El día de ayer estuvo cargado de temas para escribir y que de seguro podrían resultar más atractivo para quienes nos otorgan el favor de leer lo que escribimos y aunque pensaba referirme a los arrestos de algunos funcionarios del antiguo gobierno, ayer recibí una noticia muy triste y se trata de la partida del sacerdote jesuita Jorge Cela.

Como la realidad es cambiante y dinámica en la escogencia de los temas prima el interés y el ánimo en querer aportar al respecto, por eso mi corazón cambió de latir y mi ánimo se compungió porque Jorge Cela no fue cualquier persona, no fue cualquier sacerdote, con su partida los empobrecidos perdieron una gran voz.

A su muerte Cela tenía 79 años de edad, 61 años de jesuita y cumplió 50 años de sacerdote.  Ordenado en 1970 en San Juan, Puerto Rico. Obtuvo la maestría en Antropología en la Universidad de Illinois y un Diploma en Pastoral para el Desarrollo en Lumen Vitae, Bruselas.

De 1973 a 2003 trabajó en las parroquias de Guachupita, los Guandules en Santo Domingo. Fue profesor de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, del Seminario Santo Tomás de Aquino y el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó. Dirigió la ONG Ciudad Alternativa (1988-1992) y el Centro de Estudios Sociales P. Juan Montalvo, S.J. (1993-2003). Fue Director de la revista Estudios Sociales y Coordinador del Sector Social en la Asistencia de América Latina Septentrional.

En 2003 fue nombrado Director de Fe y Alegría Dominicana y luego Coordinador Internacional de la Federación Internacional Fe y Alegría. Desde 2010 era Superior de la Región de Cuba.

¿Pero quién fue Jorge Cela el ser humano? Era un apasionado del trabajo con la gente empobrecida, un hombre de trato afable y cercano.

Jamás hizo alarde de su preparación intelectual, sus múltiples títulos ni de los puestos importantes ni reconocimientos que en vida recibió, por eso su partida física consterna nuestro ánimo y estremece con clamoroso fragor las entrañas de nuestras almas porque, apagada está la voz que por tantos años clamó por los derechos de las personas empobrecidas.

Su libro, La Otra Cara de la Pobreza, era texto obligado para entender un sistema que hunde sus uñas ponzoñosas en la piel de quienes menos posibilidades tienen.

Jorge Cela fue un hombre que tuvo una confianza ciega en Dios, un hombre fundamentalmente bueno. Bajo su pecho latía un corazón inmensamente magnánimo.

Te quedarás siendo parte de nosotros dentro del propio mundo interior de nuestros afectos en el que estaremos unidos para siempre. Viviste el amor pleno en los demás, en tus enseñanzas, tus libros convertidos en textos obligados de consultas, las tantas personas que el Señor tocó gracias a tu trabajo, y seguirás vivo en el corazón de los barrios en donde pasaste haciendo el bien.

Te llevaste la ofrenda hermosa de las tantas manifestaciones de cariño, de gratitud, cosa que por lo general no ocurre, pues mientras las personas están con nosotros normalmente, somos poco dados a expresarles lo que significan en nuestras vidas, el afecto que hacia ellos sentimos o el reconocimiento por sus tantas cualidades positivas, pero contigo, querido Jorge, no fue así.

Nos enseñaste que en la vida hay cosas más importantes por reconocer en el ser humano que las banalidades exteriores en que muchas veces detenemos nuestras conversaciones.

El legado que nos dejas es enorme e imperecedero. Tus obras permanecerán mientras permanezca quien decida aprender a mirar con tus ojos y tu corazón “La Otra Cara de la Pobreza”.