Cuando yo era niña, el acceso a las cosas que más me gustaban eran temporales y hasta raras. La televisión no lo era todo en mi vida. Los programas para mi edad eran pocos, tenían su horario y cuyo contenido era filtrado. Al regreso de la escuela, un montón de niños y adolescentes pasábamos las tardes jugando afuera.   Teníamos patios, aceras, calles tranquilas y vecinos que nos corregían cual si fueran nuestros padres, si hacíamos travesuras.

Estábamos rodeados también de árboles frutales, con pleno derecho de maroteo. Yo era dueña y señora de cerezas, guanábanas, ciruelas (o jobos), guayabas, limones y almendras. En los patios adyacentes, había mangos, naranjas, cañas, limoncillos y otras bondades de la naturaleza. Así que nuestras meriendas estaban dictadas por el árbol parido del momento. Y eso que vivíamos en ciudad, cuando íbamos al campo, la abundancia se multiplicaba.

Hoy en día, a la hora de buscar meriendas para mis hijos me resulta inevitable comparar aquella espontánea forma de vivir con la actual. En los supermercados todo lo que contiene azúcares, preservantes y harina es mucho más accesible y abundante que lo natural. Cuando agarras una fruta, unas son más caras que otras, por ser “orgánicas”. En consecuencia, te preguntas qué te estás poniendo en la boca, si no pagas la fruta inflada en su precio. He visto videos que denuncian cómo las frutas son bañadas con químicos para que duren más tiempo y los comerciantes puedan así ganar más. Pero nosotros los consumidores, terminamos siempre perdiendo; ya sea el dinero, la salud, y en esencia, ambos.

Antes los muchachos no podíamos esperar estar afuera todos juntos jugando. Ahora hay que fijarse bien con quién van a juntarse los tuyos. Los programas infantiles tenían un horario, y cuando pasabas, pasaban. Había que conformarse. Ahora todo el que esté tentado por la televisión puede pasarse 24 horas al día, porque si no le gusta la programación, pueden elegir múltiples opciones vía internet. Y así poco a poco, tenemos una juventud más intolerante, porque nada los impresiona, nada los complace, de todo se aburren.

También, entre los amigos, cuando algo pasaba, no era gran cosa, el problemita se resolvía, con o sin intervención de los padres. Mientras la cosa se enfriaba te ibas a tu casa y si querías no tenías más contacto. Ahora, con las redes sociales, basta con que no le caigas bien a un desaprensivo, como para que te humille pública y mundialmente. Si trancas a los muchachos, tienen la opción de irse a un mundo virtual, en el cual pueden exponerse a terribles influencias. Los videos juegos les hacen obesos, vagos y ansiosos. Los muchachos de ahora casi no sonríen, son intolerantes, demandantes e indispuestos.

Yo tengo la gran bendición de tener hijos fuera de lo común. Son nobles, buenos y han sido educados para apreciar y valorar. Hemos tenido abundancias y escaseces, pero de todo Dios nos ha dado valiosas lecciones.   Y no me pinto como la familia perfecta, en ninguna manera. Pero sí como una madre que vela por el contenido emocional y espiritual de sus hijos. Lo común ahora son niños que les faltan al respeto a cualquiera, en especial en las escuelas. A diario mis hijos me cuentan de la osadía de ciertos jóvenes, de insultar y decirles vulgaridades a otros jóvenes como a profesores por igual. Por lo general, son los mismos que pretenden lucir las mejores marcas, poseer los teléfonos más costosos y portar dinero en los bolsillos, sin esfuerzo alguno. Estos sí que no se conforman.

El Apóstol Pablo lo profetizó en 2 Timoteo 3:1-5 Ahora bien, ten en cuenta que en los últimos días vendrán tiempos difíciles.La gente estará llena de egoísmo y avaricia; serán jactanciosos, arrogantes, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, insensibles, implacables, calumniadores, libertinos, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traicioneros, impetuosos, vanidosos y más amigos del placer que de Dios. Aparentarán ser piadosos, pero su conducta desmentirá el poder de la piedad. ¡Con esa gente ni te metas!

Pienso que hoy más que nunca esta advertencia es necesaria aplicarla. Y no se trata de andar condenando a la gente, se trata de saber de quién alejarse. No todo conviene, igualmente, no toda persona conviene tenerla cerca.

Por tanto, de aquel ejercicio de conformarse, saber esperar y escoger, que me mostró la vida cuando era pequeña, aplico unas y otras. Más, en cuanto a quiénes permito sean una influencia en nuestras vidas, en eso sí que no me conformo. Ahí he de usar todo tipo de filtros, porque la familia es lo más valioso. Dios nos manda a cuidar de ellos, a edificarlos. Así, en la alimentación física, lucharemos por lo que queda que sea sano. En estas y toda edificación la fórmula dará prueba + error, pero el resultado nunca será derrota, con Dios por delante…

Filipenses 4: 13 Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

 

Bendiciones!