Trazos del pensar

Jaime Lucero Vásquez: La República vieja…de Trujillo (1)

Por Odalís G. Pérez

Las últimas exploraciones temáticas y formales de la novela criolla sitúan el novelar y la novela como instancias culturales y críticas donde el valor histórico-político funciona como una juntura típica, extendida en el imaginario ideológico, narrativo y poético dominicano. La novela es entonces un espacio para la crítica y la reflexión en tanto que el novelista produce la transgresión para recorrer el mito, la leyenda o el trazado textual desde una dinámica incesante de ficciones, eventos, contenidos textuales y bioculturales.

Lo que asegura un valor en el movimiento de las narrativas ideológicas locales es la diferenciación y las claves descriptivas puntualizadas en el ámbito de la estructura histórica, a partir de la cual se tejen los microtextos y macrotextos que sirven de base a la lectura de la fábula novelesca. Lo que el novelista desea es presentar al lector el mundo imaginario; situarlo en la dinámica de una historicidad literaria donde el imaginario cultural desoculta sus propios mecanismos, evidenciados mediante la puesta en cuadro o escena de lo real. La novela, en el presente caso, es un acto catártico, pero a la vez transgresivo donde la lógica de lo real y la lógica de lo imaginario enuncian el contenido de superficie y el contenido de profundidad de lo novelístico.

Jaime Lucero Vásquez fue un dramaturgo, novelista, cuentista, director y formador teatral. Nació en Puerto Plata el 19 de septiembre de 1940 y falleció en el 2004 en Santo Domingo. Fue conocido por su Teatro Folclórico a través del cual investigó las raíces microculturales e identitarias del imaginario popular dominicano. Su productividad narrativa y teatral ha descolocado el elemento histórico y político para ceder a la fábula, al mito presentado como experiencia tradicional y transformante. Lo que nos narra Lucero Vásquez en la novela que lleva por título La República Vieja…de Trujillo es la relación entre la sociedad y sus demonios ocultos en un acto de resistencia que nos induce a pensar lo narrado como cifra, huella, universo y tensión social. Lo transfigurado es el mundo, el pacto, el esquema, el esquema de vida, el movimiento donde lo espectacular y lo político se convierten en acción y gesto cultural.

La experiencia narrativa es para Jaime Lucero Vásquez una experiencia iniciática y la novela se explica por los mismos códigos que fracturan la ideología en relato. La rebelión a través de lo imaginario vocaliza un tipo de textualidad que produce los efectos necesarios para que la lectura funcione como un acto de liberación del sujeto. Las ligaduras de superficie del relato conectan con el microcontexto y el macrocontexto, ambos activados por la estructura profunda que a la vez sirve de base al discurrir narrativo.

Jaime Lucero Vásquez ha creado un planteamiento novelesco en cuyo anclaje mítico-social encontramos lo real-imaginario y lo ritual entendidos como categorías y funciones prácticamente literarias.

La República Vieja de Trujillo es, en realidad un discurso de sombras y fantasmas, cuyas raíces se advierten en una fiesta de encuentros y asombros, propiciada por el movimiento mágico, por los abismos que definen en la historia todo un funcionamiento social fijado a partir de la llamada figura mítica.

El epos se activa en un rito de la palabra desde el cual se estructura el enunciado polifónico de la novela:

“Los piqué bien picaditos, no hubo agonía. No quería que mi Pedrito sufriera, lo tenía decidido. Tampoco quería que Clementina sufriera. Un río de serpientes envenenaba de celos la sangre que subía hasta mi pecho. Me ahogaba: Oh, Clementina, qué alivio siento ahora en mi alma! Te entregaste a los brazos del Solito de Vargas, en el silencio cómplice de la tarde madura de La Descubierta, Clementina, cuando el sudor de mi frente humedecía la aridez de mi conuco. Nos dejaste bien picaditos. Nos arropaste, entonces, con sábanas de lino, regalo de nuestra madrina de bodas. Es de madrugada en La Descubierta, y han cesado los disparos del general Cabral contra las tropas del gobierno. El silencio en la cercanía fronteriza es absoluto, ahora, ¿te sientes bien? Sí, Clementina, me siento bien. Ahora el pecho no se crece de fatiga, como queriendo estallar…” (Op. cit.p.2)

La noción del cuadro narrativo funciona en esta novela como una estructura de selecciones que acentúa en progresión el cuerpo de lo novelado y sus ligaduras. El cuadro-secuencia citado particulariza el hecho epocal, mediante la voz narrativa y los ecos de subjetividad que vinculan el acto de visión en la materia-forma del relato. En dicho cuadro la frase subjetiva logra articular el contenido imaginario como forma y vocalidad histórico-cultural. El enunciado novelesco se individualiza en la voz del narrador y del narratario, pero además, en la técnica de articulación de la forma-contenido reconocida en el narrar y la narratividad.

El cuadro narrativo instituye también, y en este caso, la unidad, pero a la vez da lugar a fisuras que cualifican la sustancia del texto novelesco y la voz del narrador o los narradores de la novela. Horizontalidad y verticalidad constituyen el funcionamiento del cuadro y el cuadraje en sus vértices y centros:

“Toques de congos brotaban de los atabales ancestrales bajo el resplandeciente azul del alba, en aquel día del advenimiento al mundo del concepto de la dualidad… Junto al aura venturosa de una posible satisfacción, golpeaba el soplo intermitente del viento funesto de la desgracia que acongoja a la humanidad. Sin embargo la gente acudía al llamado de los toques viajeros de los atabales, a esperar, en torno al gran rancho, el cumplimiento de lo señalado en las profecías de los refraneros de todos los confines. La comarca cañera se concentraba en torno al gran rancho de Mamasié, cantando coplas y libando, en espera del parto de la matrona, madreperla, madreselva, Mamasié, Madre de todas las tierras, madre del Glorioso Señor, madre del pez antillano, madre en el interior del rancho pujando entre débiles ayes la expulsión de las confluencias étnicas que gestó su vientre en procura de su propia idiosincrasia”. (pp. 3-4)

El registro novelesco articula como un foco de centro del relato los elementos que ascienden en un ritmo enunciativo cargado metafóricamente de frases combinadas en base a narratemas o unidades constitutivas del texto novelesco. La respiración de una prosa ágil estilísticamente construida por unidades semánticas claves orientan una lectura abierta a los diversos focos de forma-contenido de la novela.

Las claves explicativas de los narratemas, en este caso de comienzo de la novela, particularizan la acción y los puntos de enunciado de dicho texto, de tal manera que las vocalidades rituales y mágicas de la novela se mantienen en un orden estratégicamente ascendente: La unidad narrativa, dialógica, poética y metafórica del novelar se mantiene también como soporte imaginario:

“Los quejidos de los atabales se entretejían en las salves en los santos y las coplas desafiantes de los improvisadores, bajo el entusiasmo que eleva el aguardiente y que hace lanzar al viento las plenas de los comisarios del Cristo de Bayaguana, y el ondear de sus banderas blancas con efígies del Señor, mezclando el quejido y el pujar profundo de la parturienta, mientras los atabales cambian de ritmo entre las piernas de los negros, pasando del palo mayor al alcahuete, que muda a su vez, el ritmo al conguito, cuando asciende el quejido agudo y el pujar extremo que anda y resbala en los conductos guturales, hasta paralizar el aliento de todos los seres creados, y estallar en rítmicas y ascendentes ayes, colectivos, con el desgarrador acto de expulsión que hace crujir los dientes y ¡puja! ¡puja! Madre dolor que evacua, al fin de su vientre, la paridad de la vida y el silencio…” (Ibídem, loc. cit).

Noticias relacionadas

Por

Noticias relacionadas

Comentarios
Seguir leyendo

Lo más leído

Más noticias

Síguenos en nuestras redes