Diariamente leemos reportajes sobre horripilantes manifestaciones de la violencia, hechos lamentables que ocurren en nuestros contornos así como en lugares remotos. Feminicidio en Capotillo, geronticidio en Gazcue, ajusticiamientos policiales en Filipinas, violencia contra homosexuales en Chechenia, matanzas de periodistas por narcotraficantes en México, ataques terroristas en Europa y Estados Unidos: violencia diversa por todas partes y todos los días, y en muchos casos en su forma más extrema. Son tantas las informaciones anecdóticas que nos bombardean sobre el abuso de la fuerza, y ponemos tanta atención e interés en esas crónicas, que terminamos anímicamente agobiados por el aparente deterioro de la condición humana que proyectan los medios sin filtros.

La nostalgia por la mítica simplicidad y la tranquilidad bucólica de tiempos pretéritos nos turba la razón al momento de evaluar el presente. Juramos que la vida era más apacible, más sana, más segura in illo tempore, antes de la gente malearse y concentrarse en las grandes urbes. Concluimos que el ser humano se ha sofisticado con conocimientos de la ciencia y el cultivo de las artes, pero al mismo tiempo se ha alejado de la inocencia y el altruismo que caracterizaba a nuestros antepasados. Sin investigar a fondo,  llegamos a creer que los humanos somos mucho más violentos que las demás especies animales, y que en lugar de progresar en la convivencia pacífica, estamos en franco retroceso. Esta es una versión más del mito del buen salvaje.

Estudios científicos recientes nos indican que Homo sapiens no es la más violenta de las especies en el planeta. El orden de los primates tiene la primacía en cuanto al número de especies propensas al uso de la fuerza letal contra los miembros de su propia especie. Los leones, los lobos y los humanos no estamos en los cinco primeros puestos de los mamíferos más proclives a matarnos entre nosotros mismos. Una de cada cinco suricatas (una especie de mangosta muy pequeña) muere a manos de otra suricata, siendo las víctimas en su mayoría jóvenes. Ese simpático mamífero del sur de África  no conoce la guerra ni el terrorismo, ni maneja  armas letales, pero encabeza la lista de especies más mortíferas.

Quizás más interesante aún son los estudios recientes que investigan si la violencia letal entre humanos es más o menos frecuente hoy que hace siglos o milenios. A pesar de que es difícil de precisar, la tendencia es a la baja en las muertes humanas causadas por seres humanos. Y en general, existe un creciente rechazo al abuso de la fuerza en muchas sociedades, y sobre todo la violencia letal contra humanos.

En la Antigüedad la violencia era muy común. El Viejo Testamento exhibe mucha violencia, iniciando con el fratricidio en la segunda generación del linaje. Hasta al menos la Ilustración, el fratricidio fue practicado por muchos ambiciosos y celosos, incluyendo miembros de la realeza. La Masacre de los Inocentes ordenada por Herodes  y la matanza de infantes varones en Egipto cuando nació Moisés son dos ejemplos de infanticidio masivo por razones de estado. El libro sagrado tambien relata otros casos de parricidios, feminicidios, magnicidios y genocidios con la mayor naturalidad y sin condenar vehementemente esas acciones, pues parece que no eran hechos tan alarmantes en la época. En los relatos bíblicos incluso Yahvé propugnó más de una vez por practicar el exterminio total del enemigo en la guerra, pues sencillamente era uso y costumbre de la época y no solo entre los hebreos. Ni hablar de la violencia contra prisioneros de guerra, esclavos e infieles, todos considerados algo menos que humanos.

Si remontamos a la prehistoria, el estimado de Steven Pinker es que aproximadamente un 15 por ciento de los esqueletos arqueológicos evidencian una muerte por violencia humana. Todavía en la Edad Media un alto porcentaje de la población perecía por la violencia letal entre individuos y entre grupos, a pesar de que las armas disponibles no compiten con lo que tenemos actualmente, y la densidad poblacional era mucho menor. Si bien los conflictos bélicos modernos producen muchas bajas por las poderosas armas utilizadas, su duración se ha reducido significativamente, pues ya no tenemos guerras de treinta o cien años. En términos absolutos la Segunda Guerra Mundial produjo más muertes que cualquier otro conflicto bélico en la historia universal, pero la rebelión de An Lushan contra la dinastía Tang en la China del siglo VIII llevó a la tumba a un porcentaje mucho mayor de la población en ese momento, se estima que un 15% contra 2% en la Segunda Guerra Mundial.

A pesar de la brutalidad que sigue corriendo por nuestras venas, los esfuerzos realizados por contener la violencia letal entre seres humanos han dado sus frutos a nivel macro. Pero las estadísticas generales con frecuencia no concuerdan con lo anecdótico. Sabemos que la mejoría en los índices generales de la frecuencia de violencia letal no es un consuelo para aquellas sociedades que atraviesan por un período particularmente violento, como Colombia hasta hace poco,  y México, Venezuela, Siria y Filipinas en estos momentos. Pero  el conocimiento científico de la evolución de la violencia letal entre humanos sí debe servirnos de aliciente para no cejar en el continuado empeño por erradicar esta nefasta herencia compartida con otros mamíferos. Es falso que seamos los primates más violentos, como también es falso que en aquellos remotos  tiempos hubiera menos violencia entre nosotros. Ni en tiempos del Almirante, ni cuando Concho Primo, ni en la era de Trujillo hemos disfrutado de una vida pastoril sin violencia. Poco después de salir del Edén, se produjo el primer fratricidio, y solo un sostenido y consciente esfuerzo puede seguir alejándonos de ese colectivo impulso “autocida” compartido con otras especies, y sobre todo con muchos  mamíferos. 

En resumen, la biología nos impulsa a ser violentos; es la cultura civilizadora (arte y ciencia, ética y poética) la fuerza que modera ese impulso arcaico de agredir a nuestros semejantes. No nos dejemos abatir por las noticias verídicas de los preocupantes brotes de violencia en nuestra comunidad o en países vecinos y lejanos, asumiendo que como especie perdemos la lucha contra la violencia. La violencia no es inevitable, pues Homo sapiens tiene el libre albedrío  para reflexionar y modificar su conducta en el tiempo. No añoremos in illo tempore, pues hacerlo es pura evasión de nuestros deberes. Mejor trabajemos conscientemente  por seguir erradicando  todo vestigio de violencia en nuestras vidas actuales,  y educando para que la próxima generación sea menos violenta que la nuestra.

Lecturas:

http://www.bbc.com/mundo/noticias-37541582   Mamífero más mortífero

http://www.cuantarazon.com/1022910/hay-un-mamifero-cuya-especie-se-mata-mas-entre-si

https://www.theatlantic.com/video/index/530451/which-animal-murders-the-most/

http://www.elcultural.com/revista/letras/Los-angeles-que-llevamos-dentro-El-declive-de-la-violencia-y-sus-implicaciones/31631

http://www.terceracultura.net/tc/?p=4837         ¿Realmente ha disminuido la violencia humana?

http://enpositivo.com/2017/06/declive-violencia-mundo/

http://www.medievalhistories.com/humans-violent-today-middle-ages/

https://politica.elpais.com/politica/2017/07/08/actualidad/1499533272_517542.html  España combate la violencia de género