RESUMEN: Este trabajo trata sobre el rol y la utilidad actual de la diplomacia pública en el propósito de elevar la efectividad en la realización de los planes y consecución de los objetivos de la política exterior de los respectivos Estados. Asimismo, coloca en el contexto general de la diplomacia a este relativamente reciente instrumento de ejecución y explica los factores que potencian su eficacia. Su contenido explica el por qué de su importancia y los aspectos prácticos de su implementación y desarrollo. Entre los aspectos de interés que trata, se encuentra la experiencia en Estados Unidos de América y España, entre otros países; también, la incidencia de la diplomacia cultural en este ejercicio y sus efectos determinantes en la ejecución del “soft power”; de igual modo, el rol del proyecto Estrategia Marca País, en el marco del desarrollo de la diplomacia pública.

Desarrollado el marco teórico y práctico de la diplomacia pública, así como su utilidad, instrumentos y métodos de ejecución y sus destinatarios, e igualmente los estamentos de la Administración Pública a los que corresponde la planificación y el ejercicio de la diplomacia pública y las acciones coadyuvantes, se presenta, además, un análisis profesional, técnico y académico de cómo los Estados pueden usar la diplomacia pública en un entorno internacional e interno afectado e influenciado por la pandemia del COVID-19.

Palabras claves: Estrategia Marca País, opinión pública, tecnología, seguridad, diplomacia cultural, “soft power” (poder suave), y “smart power” (poder inteligente), política exterior, política interna y COVID-19.

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Introducción

A medida que cambian los factores en el equilibrio de poder en las relaciones internacionales, se crean nuevas estrategias que generan herramientas de carácter diplomático, económico, social, político y de seguridad, con el propósito de enfrentar, convenientemente, los desafíos propios de la dinámica actual de la política internacional.

En tal perspectiva, el ejercicio de la diplomacia tiende a adecuarse, con los soportes exigidos, a la nueva realidad, teniendo en cuenta en su formulación y desarrollo tanto los intereses del respectivo Estado como los retos, riesgos y oportunidades que plantea el entorno internacional contemporáneo.

Debe tenerse presente que “hoy el liderazgo político se ha convertido, salvo casos extremos, en una competencia por alcanzar la atracción, la legitimidad, y la credibilidad”. En tal contexto el conveniente impacto que ha generado la denominada “revolución de las comunicaciones”, permite, con una celeridad extraordinaria, el flujo de “datos, ideas e informaciones”, facilitando de ese modo el “empoderamiento” de la opinión pública y consecuentemente, entre otros esenciales beneficios, el eficiente ejercicio del “soft power” o poder suave, por parte de los Estados.

Es oportuno recordar que el conocimiento es uno de los elementos del poder y, por lo tanto, la primera obligación de los responsables de las acciones externas de los Estados consiste en contar con eficientes mecanismos, tanto para informarse como para ser informados y asimismo para informar.

En el proceso de “depuración documental”, en la dinámica de informarse de los Estados, téngase presente que la alta calidad en la forma de los documentos puede estar encubriendo imprecisiones o manipulaciones en su fondo y, asimismo, podría estar expresando solapadamente “orquestadas maniobras de desinformación interesada” en su contenido. La calidad de la información crece cuando procede de fuentes distintas y comprobadamente separadas, que permitan de manera objetiva evaluar su veracidad y sus implicaciones.

En ese contexto, hablar de diplomacia pública implica reconocer un fenómeno específico que surge, fundamentalmente, como consecuencia de la “generalización de la cultura democrática”, y de los evidentes avances tecnológicos y sociológicos de los medios de información y comunicación. Además, de la consecuente incidencia de la opinión pública en las relaciones internacionales y en otros campos vinculados al ejercicio del poder y de la soberanía.

La diplomacia pública (“public diplomacy”) es hoy un instrumento de vital importancia para la ejecución de la política exterior. Esta modalidad de diplomacia se propone ejercer influencia de manera estratégica sobre audiencias extranjeras, conforme al consistente método establecido para su desarrollo. El concepto engloba todos aquellos programas, tanto de información política como cultural y educativa, que los gobiernos destinan para la difusión y la promoción de su política exterior y de la imagen nacional e internacional de su país.

Respecto de sus orígenes, dadas las condiciones de monopolio tecnológico de los países desarrollados, la radio en los años 30 era un medio eficaz de información y entretenimiento, pero también de promoción de intereses estatales.

En el momento actual, una vez perdido el “monopolio” sobre esa herramienta, esos medios se han convertido en servicios mundiales de información e influencia. El Reino Unido con la “British Broadcasting Corporation” (BBC), que sigue siendo la que cuenta con mayor audiencia en el mundo, fue pionero de esta forma de la diplomacia pública.

En ese marco, las acciones de la diplomacia pública resultan cruciales cuando los Estados se encuentran en momentos de crisis o tienen “percepciones de opinión internacional bajas”.

Todas las definiciones de diplomacia pública comparten el supuesto de que las opiniones, actitudes y comportamientos de los ciudadanos de otros países importan a los gobiernos, porque tienen un claro impacto en la política económica y exterior y, consecuentemente, en los intereses nacionales. El objetivo fundamental de la diplomacia pública siempre es influir sobre el comportamiento de un gobierno extranjero de forma indirecta, ejerciendo influencia sobre las actitudes de sus ciudadanos. Del mismo modo, la diplomacia pública garantiza la continuidad de los vínculos de comunicación entre los países aun cuando las relaciones diplomáticas formales puedan estar deterioradas o haberse roto.

La diplomacia pública y la diplomacia tradicional son complementarias, en diversos aspectos. Para ilustrar ese hecho usaremos un ejemplo: Cuando los líderes de un país deciden proponer a un gobierno de otro país un asunto de importancia que requiere la anuencia oficial de ese Estado, la diplomacia pública puede usarse para preparar el terreno para ello, informando estratégicamente a la opinión pública de dicho Estado a fin de que esa gestión sea coadyuvante con la oficial.

EJERCICIO DE LA DIPLOMACIA PÚBLICA

Debe resaltarse, en ese contexto, que existen marcadas diferencias entre la forma de ejecución de la diplomacia pública para los países “grandes” y para los “medianos” y “pequeños”, partiendo, naturalmente, de la diferencia en sus intereses, recursos y objetivos.

Los países “grandes” tendrán la posibilidad de mayor amplitud en la ejecución de su diplomacia pública en cuanto a áreas geográficas, temáticas y por lo tanto en el cumplimiento de sus objetivos, sin menoscabo del rol que pudiera jugar el “hard power” (poder duro) en ese sentido, tal como se explica más adelante.

Pero eso no quiere decir que cuenten con recursos ilimitados y será muy conveniente que se prioricen los temas y esfuerzos de una manera adecuada para maximizar los resultados.

En cambio, los países “medianos” y “pequeños” ejercitan la denominada “diplomacia pública de nicho”, es decir, la especialización o concentración de los recursos diplomáticos en áreas específicas (geográficas y temáticas). Así como la selección cuidadosa de convenientes mensajes (“memes” y “sound bites” o declaraciones concisas), así como otras efectivas acciones para “explotar” sus ventajas comparativas en esa dinámica.

Cabe precisar, que la diplomacia pública consiste, básicamente, en una serie de bien sustentadas iniciativas destinadas a ejercer influencia de manera estratégica sobre las audiencias extranjeras, “no solo entre élites o líderes de opinión, sino también en el público en general”. Para el Estado, el ejercicio de esta modalidad de diplomacia tiene la finalidad de lograr metódicamente una consistente promoción y defensa de sus intereses, consecuentemente “agenciándose un capital de simpatía” susceptible de dar eficacia a esenciales acciones en las relaciones exteriores. Para ello, puede valerse de una conveniente promoción de su cultura, así como de la eficiente difusión de sus puntos de vista.

Además, la diplomacia pública facilita proyectar una imagen digna, atractiva y confiable de la nación, promoviendo tácticamente entre otras virtudes, la de ser un país progresista, innovador, ético y seguro. Esto, a fin de potenciar su prestigio exterior, de manera que genere un conveniente nivel de “empatía y adhesiones” a su favor, tal como lo demandan las acciones (gestiones y negociaciones) en el ámbito de los nuevos vínculos económicos (y comerciales) y políticos internacionales.

La diplomacia pública, que entre otras beneficiosas acciones debe generar diálogos constructivos a largo plazo entre las naciones, para su mejor entendimiento no solo se involucra en dar forma al mensaje que se desea presentar en el exterior, sino que también en la dinámica de su ejercicio deben analizarse y entenderse las formas en que el mensaje puede ser interpretado por diversas sociedades. Mediante esta novedosa estrategia, los Estados pueden conducir aspectos importantes de sus relaciones internacionales “a través de los medios de comunicación y tratando con una amplia gama de entidades no gubernamentales”.

Conviene recordar que en ocasiones el propósito de la diplomacia pública puede estar dirigido a lograr opiniones favorables hacia una particular causa u orientación, y también respecto a un determinado acto o intervención. Igualmente, la diplomacia pública podría proponerse influir en la “Comunidad Internacional” para lograr la “aceptación pacífica” de una particular intervención o participación del país, o para justificar una determinada acción. No debe olvidarse que “como sea percibido un país en el exterior tiene implicaciones sobre su capacidad para atraer inversiones y turismo”.

Se identifican como los elementos constitutivos de una diplomacia pública profesional:

  1. La comunicación “innovadora”;
  2. El refuerzo de la identidad nacional, y;
  3. El aumento de la influencia del Estado que la ejerce, tanto a nivel internacional como interno.

Según constata J. Noya, las actividades de la diplomacia pública no solo consisten en grandes campañas mediáticas, sino también en acciones de carácter diplomático que las Embajadas desarrollan planificadamente.

En el orden práctico, para la ejecución de la diplomacia pública, conforme a la normativa aplicable, determinados países crean un órgano central (eminentemente técnico) en su Cancillería, complementado por un “comité de expertos”, que debe elaborar periódicamente las nuevas estrategias y establecer los mecanismos para la evaluación de las existentes. También le corresponde la coordinación de tales ejecutorias y la supervisión de los imprescindibles entrenamientos en diplomacia pública (incluyendo especializaciones y periódicas actualizaciones), así como la elaboración del correspondiente “Manual de Ejecución”.

Cabe resaltar que las iniciativas realizadas con el objeto de planificar un proyecto de diplomacia pública suelen partir de una bien fundamentada investigación que pueda determinar la percepción que se tiene del país, primeramente en el exterior, en un período de tiempo, teniendo en cuenta la ubicación geográfica y los diversos sectores relevantes. Dicha investigación debe incluir también la percepción a nivel interno, es decir, de los propios ciudadanos del país. De manera que, en base a los objetivos establecidos, se puedan identificar las acciones más convenientes a llevar a cabo y los ejes temáticos y medios a través de los cuales se realizarán. El órgano de la Cancillería encargado de la diplomacia pública debe asistir al Ministro de Relaciones Exteriores en la elaboración de los planes de diplomacia pública. Asimismo, coordinará en la forma acostumbrada las ejecutorias de la diplomacia pública, tanto internamente como con otras dependencias del Ministerio de Relaciones Exteriores y otros estamentos del Estado e igualmente con el Servicio Exterior.

En esa dinámica, el Servicio Exterior debe incluir las iniciativas de diplomacia pública en su correspondiente plan de gestión, con sus respectivos objetivos, metas y medios. Además, en su implementación deberá tomar en cuenta las características específicas del Estado receptor y nuevos acontecimientos que varíen las premisas del escenario estratégico inicial. En definitiva, debe existir una cohesión en la estrategia de diplomacia pública en base a los propósitos establecidos por el Estado, con las adaptaciones que sean necesarias para garantizar su efectividad.

A lo interno de las misiones diplomáticas será conveniente contar con la asistencia de un funcionario con el cargo de agregado o consejero (técnico), especialista en la materia, que pueda estar, si así la situación lo determina, al frente de una unidad técnica que dé soporte a tales acciones. Este funcionario, conforme a las normas establecidas, estará subordinado al Jefe de Misión y a través de este a su Ministerio de Relaciones Exteriores en función del principio de unidad de acción exterior del Estado.

En la gestión de imagen exterior de la diplomacia pública, se distinguen tres niveles de comunicación:

  1. en primer lugar, el nivel “micro” que es la comunicación cara a cara;
  2. el nivel “meso”, con las redes de contacto;
  3. por último, el nivel “macro” con los medios masivos de comunicación.

En el plan de gestión de la respectiva Misión Diplomática deben establecerse objetivos, metas y medios de cada uno de estos niveles. Entre los objetivos puede establecerse el refuerzo del perfil cultural y, consecuentemente, la proyección de una imagen positiva y beneficiosa a los intereses del país.

Inequívocamente, la diferencia entre la diplomacia pública y la propaganda es clara. Mientras la diplomacia pública busca despertar el interés en el beneficio mutuo, la cooperación y la transparencia; la propaganda “es coercitiva”, impone los contenidos y no abre espacio para el diálogo y el cambio. En la diplomacia pública la difusión de las ideas con el objeto de atraer recursos y personas, tiene que basarse en la confianza, la autenticidad y el entendimiento.

Cabe destacar que, en lo concerniente al ámbito interno del Estado, conforme coinciden en afirmar tratadistas contemporáneos, la diplomacia pública tiene un papel relevante facilitando que las audiencias locales puedan entender los asuntos internacionales y la política exterior mediante el “diálogo público” que, además, facilita la capacidad de desarrollo de políticas domésticas. Sobre todo, permite implementar acciones para fortalecer aspectos esenciales que corresponden a la identidad nacional.

La diplomacia pública se ha convertido en un factor vital para la consecución de determinados objetivos de la política exterior y viene a revalorizar la función diplomática de hoy. Evidentemente, las ejecutorias de la diplomacia pública potencian el ejercicio (y amplían los horizontes) de la “diplomacia convencional”, considerándose parte de sus debidas adecuaciones a la realidad actual.

ROL DE LA DIPLOMACIA CULTURAL EN LA DIPLOMACIA PÚBLICA

La diplomacia cultural contemporánea es considerada una de las piedras angulares de la diplomacia pública. Esta modalidad desempeña actualmente un importante papel, siendo considerada, tal como constata P.M. Taylor, el fundamento sobre el cual se pueden construir vínculos de confianza y comprensión mutua entre las naciones. Hoy la diplomacia cultural, en el marco del ejercicio de la diplomacia pública, ha de actuar como “facilitadora” con respecto al poder blando (“soft power”), potenciando las capacidades del discurso persuasivo y valiéndose para ello de los recursos tecnológicos apropiados, tal como se explica más adelante.

La diplomacia cultural se ha convertido en un instrumento valioso en el campo de las relaciones exteriores, cuyo propósito está cada vez más explícitamente articulado con los objetivos comerciales, económicos, de desarrollo y cooperación.

El universo actual de la “diplomacia cultural”, tal como constata B. Podestá, es inmenso en amplitud y riqueza, y está convenientemente relacionado con el patrimonio cultural de los países, con su reciente desarrollo cultural, pero asimismo con su pasado histórico. No obstante, contar con esto no sería suficiente como punto de partida de una efectiva política exterior cultural. Para ello resulta imprescindible que los países puedan estar en capacidad de utilizar “técnicamente” estos necesarios factores en beneficio de esos importantes objetivos.

En igual dirección, debe tenerse en cuenta que los proyectos de integración suelen necesitar de la “diplomacia cultural” para avanzar en la dirección deseada.

Evidentemente, el desconocimiento de la realidad sociocultural de los países del entorno puede ser muy perjudicial. Los prejuicios, las visiones y opiniones parciales, cuando no distorsionadas, de algunos países en relación a otros, dificultan, cuando no inhiben, el surgimiento de relaciones de confianza y en consecuencia los proyectos de cooperación.

Si bien es cierto que el tema “cultural” siempre ha estado en la esencia misma de la diplomacia y de sus “agentes en propiedad”, es justo reconocer, sin embargo, que el término “diplomacia cultural” fue acuñado, en la segunda mitad del siglo pasado, por el Ministro de Relaciones Exteriores de la entonces República Federal de Alemania, Willy Brand. Creándosele, desde entonces un digno espacio en el campo de las relaciones internacionales, al considerarla como “el tercer pilar de la política exterior”, conjuntamente con los imprescindibles aspectos de carácter económico y político.

En adición a lo precedentemente señalado, la formulación de una política exterior, conforme a los requerimientos actuales, suele contemplar, con precisión, objetivos de carácter cultural y educativo. Han podido identificarse como fundamentales objetivos en ese marco, la promoción en el exterior de “los valores de la identidad nacional”, sean estos culturales, históricos o artísticos. Así sucede también con la difusión de las obras de los intelectuales y artistas nacionales, el folklore y otras manifestaciones del arte y la artesanía.

Debe velarse, igualmente, porque los nacionales residentes en el exterior y sus descendientes cuenten con las facilidades para mantener el conocimiento y contacto con su cultura e historia. En tal contexto resulta esencial la debida protección y defensa, en el exterior, del acervo cultural e histórico de la nación.

Entre las imprescindibles acciones en este campo también se consigna profundizar las relaciones con los demás Estados, a través de los consabidos intercambios culturales.

De igual manera, como parte de las responsabilidades concernientes a la Misión Diplomática, preminentemente están:

Promover la suscripción (e implementación cuando corresponda) de acuerdos de cooperación, culturales y en materia educativa, equivalencias de estudios y la defensa recíproca de bienes culturales y artísticos.

Además, “captar consistentemente” en el extranjero las posibles opciones, en el marco de la cooperación, para la transferencia de tecnología y de adelantos en los campos educacional y científico.

Cabe recordar que las relaciones culturales por su naturaleza permiten la continuidad de los “vínculos amistosos” entre pueblos en períodos críticos de las relaciones entre los Estados.

EL PODER SUAVE (“SOFT POWER”) EN EL ÁMBITO DE LA DIPLOMACIA PÚBLICA

El prestigio cultural de un país es un componente básico del denominado poder suave (“soft power”). Este último tiene su origen en los valores que un país expresa en su cultura, en el ejemplo que establece en sus políticas públicas y en la forma coherente en que maneja sus relaciones exteriores.

El “soft power” y el “hard power” son los conceptos propuestos por J. Nye Jr. para ilustrar las diversas gradaciones que conlleva el ejercicio del poder. Bajo ese esquema el “soft power” se refiere al ejercicio del poder a través de la concertación del consenso, colocando en un segundo plano la utilización de la fuerza (“hard power”).

Para poder comprender plenamente el concepto de “soft power” es conveniente familiarizarse con otro concepto acuñado por Joseph Nye. Se trata del “smart power” (“poder inteligente”).

Según Nye el poder inteligente (“smart power”) cuenta con una dimensión estratégica mayor que ningún otro sistema, al conceder convenientemente valor e importancia al denominado manejo inteligente de los asuntos que tienen que ver con la formulación y ejecución de la política exterior. En esa dinámica debe actuarse en función de necesidades concretas: del contexto nacional e internacional actual, de las influencias de carácter económico, del sistema político vigente y de los factores culturales que inciden en ello.

La implementación del poder inteligente exige medidas estratégicas de tal carácter que puedan combinar armoniosamente, y en gran medida de manera sutil, determinados elementos del “hard power” (poder duro) con procedimientos propios del “soft power” (poder suave o blando), permitiendo obtener resultados más eficaces.

En este mismo mes y año Nye ha señalado que el reto fundamental de Estados Unidos de América, como nación lider en el entorno internacional actual, es si a ese país le será posible trabajar con aliados cercanos en la promoción de la democracia y los derechos humanos, que han sido pilares de sus polìticas públicas, mientras coopera con un grupo mayor de Estados para administrar intituciones internacionales basadas en el Derecho Internacional necesarias para enfrentar amenazas en áreas como el cambio climático, las pandemias, los ataques ciberneticos, el terrorismo y la estabilidas económica.

Cabe insistir en que hoy la diplomacia cultural, en el marco del ejercicio de la diplomacia pública, ha de actuar como “facilitadora” con respecto al poder blando (“soft power”), potenciando las capacidades del discurso persuasivo y valiéndose para ello de los recursos tecnológicos apropiados.

MARCA PAÍS

Merece resaltarse que, en el ámbito de su efectividad, la diplomacia pública suele contar con la implementación y desarrollo del proyecto “Estrategia Marca País”, que consiste prácticamente en crear una bien sustentada “identidad visual” del país.

En un mercado global de bienes, servicios y, en determinada forma, de “movimiento de personas”, los Estados se proponen “vender” su mejor imagen para atraer “los flujos” más beneficiosos procedentes de otros países, entre los que suelen destacarse convenientemente los negocios. En ese marco, los proyectos para la implementación de la “Estrategia Marca País” (EMP) se  multiplican aceleradamente. Sin duda la efectiva promoción del país, que genera la EMP, mejora considerablemente su competitividad económica internacionalmente, lo que permite atraer un consistente nivel de inversión extranjera, agregar valor a las exportaciones y aumentar convenientemente el turismo, entre otros beneficios.

El término “marca país” (“Nation Branding”) fue acuñado por el profesor Simon Anholt y su concepto al respecto parte del hecho de que las personas valoran a los países de la misma forma en que evalúan los productos y sus marcas. Anholt es también el creador del “Nation Brand Index” (NBI), una forma de medir la imagen y reputación de los países del mundo.

En esencia, la EMP está constituida por el uso de características propias de la vida nacional como medio para influir en la imagen y percepción del país en la opinión pública, en la sociedad civil y en los medios de comunicación extranjeros, con el propósito de incrementar el prestigio y la confianza internacionales del Estado.

La creación técnica de la identidad visual del país debe reconocer y destacar sus valores positivos y diferenciales, su diversidad, sus recursos naturales, sus nacionales (personalidades reconocidas internacionalmente), sus logros deportivos y especialmente, como “soporte” de identidad, se difundirá el acervo, desarrollo y calidad de la cultura nacional.

La EMP, que es un instrumento de la denominada diplomacia pública al servicio del desarrollo nacional, tiene por objetivo crear y transmitir una “imagen país” (activo tangible) que se acompaña de una “marca país” (logotipo, “slogan” y lema), que engloba las sub-marcas nacionales.

Más que un simple logotipo o una campaña, la EMP es un activo estratégico que hace visible “el plan total del país” (establecido previamente con precisión). La identidad visual y la propia EMP son el resultado de un intenso proceso que involucra diversas etapas. Partiendo, naturalmente, de que el país en cuestión tenga condiciones económicas, políticas y sociales que puedan sustentar el nivel de autoestima nacional consonante con el proyecto y, asimismo, la necesidad del sector productivo del país, con capacidad para ello, de iniciar o ampliar sus operaciones internacionalmente. En esa dinámica, para obtener la necesaria participación y el consenso de los diversos sectores de la vida nacional (públicos y privados), se trabaja en “fórums sectoriales”, promoviendo y discutiendo investigaciones y estudios definidos y coordinados consistentemente con ese propósito.

Paralelamente se realizan las investigaciones requeridas para la ejecución del proyecto. Estas incluyen un estudio de las marcas nacionales con vocación y posibilidad de internacionalizarse y también se realiza un “monitoreo” en los principales diarios del mundo con el fin de conocer la percepción de la imagen de la nación.

Es conveniente añadir estudios comparados de los rangos (“rankings”), según las clasificaciones de competitividad, en los cien índices internacionales más destacados. Asimismo, para obtener una opinión debidamente sustentada sobre los principales atributos del país, entre otros procedimientos establecidos, deben efectuarse “consistentes” encuestas entre líderes de opinión, tanto nacionales como internacionales.

Luego de contarse con las investigaciones y estudios correspondientes, también con los “bien fundamentados” aportes de los distintos sectores sobre los conceptos centrales que debe contemplar la EMP, de acuerdo a la normativa aplicable, se conforma un equipo técnico interdisciplinario y multisectorial que dé comienzo al diseño de la estrategia, siguiendo directrices del Ministerio de Relaciones Exteriores, coordinadamente con los Ministerios de Comercio Exterior (o su equivalente), de Comunicaciones de la Presidencia, de Turismo y de Cultura.

Consecuentemente debe crearse una “entidad mixta” con auténtica representación del sector público y privado, que administre y desarrolle adecuadamente la EMP. Igualmente, después de establecido el sistema de identidad de la EMP, la “marca” en cuestión estará debidamente resguardada por una “política de marcas” que reglamentará su aplicación en los diferentes espacios de uso.

Cabe resaltar, finalmente, que para asegurar su éxito la EMP necesitará de una continua labor de análisis y de revisión interna de la oferta, para que los productos y servicios que respalda cumplan con los criterios normativos y con bases sólidas de sostenibilidad. Asimismo, para su efectividad, “la marca país” exige por su propia naturaleza ser conocida de la manera más amplia nacional e internacionalmente.

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REPÚBLICA DOMINICANA

En lo concerniente a nuestra nación, redimensionar la marca República Dominicana significa optimizar la proyección de la imagen del país, conforme a los requerimientos actuales. En ese marco, el “Made in Dominican Republic” debe aportar el correspondiente valor añadido, convirtiéndose en el elemento diferenciador que enorgullezca a nuestras empresas y que potencie efectivamente el éxito en su expansión internacional.

Cabe recordar que la Ley de la Estrategia Nacional de Desarrollo (END), 2030, en nuestro país propugna en su Objetivo General 3.5 la creación de una Estructura productiva sectorial y territorialmente articulada, integrada competitivamente a la economía global y que potencie las oportunidades del mercado local. En ese marco, el objetivo específico 3.5.1 establece como tal: “Impulsar el desarrollo exportador sobre la base de una inserción competitiva en los mercados internacionales” y dentro de las iniciativas que prevé dicho objetivo específico está la 3.5.1.7 que se refiere a la Estrategia Marca País al instituir como iniciativa, valga la redundancia: “Crear marca-país para bienes y servicios de calidad garantizada, que apoye la promoción de las exportaciones e inversiones”.

El organigrama actual de la Cancillería de la Repúlica Dominicana, aprobado tanto por ese Ministerio como por el Ministerio de Administración Pública, incluye bajo la Dirección de Diplomacia Especializada que creó la Ley 630-16, Orgánica del Ministerio de Relaciones Exteriores y del Servicio Exterior, un Departamento de Diplomacia Pública. Consonante con ello el artículo 12.14.f) del Reglamento de Aplicación de dicha Ley establece que dicha Dirección como dependencia del Despacho del Ministro de Relaciones Exteriores le corresponde entre otras funciones, diseñar y ejecutar planes, actividades y programas en materia de Diplomacia Cultural y Pública

DIPLOMACIA PÚBLICA Y EL COVID-19

Partiendo de la premisa de que las crisis mundiales requieren respuestas de ese carácter, que se hacen patentes fundamentalmente a través de la cooperación internacional, la pandemia del Covid-19, sin lugar a dudas, debe tenerse presente en los planes estratégicos de política exterior de los Estados, y la diplomacia pública juega un rol fundamental en ello.

En este año 2020, a partir de que la pandemia se hizo públicamente conocida, hemos visto la forma en que cada país ha utilizado la diplomacia pública para construir su imagen en torno al manejo de la crisis sanitaria por sus más altas autoridades, sus sistemas sanitarios y su población en general.  Igualmente, para captar cooperación, y en la medida en que se reabre la economía global, para atraer beneficiosos flujos desde el exterior, como lo es la llegada de turistas, que en el caso de nuestro país ha empezado a ocurrir paulatinamente en los principales aeropuertos. Y, finalmente, para concertar colaboración de otras naciones en proyectos específicos para enfrentar el COVID-19.

Tal como sostiene G. Luca Gardini la diplomacia pública y la cultura serán herramientas para dar a cada nación más fuerza en la competencia por la inversión, el talento extranjero y los negocios internacionales, teniendo en cuenta que la pandemia del COVID-19 vino a transformar a la salud pública en un área de alta política.

A nivel interno también es necesario concientizar y poner al tanto a la población para que colaboren con las medidas públicas implementadas para mitigar los efectos del COVID-19.

Resulta fundamental, asimismo, a nivel de acciones de influencia de los públicos locales y extranjeros, crear consciencia sobre otros tipos de amenazas globales, como lo son el cambio climático y la posibilidad de futuras pandemias, que en un mundo interdependiente como el actual, requieren, insistimos, de la cooperación internacional.

La diplomacia pública debe generar la confianza internacional necesaria para las aspiraciones que tengan los Estados en el exterior, en este nuevo entorno internacional, especialmente demostrando la eficacia de sus políticas públicas.

En definitiva, la diplomacia pública, la diplomacia cultural y la estrategia marca-país deben ser instrumentos efectivos de la política exterior para facilitar las iniciativas empresariales locales, especialmente de exportación, de internacionalización  y para promover la canalización de la inversión extranjera directa.

OBSERVACIONES FINALES

Sin duda, la promoción y prestigio internacionales de un país, conforme a los requerimientos contemporáneos, son elementos fundamentales de la política exterior , por lo que resulta un imperativo que las respectivas autoridades de los Estados puedan definir una estrategia integral de diplomacia pública. Para ello se requiere crear las instancias institucionales a manera de Dirección General (o Departamento) dentro de la Cancillería, que incluya divisiones (o unidades) encargadas de realizar las siguientes funciones: investigación y prospectiva, coordinación interinstitucional e información, prensa y cultura, las cuales deben laborar coordinadamente.

Actualmente la diplomacia pública no solo la ejercitan los Estados, también la ejecutan determinados Organismos Internacionales, e incluso gobiernos “no centrales”, estos últimos asumiéndola como “paradiplomacia pública”. Otra modalidad reconocida por la doctrina en la materia es la diplomacia pública transnacional, como las de la Unión Europea y la OTAN.

Mientras que China ha puesto en marcha en los últimos años una intensa campaña de diplomacia pública para contrarrestrar los recelos que despierta su creciente poder económico y político. En este año 2020, a propósito del COVID -19, ha sido notable lo que algunos medios de comunicación han denominado “la diplomacia de las mascarillas”.

Otro caso particular que merece ser tratado es el caso de Rusia. Para fortalecer su influencia internacional y generar “soft power” se ha considerado que la Rusia moderna continua el desarrollo de la “diplomacia de asistencia”, pero ha tenido que reajustar algunas de sus prácticas, dada la reducción en las capacidades financieras de esa nación y en vista de una transformada arquitectura geopolítica.

Moscú mantiene el punto de vista de considerar como uno de sus intereses más esenciales el tener una política exterior orientada a la seguridad y al desarrollo. Prioridades estas que combina con políticas e instrumentos civiles y militares dirigidos a los Estados que conformaron junto con Rusia, la antigua Unión Soviética. Obviamente, la política exterior de ese país también ha tenido presente en la proyección de su imagen en la Comunidad Internacional, la incidencia del COVID-19 en esa nación y a nivel global, y al respecto destacan sus acciones de colaboración con otras naciones a las que ha enviado insumos médicos para enfrentar la pandemia.

Periódicamente se convocan encuentros de los países que han implementado la diplomacia pública, evidenciando con ello que esa modalidad de diplomacia debe formar parte de cualquier estrategia efectiva en el campo internacional.