Usted los debe haber visto, amable lector, esos jóvenes que lucen vintagemente arreglados, les llaman Hipsters. Mi primer contacto con estas criaturas lo tuve cuando llegué a Nueva York y pasé mucho tiempo en el invadido Brooklyn. Inmediatamente noté la trabajada forma en que usaban las bufandas. Yo nunca había usado bufanda, nadie se tomó el tiempo de enseñarme, me la enrollaba al cuello como una soga gorda, no se veía como muy bien. Así que en el primer momento que tuve agarré un hipster y le pedí que me enseñara. Fue muy amable, pero después de una hora y 400 intentos decidimos que yo no tenía esa habilidad. "Keep trying at home", me dijo con pena el rubio barbudo muy bien peinado.

Después de pasar unos meses observándolos, viviendo entre ellos, escuchando sus traumáticas historias sobre una infancia cómoda en un barrio caucásico del Medio Oeste donde era un poco difícil encontrar libros de Murakami, aburrido por sus infinitos análisis de sí mismos, recordé el poema que el visionario Mr Pound les dedicó:

Salutation'

Oh generación de los profundamente presumidos

Y profundamente incómodos,

Yo he visto pescadores celebrando picnics en el sol,

Yo los he visto con sus desarregladas familias,

Yo he visto sus sonrisas llenas de dientes

Y escuchado desgarbada risa.

Y yo soy más feliz de lo que tú eres

Y ellos son más felices de lo que yo soy;

Y los peces nadan en el lago

Y ni siquiera poseen ropa.

Es natural que los viejos sientan desdén hacia los jóvenes, perdón, la palabra es envidia. Pero más allá de eso, y olvidando que Mr Twain dijo que "el mundo es dado a resentir imposturas y afectaciones", están las pequeñas molestias concretas, vaya usted, amable lector carnívoro, a uno de sus habitats o asentamientos, entre a comer a uno de sus altares al vegetarianismo ortodoxo y encontrará un menú de insumos e infusiones verdes y yerbas extrañas que usted nunca ha oído mencionar, y que es muy posible que no sean cultivadas en este planeta; de postre tendrán un tibio mejunje de soya con helada mermelada de clorofila (del consumo excesivo de Clorofila proviene el rumor de que los hipsters tienen la sangre verde). Además, encarecen sus alrededores, la renta sube, las frutas son muy orgánicas y carísimas (¿5 dólares por un guineo? Déjame probarlo. ¡Santísimo qué guineo tan bueno!) y si usted tiene que ir a alguno de sus eventos sepa que va a ser un martes a las 12 del mediodía y tendrá que coger tres trenes y dos bicicletas para llegar.

He aquí algo que les escribí plagiando a Mr Pound:

 

Hipsters Salutation

Oh generación de ignorantes de Pound

Que no pintas paisajes o retratos

Que no alivias dolores del cuerpo 

Que no escribes novelas o poemas

Que no cocinas pastelones o paellas

Que no tocas Merengue o Jazz

Que no manejas un camión de bombero.

 

Yo te he visto

Arreglando por 23 minutos tu bufanda

Hecha a mano por las marrones manos

De una niña marrón de ocho años.

 

Yo te he visto

Usar esa bufanda de antifaz

Cuando pasa el mendigo

Que vive en el Subway.

 

Yo te he visto

Preocuparte por un gato

Que maulla en la basura  

Y amorosamente nombrarlo Brooklyn.

 

Y ese gato tiene menos alma que ese mendigo

Y tú tienes menos alma que ese gato

Y con cada primavera hay una nueva tienda 

Donde puedes comprar tu exclusiva ropa vintage. 

Pero bueno, no todo es malo en hipsterlandia, la verdad es que cuidan la tierra, no tiran basura, reciclan, no son violentos y, como viven entre ricos, hay pocos crímenes callejeros; además, "la juventud es una enfermedad que se cura con la edad" dijo un genio irlandés y desgarbado llamado Flann O’Brien. Imagino que eso pasará con los hipsters, una mañana de otoño se levantarán con muchísima hambre, no se mirarán al espejo, se enrollarán la bufanda al cuello como una soga gorda y en piyamas saldrán a comprar un pedazo grande de carne requetefrita. Es muy posible que miren con desdén, con envidia, a los jóvenes que seguirán presumiendo que son especiales.