Acababa de llegar a la capital desde Pedernales cuando conocí los estudios de la primera emisora dominicana: “HIZ, la pionera” (1926). Era yo un mozalbete del suroeste fronterizo con las “hojas verdes sobre la cabeza”, que había hecho pinitos en la única emisora provincial y llegaba a la urbe lleno de sueños: estudiar en la UASD e insertarme en el difícil mundo de la radio capitalina. Era domingo en la mañana, final de 1979.  https://www.youtube.com/watch

La estación de los 730 de la Amplitud Modulada estaba ubicada en la calle El Conde, edificio Copello (1939), sede de gobierno del coronel Francisco Alberto Caamaño (1965), tras la Guerra de Abril. Cada día pisaba sus peldaños hasta el segundo piso sin conocer ni por asomo que estaban preñados de historia política. Por favor, lea este enlace, y vuelva. http://elnacional.com.do/el-copello-y-caamano/.

Del origen de la emisora, sí. Sabía de Frank Hatton, por lecturas y por su pariente Nurín García Hatton, quien, cada noche, producía y conducía un programa icónico de jazz y otros géneros, por RPQ Cadena Azul, donde yo laboraba. Como emprendedor. Frank había aprovechado los equipos dejados por las invasoras tropas estadounidenses (1916), y, con sus amigos, armó un pequeño transmisor de AM, de diez vatios de potencia, con el cual comenzaron las transmisiones broadcasting en República Dominicana. HIH la designaron. (HI, de Hispaniola, H, de Hatton).    

El jolgorio del Conde  (luego peatonal, alcaldía de Suberví) me parecía extraño. Había llegado de una provincia familiar, tranquila, limpia, educada, deportiva, y musical donde la estridencia escaseaba. Aquello semejaba una vitrina estresante para el figureo de damiselas y flirteos de mirones bajo una atmósfera de hollín y ruido producto de un tránsito caótico. Escenario de locos a rabiar, mendigos, poetas, cantores callejeros, pintores, músicos, escritores y turistas.

En las tiendas de “lujo” era permanente el cruceteo de clientes. Recorrer la vía exhibiendo las etiquetas de las tiendas en las bolsas, resultaba más excitante que las compras mismas. Flomar, Los Muchachos, La Ópera, La Margarita, R. Esteva, El Palacio, El Corte Fiel, Lope de Haro, Lombas, Musicalia, La Princesita, Discomundo, Pacos Cafetería, La Cafetera… Todas, vibrantes.

El Conde colonial era una especie de eso que ahora arropa la metrópolis y, muchos, con la lengua retorcida, denominan Mall.

LOCURAS DE LA ÉPOCA

Aquella mañana de domingo, cuando llegué a HIZ  y vi, en vivo, sin la mediación del cristal de la cabina, quedé petrificado al ver al locutor Willy Rodríguez haciendo el concurso de resistencia para los oyentes: “Willy-Willy disco-show, Willy-Willy…”.

En Pedernales, escuchaba a HIZ, con “Tres Patines” y sus radionovelas incluidas. Igual a Radio Clarín y sus animadores. Luego, a Radio Visión, de los Brea Peña. Percibía que un hilo conductor conectaba a los locutores de esas empresas: nunca ofendían ni gritaban para animar, y animaban bueno, sin atropellar el idioma. Hasta ahí llegaban sus locuras. Enrique Fernández, Francis Moya, Rubén Darío Aponte, Nelson Brudy, Jesús Sánchez, Ramón Aníbal Ramos, entre otros de no menos calidad, se repartían las audiencias.

Aquel domingo por la mañana conocí a Reyes Guzmán, locutor y encargado de grabación de HIZ. Luego al director Ramón Sanabia Juliao, la tierna María Medrano (entrada en edad), a Pablo Aybar Tamarez (Madám Sagá) con sus “Ángeles Negros” y su particular estilo.

Reyes, un tipo de piel amarilla y eternamente flaco como una anguila, receptivo como pocos, se concentraba en la realización de los programas románticos del Show de Willy Rodríguez, las grabaciones del estudio (grabar, cortar y pegar cintas) y en acompañar en el programa de farándula cada mañana a la editora de la sección Temas del periódico Hoy, la “vieja y terca” Emely Tueni (la Turca, según Cuchito Álvarez, director de Hoy).

El legendario Fernandito González Tirado, con su voz alta y fañosa, era puntual con su programa deportivo, una escuela para muchos, hasta su muerte.   

Los años pasaban, yo seguía entre sobresaltos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y el sueño por trabajar en “La pionera”. Sueño que casi se convertía en pesadilla mientras laboraba en otras estaciones (Radio Unión, Radio Eco o, después, Estrella 90 o RPQ). No podía ocultarlo.

De algo estaba consciente: lograr el objetivo no era cuestión del destino, sino de enfoque, perseverancia y trabajo.