Antes de existir la actual ley de cine lo que teníamos como historia del cine dominicano era insignificante. Entonces no es hasta la segunda década del siglo XXI que arranca como industria. Nunca hubo tanto apoyo como hasta ahora y, sin embargo, el común denominador de la calidad no se corresponde con la avanzada tecnificación que exhibe en la captación y administración de recursos.
Ni éxito en taquilla, ni premios no parecen ser motivos para animarse a producir buenas historias con buen nivel cinematográfico “si funciona como está para qué preocuparse”, dicen. Lo que hay es prisa por hacer negocios, de donde se desprende que el mismo grupo de las comedias abarcan todo el año sin que se preste atención a otra cosa que no sea el negocio por el negocio mismo.
Entonces todos los papeles terminan por cruzarse, sin respetar fronteras ni responsabilidades en los contenidos lo que crea una burbuja llamada “cine dominicano”, una industria tópica. Sabemos ya que hacer buenos negocios es asunto de inversionistas y de exhibidores no de los trabajadores en sí de la película.
El séptimo arte como se conoce el cine es lo menos apetecido por el concierto de grandes productores (grandes porque son recaudadores-productores de cine). El resumen de todo lo que se ha hecho arroja números negativos en ese sentido.
La cuestión de si el cine es negocio primero y arte después, o de que es industria y no otra cosa, muestra la predisposición hacia una frigidez cultural propia de sociedades bárbaras. ¿Es que cuando se habla de negocios se olvida que el cine y la ley de cine están adscritos al Ministerio de Cultura? No dice Ministerio de Finanzas, ni de industria y comercio.
Por experiencia, como productor de cine, es lo que veo como realidad, que no se piensa el cine en términos culturales sino de negocios. ¿Puede haber mayor esterilidad intelectual en quienes tuercen todo para que solo sea negocio primero y lo demás que se joda?
Mi convicción es que tenemos dos variables que llevaran a caminos disímiles. Un camino lleva al cine dominicano dominado por las comedias tópicas y la otra vía es la de cineastas nómadas que harán una buena película y luego desaparecerán o emigraran. Como hay intereses irreconciliables, eso significa que no existe una estrategia para crear la industria con buenos contenidos lo que nos lleva a ver que no se está creando público para el cine tampoco. Y esto último puede provocar el cierre de salas de cine para público masivo, pues es tendencia a salas tipo boutique, bien pequeñas y salas para el cine 7D que, debido al avance rápido de la tecnología de exhibición y entretenimiento, es lo que está a la vuelta de la esquina.
El cine dominicano de hoy se dio por una coyuntura política -en la que mucho ha tenido que ver el ex presidente Leonel Fernández- para la creación de lo que se conoce como ley de cine y la implantación de modelos de producción basados en esa ley. No obstante, creada la ley no se crearon mecanismos crediticios, administrativos, impositivos y financieros para que fuera democrática y acorde con sectores productivos. Al contrario, la ley solo sirve a quien tiene los mecanismos crediticios bancarios, lo que la hace inverosímil para la clase trabajadora y productiva.
Como se sabe el cine real se debió a voluntades políticas revolucionarias, no se debió a su atractivo comercial ni industrial ni de negocios. Gracias a grandes impulsos políticos y no a otra cosa.
Tal cual va, el cine dominicano de comedias tópicas está liquidando otras tendencias y géneros. Lo que es factible observar pues está a la vista que el cine dominicano rehúye a ser un hecho cultural de contenido. Y así no responde a la sociedad dominicana en proceso de fuertes transformaciones.
La falta de autoridad intelectual y moral tiende a jugarle un destino de desgracias culturales.