Diario de la ciguapa

Juan Bolívar Díaz

Por Sara Pérez

Uno de los subproductos más infecciosos y nocivos generados en las sociedades con vigencia dificultosa, precaria o nula de derechos humanos, legales, civiles y políticos es el surgimiento de sectores y personalidades dedicados a incitar a la persecución, el crimen y el atropello, contra otros ciudadanos potables, en algunos casos verdaderos modelos profesionales y humanos, o simples ciudadanos inofensivos, que han incurrido en sus iras y odios porque les ha tocado denunciar algunas trapisondas, no comparten sus intereses, alianzas, perfiles y podredumbres.

A veces se trata de personas han tropezado con sicópatas que para sentirse importantes, tienen que vivir amenazando a alguien, hostigándolo o difundiendo disparates –de los que no están sustentados en hoyos fiscales de 200 mil millones o en quiebras bancarias por dilapidaciones temerarias de sus directivos- que en vez de describir los perseguidos, constituyen la más puntual biografía de los acusadores.

Las dictaduras producen delatores, esbirros, lambones y matarifes que la sostienen y que proliferan en ella, de la misma forma que el de agua estancada produce primero gusarapos y luego mosquitos, algunos de ellos portadores enfermedades, incluso mortales.

Aún hoy permanecen enquistados en la sociedad dominicana y con poder social, económico y político,  algunos de los personeros que hicieron carrera durante la Era de Trujillo, justamente dedicados no a la simple postración del oprimido ciudadano común, sino a la obsequiosidad visible y a la militancia estruendosa y sorrostrada hacia quienes detentaban el poder -y a quienes no solo les lambían los tragos  y les aplaudían robos y asesinatos, sino  que compartían delitos, violaciones, crímenes y abusos y sugerían victimas, torturas y atropellos- mientras sobre el país oprimido desplegaban la amenazante aureola de terror, que desde entonces es la principal característica de todo calié que se tenga por tal y de quienes emulan sus conductas y aspiran a trillar el mismo camino ensangrentado y adobado por infamias, intrigas, embustes y manipulaciones.

Son sectores y personas que han dedicado toda su vida a conspirar contra la endeble democracia dominicana, que han estado al lado en calidad de defensores y cómplices de los más grandes desfalcadores del Estado y que han hecho una carrera mintiendo con insidia, malevolencia y deliberación y chantajeando, contratando testigos falsos y pisoteando personas.

Son los remanentes de la vieja costumbre -que nunca abandonaron y aspiran a rescatar como conducta colectiva- del calié  trujillista, que dirimía diferencias mandando al SIM a interrogar y golpear a quien faltaba a los mítines del jefe, o no andaba lambiendo atrás de Petán, ni llevándole informes a Jhonny Abbes, para sugerirle a quién torturar, matar, acosar, vigilar, rejoder o no dejar respirar.

Es la tradición del palero que reunía méritos ante los ojos de Trujillo y Balaguer, haciendo un trabajo más sucio aún que el que le habían solicitado.

Es el fantasma de la Banda Colorá, del 9, de la 40, de los que azuzaron a los matarifes trujillistas contra los jóvenes del 14 de junio, contra las hermanas Mirabal y tantos masacrados por el régimen a instancias de sus chivatos y asesinos.

Es el resoplido de de los que pretendieron ignorar la voluntad –en cierta medida finalmente saboteada- de un país de salir del Balaguerato, de los militares con banderas partidarias, de las matanzas, de los abusos, del irrespeto a los derechos del  la población general y del envilecimiento sistemático contra un país reducido a la menesterosidad clientelista de la politiquería corrompida.

Cuando desde esos litorales alguien escupe a Juan Bolívar Díaz, este debe considerarlo una auténtica y merecida condecoración, no solo para él, sino para toda esa parte del país que ha ejercido una ciudadanía responsable, que ha desempeñado una profesión u oficio con integridad, se ha interesado y ha sido sensible a los graves y grandes problemas nacionales que tanta miseria, sufrimientos y vidas han costado a los más vulnerables, desamparados y desfavorecidos y que tan caro le ha resultado a quienes han insistido en exigir una sociedad más inclusiva, un país más justo, una administración pública transparente y eficiente, una empresa privada que no se alimente primordialmente de los bienes públicos, una participación social y política donde primen el derecho y la democracia.

Qué bueno y qué alentador, que la arbitrariedad, la ignominia, el oprobio, el crimen, el sometimiento, el silencio cómplice, la indiferencia, la corrupción, la manipulación, el embuste, el robo, la impunidad, también han tenido de frente personas, sectores y voces que los denuncian, desmontan y resisten.

Qué bueno que la República Dominicana ha tenido por medio siglo un periodista y una voz como la de Juan Bolívar Díaz, que ha sido un maestro no solo para sus estudiantes de la UASD, sino para quienes le hemos visto ejercer por décadas un periodismo sobrio, crítico, cuestionador, enérgico, incisivo, puntilloso y asumido como portavoz de quienes no siempre tienen donde hablar y de quienes no siempre tienen desde dónde defenderse.

En celebración de eso, antes de ayer, lunes, me sumé, junto a todos los que abarrotaron el Auditorio Manuel del Cabral del la Biblioteca Pedro Mir de la UASD al hermoso, emotivo y merecidísimo acto de solidaridad con Juan Bolívar Díaz y en defensa del periodismo ético, con compromisos y sensibilidades sociales y políticas.

Qué bien y qué orgullosa me sentí al abrazar y aplaudir a un ciudadano ejemplar y un maestro del periodismo, por sus hechos, por su honestidad, por su profesionalidad, por la bondad de su corazón y por su sentido y aspiración de justicia, transparencia, institucionalidad y quien más de una vez ha pagado, ha sido amenazado y ha sobrevivido a más de un atentado, por ser un comunicador íntegro.

En el cálido barullo de la noche solo le pude decir que lo quiero, pero ahora aprovecho para decirle que no solo hablaba por mí, sino que cuando dije en Facebook que asistiría a ese acto, aparte de mi familia y mis amistades, muchos de mis contactos me escribieron en público y en privado para enviarle conmigo un mensaje que he sintetizado, recogiendo en general las palabras de todos y que tengo el placer de comunicarle ahora:

Juan Bolívar, estamos orgullosos de ti. Te amamos. Tú nos representas, aunque no siempre tengamos que estar de acuerdo en todo. No solo eres un gran periodista, que ha hecho grandes aportes a la sociedad dominicana, sino que sobre todo eres una gran persona, que no se te ha oxidado el alma con “la herrumbre del oficio”  y que contrario a quienes te han denostado y han querido lastimar a tu digna, capacitada y honesta esposa y a tu familia, a ti no se te ha podrido la conciencia con negocios ilícitos, ni con crímenes, ni defendiendo ladrones,  ni chantajeando, ni caliesando, ni calumniando.

Amamos tus manos, tu conciencia y tu boca, que están limpias y la integridad y limpieza tuyas son un patrimonio de todos nosotros.

Estamos a tu lado y sentimos en contra nuestra, una agresión a ti; aunque hay insultos que por su procedencia deben considerarse definitivamente como elogios. Los dirigidos contra ti pertenecen a esta última categoría. Conocemos su manufactura. Tienen el sello de las ergástulas de Trujillo y el aroma de los paleros. Y esos no confunden ni engañan a nadie.

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