La reflexión en torno a la condición subalterna de la intelectualidad dominicana, así como su cuestionamiento en tiempo y espacio la iniciamos en 1993 y la hicimos más explícita  en un ensayo publicado en 2005 titulado: “La intelectualidad dominicana: una estructura ideológica dividida” (véase  Odalís G. Pérez: Literatura dominicana y memoria cultural, Ed. Manatí- Santo Domingo, 2005, pp. 17-28)

Ciertamente, la actitud subalterna, la condición subalterna de nuestro intelectual llamado orgánico y de nuestro intelectual académico por función, la encontramos en su orientación ideológica, pero también en su extensión  política reproductiva. El hecho de que para lograr un lugar social meritorio, económico, de clase, de puesto político, de función pública, nuestros intelectuales deban o tengan que pertenecer a un determinado Ministerio, Núcleo, Asociación, Estado, Gobierno o Academia, revela un determinismo trágico, una servidumbre política y politiquera que “dice” de su condición no solamente subalterna, sino también, explícitamente dependiente.

Los aspectos principales de su dependencia los encontramos en la misma tradición cultural dominicana y en la domesticación y determinismo de gran parte de nuestra intelectualidad,  en sus afanes de inserción  en un medio, espacio o trama económica que funciona sobre todo de manera oficial y oficiosa. La dependencia y hasta la manumisión de gran parte de nuestros académicos y llamados intelectuales presenta muchas aristas que la misma historia de las ideas reconoce como campo, acción política y función cultural.

La crítica generada por intelectuales como Edward Said, Gayatri Spivak, Judith Butler, Ranahit Guha, Ernesto Laclau, Néstor García Canclini y otros, a propósito  de actores culturales, intelectuales hegemónicos o de  Estado, lenguajes de opresión, lenguas imperiales y productividad, insiste en reconocer, señalar y advertir, sobre el posicionamiento de los intelectuales y su lugar en la cultura (Homi Bhabha).

En efecto, se trata de un espacio de contradicciones que, en nuestro caso, se revela justamente en la orientación subalterna y hasta manumitida de gran parte de nuestra intelectualidad que aparece como “lucero” cada cuatro años en asociaciones, uniones, agrupaciones para lograr un escaño en el reparto político de la oficialidad dominante.

Lo visible de esta condición en la República Dominicana de hoy es la fábula, la “simulación en la lucha por la vida”, según José Ingenieros, las determinaciones de una farsa electoral y politiquera que suscribe el Estado como estructura de dominación en la que se perfila aquella élite, llámese academia, universidad o ministerio de cualquier tipo, donde el productor o divulgador de conocimientos se adhiere a una explotación en la que su trabajo servil y alienado se convierte en una impostura y en el trazado subjetivo de su posición sociocultural.

De esta suerte el concepto de intelectual de Estado, adquiere su ritmo ideológico allí donde el valor de su trabajo es una dádiva política, una marca alienante que lo divide, lo invisibiliza o lo visibiliza,  lo convierte en  “valor de uso” o “valor de cambio” en la economía política de la cultura-simulacro, tal y como así lo explica Jean Baudrillard.

En tal sentido, podemos advertir que la movilidad ideológica de los intelectuales dependientes e independientes, pide una reflexión al momento de establecer sus funciones, su estatuto ético, moral, su valoración, determinación y utilidad en una sociedad que, como la dominicana, vive también de máscaras y sombras sociales. El ecosistema político dominante se constituye mediante núcleos influyentes que actúan y se manifiestan desde un imperio del “parecer” y la simulación.

Evidentemente, la condición subalterna de tal élite presentifíca la diferencia de roles contradictorios, toda vez que desde el discurso o los discursos académicos e intelectuales, podemos observar cómo la función intelectual se aliena como acción, máscara simulación política, inscripción dependiente y otros fenómenos influyentes en los distintos ejes de la cultura dominicana.

La dramaturgia política donde los diversos actores intelectuales afirman su mundo, adscripción, precio o servidumbre, la encontramos en aquellas uniones o asociaciones  que se organizan y adquieren nombradía en un espacio electoral y donde sus fines son explícitamente políticos y estratégicos para levantar la mano por un partido político gobernante en su momento.

Pero en ese espacio de la representación de roles sociales y culturales se constituye una información totalitaria articulada y consolidada por los actores institucionales predominantes e influyentes como censura, autocensura, poder y determinación en la narrativa de lo cotidiano y lo patrimonial. La comedia, en nuestro caso, ha comenzado.