La narración o el grupo de palabras de esta historia, de seguro no han de importarles a ustedes. En verdad, me asalta creer, que tal vez no hayan de importarle a nadie en su sano juicio. En estos tiempos no se lee o se deslee la poca literatura que se cae de los vagones presurosos  de la creación artística. El periódico nació después, mucho después de esta cura de almas de la Señora Literatura, y sin embargo la ha traicionado en un crimen de lesa creación estética. La condena al olvido, la hunde y la suplanta. Aprisiona en sus páginas sangrantes de una realidad caduca y visceral, a toda la capacidad de ficcionar los hechos presentes en la Literatura. El periódico impreso, con su sabor a tinta y salitre, algo manchoso e irreverente, ha logrado embaucar a las letras y al buen sentido. De ellos, está también penetrado el verso y toda acumulación amable y candorosa de letras, ya sea prosa o poesía, poesía versada o prosa poética.

Les decía que esta triste historia de la joven y amada Klépsidra, bien puede prescindir de vuestro interés y sin embargo seguir viviendo. A la literatura no le importan las pasiones, se nutre de ellas. Al periodismo le importan menos, y vive ausente, y a pesar de ellas. El periodismo nos cuenta de manera mentirosa, la  tenebrosa realidad de la vida cotidiana. La literatura nos miente de otras y más fascinantes vidas en la carretera y las estancias de la utopía. El publicar un diario gratuito para las masas que nunca han leído literatura alguna, es un verdadero atentado para la fe de la gente, y hasta para su propia y posible formación intelectual. Los fantasmas e iconos que le construía la literatura, se los deconstruye ahora, el mal periodismo y la obscena televisión.

No me andaré con atavismos y vascuencias innecesarias. Voy hacia la historia o más bien hacia la ficción caprichosa. Qué escritor o escribidor; amanuense y nauta de putas y disputas, no se siente en libertad y licencia de falsificar la realidad, de mentirle al silencio y gritar las desnudeces pudendas de la Verdad. Qué escribidor trashumante y desconocido no se puede dar el lujo de mudarse a los territorios oníricos de la ficción. El problema es que la ficción puede ser tan asfixiante como la vida misma. La virtud es que hasta la literatura nos asfixia en ocasiones, si hemos quedado vivos del paso, y del peso, del periodismo postmoderno: Barato, estéril y célibe.

Recuerdo bien los hechos. Agarré o quise tomar el puño de la cerradura de aquella casa; no pude, al inicio, distinguir en la oscuridad, que aquella puerta no tenía cerradura, ni listón, ni jamba, ni mucho menos aditamento alguno por donde tirar de ella. Les confieso, no sin rubor, que me avergüenza contarles el por qué trataba de abrir aquella puerta, blanca, fría, imponente y solitaria. Aseguro desde ya que no era con intenciones de robar. De niño he detestado siempre el robo y a las personas amigas de lo ajeno.

Contrario a como me ha pasado siempre en la vida, en que ando buscando puertas que abrir (una puerta puede ser la entrada a una nueva situación, a un nuevo descubrir, a un nuevo gozo o a una dolorosa soledad) aquella puerta blanca y solitaria que hallaba ante mis ojos y en medio del camino, se abrió sola, diría yo. Al abrirse ví caer de su lomo tres monedas de plata antigua, aunque pudieron ser de oro, pienso ahora que las perdí para siempre, dado el precio muy superior del oro sobre la esterlina. Me bajé presuroso a recogerlas, mas con un interés artístico y de escatología frustrada que con interés pecuniario. Las contemplé a contrapelo de la noche que ya caía sobre mis hombros como un manto frigio. Las tres tenían la misma efigie, el mismo rostro de perfil de una mujer griega o de la antigüedad griega, en ambas caras. Por  la escritura  y los símbolos que tenían grabados me convencí que habrían venido de Kipros o de alguna isla griega. Tal vez las pagó algún pasajero, algún viajero comerciante desde Pérgamo hasta los malolientes y olvidados muelles de Tarsis, donde fue descuartizada y vendida al detalle la ballena de Jonás. Tal vez fueron parte de las treinta monedas de Judas, pagadas por los Fariseos. La moneda va de mano en mano; la palabra va de boca en boca y ambas se desgastan con el uso.

Afianzo aquí la idea o alguna descripción aproximativa y permeada del vicio de la conjetura, del rostro femenino tallado o fundido en la moneda; lo pude ver entrecerrando los ojos: Bello y joven y al mismo tiempo sórdido; elegante y desgastado por los siglos; alevoso y estremecedor como una sentencia; terso y sin embargo y a un mismo tiempo como revestido de un rictus de gravedad solemne. De seguro sus formas femeninas no sufrieron jamás desórdenes menstruales ni sus entrañas parieron hijo alguno. Lo cierto es que lo ví, lo contemplé con avidez entre las penumbras caprichosas de aquella luna de abril, creo yo, aunque tal vez era septiembre, mes en que nacieron dos de las tres mujeres que mas amé; con aquella intensidad visceral y al mismo tiempo inocente; con aquel frenesí gutural e insomne, pero en realidad penetrado de lo inútil, como el arte mismo.

Cuál será el precio en el mercado  actual, de un suspiro enamorado, o de una caricia ardiente, cuando ya se ha logrado divorciar al sexo del amor. Nadie puede o alcanza a pagar el justo precio de una ilusión. El amor unido a los deliquios del cuerpo ha entrado en desuso. El romanticismo y el ejercicio del amor son una tarea de lo inútil en la actualidad y considerado algo demodé. La pasión ha desplazado al amor como el periodismo a la literatura. Ahora se puede tener sexo sin amor y escribir periodismo prescindiendo de la diosa literatura. Estamos en la edad de lo falso, del cinismo globalizado, de la trapisonda, de la zancadilla existencial.

Meditaba en aquellas y en estas tribulaciones, cuando una de las imágenes, o más bien la imagen femenina de una de las monedas, se deshizo entre mis manos y cayó al suelo hecha polvo, hecha arena de mi desierto interior. Quedó de aquella dracma o tal vez era un denario,  el infinito del aro que la contenía, franqueado por las inscripciones funerarias o de epopeya en letras y códigos que no pude descifrar y tal vez el valor que aquella representaba en el mercado. Se le había ido el alma, pensé. Sin poder entender la escritura que contenían, me olieron a profecía fatal o a sentencia de muerte. La esencia, o lo primero que un coleccionista busca en una moneda antigua no es el valor que tuvo en el pasado, sino el valor histórico que tienen en el ahora, gracias a todo ese pasado acumulado en ella.

Igual sucedió con las otras tres monedas que palidecían ante mi emoción en mi mano izquierda. Lamento no haber tenido una lupa para auscultarlas mejor; arqueólogo de lo inútil, filósofo de la nada y de las naderías que yacen impudorosas en la vitrina del mundo; tal vez hubiera logrado descifrar algún mensaje en ellas, alguna historia. Tal vez les escribiera un falso poema, o redactara alguna de mis malas ficciones a costa suya. Me convencí de que cuando la mujer se va de nosotros; solo nos quedan cifras, epitafios, recuerdos y epopeyas. Tal vez las tres monedas anuncian la entrada triunfal, montada en un pollino,  de Klépsidra a mi vida. Adiós desierto.