Revelaciones

Ideas tontas inspiradas por el Covit-19

En Los Prados hay dos que honran a unos escritores de la misma familia, por lo que el dislate es doble: Juan Isidro Ortea (1849-1881) y Virginia Elena Ortea (1866-1903) que en el rótulo tiene como apellidos el de Ortega, en vez de Ortea. Atención alcaldesa Carolina Mejía...

Por Manuel Mora Serrano

1.-Eso de inspiradas por el Covid-19

No pasa de ser una bravuconada. La idea tonta es que si la humanidad ha menospreciado siempre a los más pequeños, a los invisibles, con mayor razón, por su pequeñez y su insignificancia, por no verse a simple vista, pero el Covit-19 nos tiene peor que si se hubiera tratado del gigante más grande del mundo. Los griegos demostraron que los Titanes podían ser derrotados. Si fuera un ser enorme hace rato lo hubieran destruido. Hay que temerle a los chiquitos, como en aquel cuento chino anónimo que copiamos para deleite de nuestros lectores:

“La cólera de un particular   

El rey de T’sin mandó decir al príncipe de Ngan-ling:

—A cambio de tu tierra quiero darte otra diez veces más grande. Te ruego que accedas a mi demanda.

El príncipe contestó:

—El rey me hace un gran honor y una oferta ventajosa. Pero he recibido mi tierra de mis antepasados príncipes y desearía conservarla hasta el fin. No puedo consentir en ese cambio.

El rey se enojó mucho, y el príncipe le mandó a T’ang Tsu de embajador. El rey le dijo:

—El príncipe no ha querido cambiar su tierra por otra diez veces más grande. Si tu amo conserva su pequeño feudo cuando yo he destruido a grandes países, es porque hasta ahora lo he considerado un hombre venerable y no me he ocupado de él. Pero si ahora rechaza su propia conveniencia, realmente se burla de mí.

T’ang Tsu respondió:

—No es eso. El príncipe quiere conservar la heredad de sus abuelos. Así le ofrecieras un territorio veinte veces, y no diez veces más grande, igualmente se negaría.

El rey se enfureció y dijo a T’ang Tsu:

—¿Sabes lo que es la cólera de un rey?

—No —dijo T’ang Tsu.

—Son millones de cadáveres y la sangre que corre como un río en mil leguas a la redonda—dijo el rey.

T’ang Tsu preguntó entonces:

—¿Sabe vuestra majestad lo que es la cólera de un simple particular?

Dijo el rey:

—¿La cólera de un particular? Es perder las insignias de su dignidad y marchar descalzo golpeando el suelo con la cabeza.

—No —dijo T’ang Tsu—, esa es la cólera de un hombre mediocre, no la de un hombre de valor. Cuando un hombre de valor se ve obligado a encolerizarse, como cadáveres aquí no hay más que dos, la sangre corre apenas a cinco pasos. Y, sin embargo, China entera se viste de luto. Hoy es ese día.

Y se levantó, desenvainando la espada.

El rey se demudó, saludó humildemente y dijo:

—Maestro, vuelve a sentarte. ¿Para qué llegar a esto? He comprendido.”

El pueblo nuestro tiene una moraleja que compendia ese relato: “No hay enemigo chiquito”.

Ilustración china de ese cuento

2. El lío de los nombres de las calles de la capital

Otra idea tonta es la de pedir que sea el Ayuntamiento del Distrito o cualquiera de los ministerios de Cultura, de Educación y el Mecyt que decidieran formar una comisión de alto nivel que podría estar compuesta por representantes de esos cuatro, más algunos de las Academias de la Historia, de la Lengua, de Ciencias y del Archivo General de la Nación para que revisaran los méritos de las personas que han sido honradas con sus nombres en las calles de esta ciudad “Primada de América” y el resto del Gran Santo Domingo.

Creemos que si movieran esos altares, estaría el santo rodando por el suelo que daría pena. Es tonta la idea, pero necesaria.

Relativo a ese tema, da vergüenza que haya errores ortográficos e históricos en los nombres de algunas vías. Entre ellas y solo como ejemplo, porque si se hace el cotejo aparecerían muchas más: La calle Virgil Díaz, que nace en la Avenida San Martín de Villa Juana. Parece una confusión con el primer pelotero dominicano en Grandes Ligas, que se llama Osvaldo José Virgil Pichardo (Ozzie Virgil) (1932), que méritos tiene para la suya. Empero, honra a un poeta capitaleño de cepa y debe corregirse, se trata de Otilio Andrés Marcelino Celestino Vigil Díaz (1880-1961), conocido solo por sus dos apellidos.

En Los Prados hay dos que honran a unos escritores de la misma familia, por lo que el dislate es doble:Juan Isidro Ortea (1849-1881) y Virginia Elena Ortea (1866-1903) que en el rótulo tiene como apellidos el de Ortega, en vez de Ortea.

Atención alcaldesa Carolina Mejía: Para eso no hay que hacer ninguna reunión, sino mandar a corregir esos errores vergonzosos.

A propósito de ese tema: ¿No les da vergüenza a los ediles y a los síndicos o alcaldes que ha tenido desde el siglo pasado el Ayuntamiento del Distrito Nacional, que el poeta lírico más grande que haya dado esta ciudad en todos los tiempos, por no decir la Ciudad Colonial dominicana, Franklin Mieses Burgos (1906-1976), 44 años después de su tránsito, no tenga una Avenida o una gran calle que se honre con su ilustre nombre? Y esa idea, de tonta no tiene nada.

Foto de Vigil Díaz en la revista Letras (L…) No. 180 del 24 de Dic. 1920

 

3. La gran patraña de las provincias en Santo Domingo

Creemos que si hubiera la reunión de alto nivel para pasar revista en cuanto al Gran Santo Domingo, se vería la gran patraña, porque si usted le pregunta dónde vive, a uno que resida en Los Alcarrizos, en Villa Mella, en Alma Rosa o en Herrera, le dirá que vive en la ciudad de Santo Domingo; eso de la división en provincias, podría aglutinarse como los cincoBoroughs o ‘Boros’ como dicen en ‘spanglist’ de Nueva York, pero la ciudad sigue siendo una de las más populosas de USA. Nosotros, en vez de que la Primada fuera considerada de las grandes urbes, por el empleísmo perredeísta, ya no somos de las más… Y esa, tampoco es una idea tonta; la tonta fue la de los que hicieron ese desaguisado, cuando pudieron, si lo que se quería era fragmentar la odiosa concentración, hacer constar que aunque fuesen provincias o inventar un término especial cualquiera, seguían siendo parte de la ciudad de Santo Domingo, pero no lo hicieron en las veces que modificaron la Constitución para prohibir o autorizar la reelección, principalmente.

4. Las 7 regiones geográficas determinadas.

Esta es una vieja idea. Aunque odiemos las concentraciones, hay algunas necesarias y útiles. Es hora de que lo que aparece en documentos y en muchos sitios, se convierta en realidad legal.

Tenemos siete regiones perfectamente señaladas: El Distrito Nacional y las Provincias del Este, el Norte y el Oeste que forman El Gran Santo Domingo, aunque podría penarse en anexar a Monte Plata en el futuro. La Región Este que está en esa enorme península curvada, tiene a Monte Plata, San Pedro de Macorís, La Romana, La Altagracia, El Seybo y Hato Mayor. Lo mismo pasa en el Sur Oeste con San Cristóbal, Peravia, Azua, San Juan de la Maguana y Elías Piñas. La del Sur profundo con Barahona, Bahoruco, Jimaní y Pedernales. La región Noroeste con Valverde, Santiago Rodríguez, Montecristi y Dajabón. La Central que tiene a Puerto Plata, Santiago, La Vega, Monseñor Nouel y Moca. La Nordestana está clara: Duarte, Hermanas Mirabal, Sánchez Ramírez, María Trinidad Sánchez y Samaná.

De ese modo la fragmentación necesaria sería maravillosa: Una Subsecretaría de cada ministerio estaría asentado en la ciudad más populosa de cada grupo.

Sería una especie de Confederación y cada Región podría tener un pequeño gobierno autónomo con un Delegado elegido por el pueblo, el Central y el de cada provincia con vinculación con el Poder Ejecutivo, sustituyendo a los gobernadores.

Parece una idea loca, pero tiene fundamento porque, modestia aparte, las hace un dominicano que ama intensamente a su país, que nunca ha pasado más de un mes de su larga vida fuera de sus fronteras, y que espera morir dentro de ellas hasta que  parte de sus cenizas se esparzan en el sitio donde su ombligo está enterrado, y en el río Cuaba. El resto en el viejo cementerio de Pimentel. Se diría que todas estas ideas no son más que delirios inspirados por una fiebre del Covit-19 mortal, que por haberme cuidado tanto, no haya padecido.

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