso lo que encontraba: El rastro del fuego y del humo se veían por donde ágilmente marchaba: A pesar de nuestro asombro frente a aquella increíble situación volcánica para Domitila como a los demás aquel espectáculo insólito no provocaba ningún tipo de reacción que no fuera cierta frustración que tardamos en explicarnos.

A la reina solo les producía una especie de compasión: La oímos murmurar casi para sí misma con dejos más de tristeza que de frustración pero con la mayor naturalidad:

¡Pobre Aurelia!: ¡Pobre Flor de Soledades!: ¡Qué tragedia: Se ha enamorado!: Nada podemos hacer para salvarla: Si no es correspondida morirá abrasada: Si eso ocurriera sencillamente era su hermoso destino: No hay mayor privilegio para una ciguapa que la de morir enamorada: Su única salvación es la consumación de ese amor.

Luego miró a mi hermano fijamente como si lo acusara por haber despertado esa pasión mortal: Al mismo tiempo como invitándolo a seguirla: Eso cuéntalo tú Plinio:

Como dijo Diomedes las cosas sucedieron con tal rapidez que aún me asombro: Me sentía más que halagado emocionado por las palabras de Domitila pero el caso no dejaba de ser insólito sobre todo considerando mi inexperiencia en asuntos de mujeres: No sabía qué hacer pero conmovido por la mirada de ella con la orden que emanaba de la imponente reina decidí seguirla: Ignoraba si fue ese fervor que sentimos ante la belleza por amar la poesía lo que me motivó: El caso es que decidí  jugarme la vida en ello.

Debo repetir que me había emocionado aunque es justo consignar que la presencia de esa hermosa criatura de los montes no había provocado un ardor tan visible pero sí invisible en mi interior que bullía abrasado por un maravilloso fuego repentino.

En la lucha que libraba dentro de mí peleaban contradictorios sentimientos: De un lado una pasión volcánica parecida a la suya según el decir de Domitila: Del otro de abstención: Aurelia no era una mujer normal sino una ciguapa.

La suerte estaba echada: Hice una venia pidiendo su permiso: Sin esperar que lo concediera me quité las sandalias: Con  el calzón me tiré detrás de la hermosa al río cuyas aguas estaban aun tibias.

Fácil me fue seguir su rastro entre los arbustos chamuscados desapareciendo entre el boscaje de la orilla hasta que acezando a la sombra de unos mangos tupidos la vi mirando lejos: Casi desmayada: Como alguien que ha decidido exiliarse voluntariamente de la vida: Me pareció la persona más desamparada del mundo: De modo que conmovido por su tristeza me asaltó una oleada de ternura nueva en mí.

El esfuerzo la había agotado: Aunque sentí al llegar junto a ella la emanación de un calor febril: El ardor no había pasado: Aurelia la bella Ciguapa lloraba.

Cohibido: Lleno del terror de quien nunca ha tocado lo ajeno de repente temeroso y audaz a un tiempo mismo pude observarla a mi antojo: Aspirando el perfume puro de su cuerpo desnudo sintiendo que ese era el aroma esperado para respirar mis sueños: Aunque traté de recordar las palabras que Diomedes le dijo a Verania me di cuenta que cada uno debe inventar las suyas: Los sentimientos ni se prestan ni se contagian: El maestro Rymer decía que el amor convierte a cada enamorado en un poeta y que cada quien ama de modo diferente.

¡En la tierra no hay nada más íntimo: Más personal que el amor!: De modo que esperé el surgimiento en algún lugar misterioso dentro de mi ser de esa especie de orgasmo que convierte en palabras nuestros sentimientos.

Por eso pregunto a todos: ¿Han tocado alguna vez el fuego viviente?: ¿Saben lo que es eso?

Temía poner las manos sobre sus carnes ardientes: El espectáculo de su vulcanismo me frenaba.

Eso que sentía dentro de mí se iba transformando en piedad: Al fin del cabo se trataba de una mujer sola e indefensa y nuestra madre nos pidió que fuéramos gentiles con las ciguapas.

Liberado de prejuicios estúpidos alargué mi mano derecha como cuando uno tiene mucho frío y desea un poco de calor: Me di cuenta de que rápidamente se iba su calentura: Sus carnes se apagaban: ¡La hermosa ciguapa estaba moribunda!: Recordando a la reina temí que muriese si llegaba a enfriarse totalmente: La bella ciguapa seguía llorando sin darse cuenta de mi presencia: Aunque estábamos tan cerca que mi mano pendía encima de su hombro izquierdo y sin mentirles casi me quemaba con su ardor.

Como estaba de perfil veía sus ojos cerrados como si durmiera un sueño profundo: Dando la sensación de estar ausente: Parecía estar lejos: ¡Muy lejos!: En el brumoso país de lo imposible: Aunque podía tocarla algo lo impedía a pesar de estar solo con una ardiente mujer desnuda que supuestamente sufría por mí.

Observé detenidamente su cuerpo: Me asombró la armonía de sus miembros sobre todo sus bellas y bien torneadas aunque arqueadas y sobrecortas piernas: Los diminutos y bien formados pies que se volteaban al caminar: Su increíblemente negra cabellera profusa que la cubría completamente dejando ver apenas su rostro mate de tersa piel de mestiza con sus bien pobladas cejas negras: Sus párpados sedosos como pétalos de rosas cárdenas: Su nariz respingona: Sus carnosos labios humedecidos del llanto o del ardor que había encendido mi presencia: ¡Nunca imaginé ver una mujer tan hermosa!

Asustado por el súbito cambio de su temperatura y por la palidez de sus carnes bajé la mano sobre su hombro izquierdo: ¡Dios mío!: Nunca sabré la razón.

¡No la sé aún!: Fue un impulso que no pude controlar: Al sentir mi mano y darse cuenta de que estaba a su lado se sobresaltó: Con una agilidad que no imaginaba quedó frente a mí exclamando:

¿Quién eres que te has atrevido a tocar a una virgen sacramentada?: ¿Quién te ha permitido violar de este modo nuestras leyes tocando a una sacerdotisa de Atabeira?: ¿Sabías que por esa acción te podrían condenar a muerte según nuestras leyes?

¡Estaba estupefacto: No sabía qué hacer! Mas si era el condenado ninguna importancia tendrían las consecuencias.

Se había transformado: Me di cuenta que mi presencia la había encendido por sus mejillas cubiertas de rubores: Parecía una bestia endemoniada echando fuego por los ojos: Entonces no sé qué pasó por mí que soy regularmente de temperamento apacible: Como no había tenido contactos con mujeres y me había parecido que tenía la autorización de la abuela: ¿Cuál era el crimen que cometía?

Sabedor de que solo vivimos una vez en este cuerpo disfrutaría el momento: Después moriría: Si no hacemos lo que nos puede satisfacer estamos condenados a ser infelices eternamente: El verdadero infierno es el deseo insatisfecho.

Inspirado en esos pensamientos decidí poner fin a mis temores: ¡Me estaba dando cuenta de que no podría vivir sin esa criatura maravillosa!

No podría vivir sin esa muñeca de carne que supuestamente sufría por mí: Para comprobarlo: Embriagado de amor: Lleno de deseos que nunca había sentido: Asimismo como estábamos frente a frente di un paso hacia ella: Al tomarla por los hombros separando las guedejas rebeldes de su pelo le grité:

¡Aurelia Florcilla de Soledades a mí no me importan las leyes de las ciguapas!: Si por tocarte con una mano he violado tu castidad mereciendo la muerte ahora mismo vas a recibir una afrenta mayor y seré doblemente culpable.

Al fin del cabo si solo tengo una vida y la arriesgué: ¿Qué más puede pasarme?

Con el coraje bravío de quien en ese instante dejaba de ser el mismo muchacho que había sido poniéndome los calzones largos de la hombría la estremecí moviendo su torso de atrás hacia adelante como se sacuden las ramas paridas de mangos en el verano y la miré a los ojos directamente hasta que bajando los suyos dio un paso atrás: Entonces la halé hacía mí con los mismos bríos conque había sabido doblegar la testuz de toretes salvajes: ¡Hay momentos en que uno se siente crecer por dentro como cuando los vellos junto a la gravedad de la voz anuncian que el macho durmiente se despierta!: Así sentí que el deseo se levantaba muy dentro de mi ser convirtiéndome en un animal sin razonamientos: Hecho de urgentes necesidades vitales: Me había convertido en una fiera sensual: Si lo que estaba en juego era mi vida como dijo ella nadie entrega su existencia a cambio de nada: Si me iban a condenar que lo hicieran por algo: El momento de las palabras había pasado: Era hora de actuar y como sentí que debía actuar: ¡Actué!