Mundo de la Vida

Hablemos de Dios

Por Roque Santos

Una de las problemáticas más enigmáticas colocadas al pensamiento filosófico es la referida al problema Dios. Digo problema Dios por la naturaleza de la cuestión y por el modo de comprenderla desde el ámbito del discurso racional. Como bien sabemos, en el inicio griego del saber filosófico la postura adoptada fue la de obliterar la realidad de Dios centrándose en el modo racional del quehacer filosófico. Ciertamente, el pensamiento filosófico buscó el modo de explicar la totalidad de lo real solo a la luz de la razón, dejando a un lado la recurrencia a los dioses como causa explicativa de los fenómenos del mundo natural. Hay una vocación a la inmanencia en el discurso filosófico griego que resulta provocadora y chocante a la vez dada la diversidad de dioses que poblaban el imaginario helénico.

La constatación de la realidad de Dios como problema filosófico tiene su peculiar matiz en el esfuerzo medieval por su demostración racional. Contrarios a los griegos, los pensadores cristianos que usaron la filosofía para su proyecto religioso, apostaron a la argumentación racional de su fe sin que ello generara conflicto alguno. El diálogo fe y razón era sustentado en la primacía de la fe sobre la razón y no a la inversa. Los esfuerzos explicativos de San Anselmo y Santo Tomás de Aquino son depositarios de una prioridad absoluta del discurso teológico sobre el discurso filosófico. Ambos partieron del silogismo aristotélico y sentaron las bases para una justificación racional de la existencia de Dios.

Es en la modernidad en donde se invierte la ecuación y la razón prevalece sobre la fe. En este sentido, la argumentación racional sobre Dios pasa a ser un problema que requiere más evidencias empíricas que procesos argumentativos. La ciencia empírica como paradigma de conocimiento verdadero transmutó el silogismo aristotélico por la experimentación observada y controlada. Aquí es donde el mundo se convierte en objeto cuantificable, observable, medible y si tuviese un creador este último estaba fuera del mismo o, en el mejor de los casos, todo el orbe y lo existente eran por sí mismos la realidad de Dios. La cuantificación de los datos no dejó margen a la realidad de Dios. La comprensión deísta abrió las ventanas al ateísmo.

La postura atea obligó a los teólogos y filósofos católicos a centrarse no ya en la justificación racional de Dios, sino en la reflexión sobre la experiencia de Dios como realidad trascendental fundante. Destaco aquí la arquitectónica conceptual creada por Xavier Zubiri para mostrar que cuando la persona humana se encuentra a sí misma desde el poder de lo real está realizando la experiencia de religación a la realidad de Dios. Subyace a este pensador español la idea de que la experiencia de Dios es la experiencia de religación a un trascedente absoluto. En otras palabras, accedemos a la trascendencia desde la inmanencia de la experiencia histórica.

Personalmente hoy me dejo guiar por las sabias meditaciones de Karl Rahner sj centradas no en la realidad de Dios per se, sino en la palabra “Dios”. El teólogo alemán expresó a inicios del siglo XX su convicción de que “la palabra Dios” tenía futuro. Partiendo del hecho empírico de la existencia nominal de la palabra, la palabra “dios” está ahí como un hecho del mundo, correspondía a la humanidad darle cabida como una experiencia espiritual que se ancla en una experiencia histórica. 

Solo la vivencia histórica de la experiencia de fe puede darle contornos a la palabra “Dios”, que por sí sola se muestra hueca y sin rostro. Como muy bien lo expresó uno de mis alumnos de introducción a la filosofía de la PUCMM: “Sí, la humanidad a través de la historia ha hecho entender la palabra “Dios” y también tendrá futuro porque se considera (que) nosotros mismos seguiremos dándole significado y poder como fundamento del mundo” (Emil Ramírez).

Desde su propio universo lingüístico, como experiencia del mundo y de sí que se hace sobre la marcha del caminante hacia lo infinito, la palabra que denota la realidad absoluta seguirá ahí, preguntándonos por nuestra propia experiencia fundante desde la vivencia compartida de una misma historia con los otros.

Hablar de Dios hoy es necesario por lo significado en nosotros.

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