En mi anterior artículo escribí sobre la necesidad que tienen los niños y los adultos de disponer de tiempo libre para la reflexión y como en las sociedades contempóraneas esto se obstaculiza por una cultura de ocupar todo el tiempo con actividades.

Esta hiperactividad hace que las personas se sientan insatisfechas cuando por ejemplo, sus hijos se encuentan en casa sin hacer nada. Se interpreta que nuestra dignidad, reconocimiento, salud y felicidad dependen de hacer algo todo el tiempo.

Este sentimiento autoimpuesto es generado por un modelo económico que se nutre del trabajo y del consumo, estigmatizando el ocio por improductivo y generando un proceso de apropiación del tiempo que deja al individuo despojado de horas para su autorealización auténtica.

La cineasta Cosima Dannoritzer ha presentado recientemente el documental Ladrones de tiempo, una propuesta crítica que nos lleva a reflexionar sobre este “hurto del tiempo” en la sociedad contemporánea.

En una entrevista a propósito de su documental, Dannoritzer ha dicho que en las grandes sociedades occidentales el sistema roba el tiempo de la ciudanía por la creación de una cultura de “sobreadaptación al exceso de trabajo”.

La directora nos llama la atención sobre como nuestro tiempo es apropiado no solo en los lugares de trabajo, sino también fuera de él, porque el modelo ecónomico actual convierte al ciudadano no solo en un consumidor, sino también en un “trabajador parcial”.

El proceso de sustitución de la empleomanía con el objetivo de ahorrar costos hace que el ciudadano gaste tiempo en actividades que anteriormente realizaban los empleados contratados por la empresa.

Una secuela de este proceso es un ritmo de vida caracterizado por la carencia de reflexión y de solidaridad. No hay tiempo para detenerse a pensar con profundidad ningún problema, como tampoco para relacionarse con el otro y sus necesidades. El tiempo de las relaciones mismas “se hurta” para la interacción ficticia de las redes sociales que reproducen en el mundo virtual el mismo modelo de tiempo apropiado para la incitación al consumo.

El resultado final es un empobrecimiento general de la calidad de vida de las personas y un debilitamiento de las sociedades democráticas, por el socavamiento del debate crítico y la ausencia del diálogo pausado, así como por la carencia de implicación colectiva en los problemas fundamentales de la vida ciudadana.