"El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma."
Bertolt Brecht

Una pareja intenta besarse en el metro de la ciudad, pero la interrumpe un oficial de policía. Es el inicio de sucesivos intentos de la pareja por besarse en diferentes espacios citadinos. Todos estos intentos son frustrados por distintas personas que reclaman a la pareja comportarse “como Dios manda”.

La escena es el inicio de la obra Como Dios manda. Constituyó el momento fundacional  de la propuesta dramatúrgica de Teatro Divergente.

Esta propuesta artística pretende contribuir a la creación de espacios de participación popular. Para ello, se requiere de una redefinición de los escenarios donde se presentan las obras. Se puede hacer teatro en escenarios populares, porque se quiere accesar a un determinado tipo de público. Pero también, se buscan ciertos lugares, porque se entiende que ayudan a construir el tipo de propuesta teatral deseada. En este sentido, no existe un espacio “ideal per se”  para presentar todas las propuestas teatrales.

“Es importante –nos dice Tomás Rubio, cofundador de Teatro Divergente- definir qué es un espacio teatral y a partir de ahí, no es más importante ninguno”.

En República Dominicana, el teatro se asocia frecuentemente con lo grande. Los medios de comunicación contribuyen con esta imagen al promocionar exclusivamente los grandes espectáculos, olvidando el arte alternativo que no está asociado a figuras famosas ni a los escenarios rimbombantes. Al respecto, señala Tomás:

“La obra que se hace en el patio de un barrio no es menos importante que la que se hace en una sala grande. A veces el teatro más interesante se encuentra en una sala pequeña de la ciudad. Los medios de comunicación se olvidan de lo pequeño. Esto deben cambiarlo. De nada nos sirve un gran festival de teatro cada año, sino hay un apoyo continuo, un respeto continuo a lo pequeño”.

Los espacios abiertos son importantes para quienes pretender transmitir una propuesta dramatúrgica plural, integradora, participativa y promotora de formas de vida democrática. De hecho, para Tomás existe un vínculo entre el encerramiento del teatro en salas y el control político de la gente. El teatro de calle constituye una ruptura con ese control político.

“Que yo sepa, nunca se prohibieron los carnavales de salón, pero sí han estado prohibidos en América y en Europa los carnavales de la calle. En la tradición teatral, cuando las compañías iban de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad y eran recibidos por los vecinos en la plaza, la gente se incorporaba”.

Tomás e Ingrid apuestan por un arte vinculante con la gente. Tomás lo sintetiza con este propósito: “Tratamos de hacer una transparencia, una comunicación-comunión con el público, no desde una posición de poder, de separación del artista y la gente”.

A la pregunta de si se sienten solos en esta tarea, Ingrid responde negativamente. Entiende que hemos tenido referentes de teatro que han mantenido constancia, criticidad, autonomía y coherencia. La tarea por hacer es articular estos referentes.

Para Tomás el artista tiene una función especial por el hecho de ser artista: “Conjurar la belleza. Una forma sencilla de convocar la belleza es actuar como uno es. Si tú eres sincero, eres bello. Más allá de que gustes o no, se debe ser un testimonio de autenticidad”.

Resulta difícil ser auténtico en el contexto de lo que Mario Vargas Llosa ha denominado, siguiendo a Guy Debord, “La sociedad del espectáculo”. La frivolidad de la cultura y una despiadada competitividad por la fama y la presencia en los medios parecen atentar contra el arte auténtico. El nivel de competitividad hace del arte un mundo infernal y lleva al artista hacia su aniquilamiento. Al respecto, nos dice Tomás: “Si lo que quieres es el glamour, eso es lo que hay. Porque hay profesionalidad, pero no pro-fe, fe en lo que haces. Importa más que lo que haces, cuantos periodistas te abordan en la alfombra roja del premio X”.

En este sentido, el auténtico arte tiene una función importante, porque no es mero entretenimiento, ayuda a mejorar la sociedad.

Al respecto, nos dice Tomás que el ejercicio del teatro nos permite obtener una comprensión profunda de fenómenos como la violencia y la corrupción institucional. Al mismo tiempo, juega un papel de catarsis:

“Hay personas que después de ver una obra no necesitan ya un psicólogo, porque algo se ha despertado al ver aquella obra. Existen muchachos en un liceo de Santiago que después de hacer teatro, hablan mejor, si hablas mejor, estás construyendo una mejor vida, porque están convocando sentimientos con mejores palabras. También hay médicos que en su protocolo no ríen, pero emplean el teatro como forma de reír, como forma de sanación”.

A esto agrega que el teatro contribuye a romper la distancia con la gente. En un campo de Monte Plata, con algo tan común como una escobilla de baño y una camisa se recrea una escena “bella, mágica". Se trata de un teatro sin grandes recursos, que se acerca a las vivencias y los escenarios de la gente, abriendo los espacios cerrados de la cultura autoritaria.

Desde la pequeña sala íntima de un teatro de la ciudad, o desde las calles de cualquier comarca de la nación, Teatro Divergente abre con su arte espacios a la libertad.