«Los hombres parecen estar tan intimidados que ya no se defienden. Pero deberían hacerlo»

Doris Lessing

Nadie sabe cómo ciertos discursos absurdos ganan elecciones, cómo las personas terminan votando por sujetos con discursos extraños a la racionalidad aprendida. Todos los días la mayoría de los medios construyen el mundo ideal y a pesar de sus enseñanzas la realidad colapsa y todo es contrario a sus dogmas.

Uno de los temas es la mujer como víctima del hombre, siempre en la medida de su poder. No es un tema de mujeres pobres, las teorías revolucionarias llegan a los pobres desde la clase media, es pues, un tema de mujeres ricas en el estrellato de la cinematografía y de los medios, de portentos de la clase media que van a las universidades como muchedumbres, que en gran parte no superan la edad de los 30 años y son muchas, muchísimas, las que no cumplen los 25 y también hay pocas que superan los 50, salen todos los días con el argumento de que son víctimas de una sociedad machista, que en los términos eufemísticos se define como sociedad hetero-patriarcal o de la hegemonía de la normatividad hetero-patriarcal, concepto que son parte de un aluvión teórico que tiene como exponentes principales lesbianas o afines dentro de la comunidad LGTBI.

El discurso de la mujer desvalida parece unánime, discurre en que las mujeres son víctimas de los hombres no adheridos a la representación de la nueva masculinidad, víctimas de hombres extraños a la idea, no se sabe cómo, de sentir los malestares del embarazo o diferentes de aquellos que quieren ser solidario en carne propia en los dolores de parto.  La narrativa dominante es que las mujeres son víctimas de los hombres que no quieren ser mujeres ni colocarse en su lugar ni sustituirlas en la vida conyugal representando sus papeles en la vida sexual.

Hay mujeres que asumen un discurso contrario sobre los hombres y hay otras del antiguo feminismo que han argumentado diferente a las propuestas del tsunami mediático que todos los días sale con el mantra del cual se deriva que el hombre es un potencial asesino de mujeres sólo contenido por los límites de sus posibilidades que una vez superadas mata, que toda mujer al lado de un hombre está en peligro de muerte y que el hogar es una zona de riesgos de muerte para las mujeres, no lo es para los niños y niñas que en el hogar han sido víctimas de las mujeres, sino que lo es para la mujeres porque en el hogar está el hombre. Todos esto está consagrado por peritos infames de los organismos internacionales.

El hombre como asesino de mujeres y potencial violador se argumenta en parte con datos estadísticos manipulados de los feminicidios, donde todas las mujeres muertas en actos de violencia donde interviene el hombre son siempre víctima de la misoginia. Se toma menos del 10% de las muertes violentas ocurridas en un año para hablar de epidemia de asesinatos de mujeres en un registro macabro que ignora el tema de la violencia en su conjunto y las muertes de los otros y sólo reuniendo los crímenes de mujeres ejecutados por hombres en varios años pueden alcanzar una cifra aproximada de las muertes de los otros en un año. Ignoran los asesinatos de los otros porque se trata de hombres muertos por otros hombres o por algunas mujeres, de muchos hombres jóvenes que mueren asesinados en un contexto donde las mujeres terminan siendo también asesinadas, no como un asunto aislado y conyugal, donde el hombre sólo tiene el papel de asesino, sino por un entorno violento cuyas consecuencias se observan en algo tan cotidiano como el tránsito.

Hablan entonces de adoptar políticas y de vaciar leyes para castigar a los hombres y se trata de eliminar para cualquier denuncia sobre la llamada violencia de género la presunción de inocencia, con la ineludible prisión decidida por mujeres colocadas en el ámbito de la administración de justicia con la vocación de un verdugo, con la misión de salva a la mujer de los hombres, justicia integrada en algunos casos por jueces que no pueden resistir la batería de los medios. Se nota claro el absurdo cuando desde los tribunales, que potencialmente deben tomar decisiones sobre el tema de la violencia y las mujeres, se hacen campañas colocando a los hombres en el papel de agresores, casi como una condición derivada de su especie.

Hay casos con los que se pretenden condenas por la violación de infracciones con tipificaciones defectuosas y absurdas, dejadas a la subjetividad de quienes no resisten haciendo justicia la presión de los medios y al deber de obrar en contra de los hombres cuando miran a las mujeres. Ese absurdo de penas y sanciones nunca explica ni soluciona cuando sus consecuencias son imposibles por el acto suicida de un hombre después del asesinato de una mujer, porque el discurso es unilateral y con fundamentos que concluyen en la exclusión del hombre de la vida de las mujeres, hablando de soluciones feministas sin reparar en el sujeto que mata y sus circunstancias.

El discurso en contra de los hombres no gana elecciones, pero por medio de los grupos de presión arropa todas las instituciones, creando sistemas absurdos de cuotas para darle a mujeres posiciones políticas por el simple hecho de serlo, que no obtienen en el ruedo político en el modo que las lograron muchísimos ejemplos femeninos que han sido reina, emperatrices, jefas de gobierno y presidentas.

El hombre de hoy debe vivir avergonzado de sus crímenes y de su condición de criminal nato de mujeres, aunque cuando no haya cometido crimen alguno y haya muchos hombres muertos en defensa de la vida y el honor de las mujeres, pues su condición criminal se infiere del 10% de los crímenes totales en un año cualquiera. Se requieren hombres extraños a la amabilidad con las mujeres para no ser objeto de ataque a través de discursos de odio de los que dicen ser odiados. Se pide al hombre que no mire a las mujeres, pero no hay nada igual con respecto a sus competidoras lesbianas.

Dice Nancy Huston, que el feminismo nunca ha sabido explicar la coquetería femenina, que se explica por la mirada de un hombre. Las mujeres -según esta autora- se obsesionan con su cuerpo y gastan su dinero para mejorarlo, para verse más hermosas y todas las mujeres saben porque lo hacen, menos las feministas. Estas quieren borrar la estética femenina que asumen con extravagancia los homosexuales, y prefieren no maquillarse, poner su pelo en tono de grises para excluir las miradas de los hombres, proponiendo evitar la mirada del hombre sobre el cuerpo de una mujer – que según la Huston- «es involuntaria innata, que está programada en el disco duro genérico del macho humano para favorecer la reproducción de la especie, por lo tanto, es difícilmente controlable.».

Para la feminista el cuerpo de la mujer y su estética está separado del alma. Los hombres debemos ver el alma de la mujer con su contenido, tal propuesta elitista propone que de las mujeres sólo se observe por lo que piensan, olvidando que los hombres pueden amar a las mujeres sólo por el hecho de ser, por la inefable razón de ser mujer.