i usted anda alguna vez por el norte del Lago erróneamente llamado Enriquillo, como lo he hecho yo ya muchas veces, no sólo tendrá la impresionante visión del lago y sus exuberantes contornos, también se topará, inevitablemente, con aquello que los lugareños han bautizado como Las Caritas y que algunos historiadores identifican como El Trono del Cacique. Ahora bien, la historia y los historiadores son soberana vaina, para sacar algo en claro sobre cualquier aspecto del devenir de estas tierras, hay que leerse muchos libros (con ojos y entendedera bien abiertos) y escuchar a mucha gente hablando sobre lo mismo. ¿Enriquillo por qué? ¿Trono de cuál Cacique?

Enriquillo fue el nombre cristiano dado a Guarocuya por los Franciscanos cuando, luego de la matanza del Jaragüa (se refiere al Cacicazgo del Jaragüa, gobernado por Anacaona, la mujer de Caonabó –ambos asesinados- que abarcaba todo el centro-sur de la Isla de Quisqueya o Haití), fue llevado al convento junto a varios otros niños sobrevivientes (su prima Mencía, por ejemplo) de dicha matanza. Vaya usted a saber por qué, si por compasión o porque se les gastó la pólvora y los lazos para ahorcar. Guarocuya, sobrino de Anacaona y Caonabó, como Mencía, fue “educado cristianamente” bajo ese nombre de Enriquillo. Digamos, que su vida, desde ese entonces ha sido largamente “novelada” y narrada de cualquier manera (la “novela” del mismo nombre, por ejemplo) y hay que “buscársela” para entender un poco. Pongamos los hechos por delante. Era, Guarocuya, el último varón del linaje de los Caciques que quedaba vivo, por lo tanto, su importancia fue primordial  para los españoles como para los taínos, y ello determinó todo lo otro. De buenas a primera, aparece un personaje indígena poco estudiado pero de singular trascendencia, llamado Tamayo, en el mismo lugar donde está el ahora llamado Enriquillo. Mientras, los españoles, tratan de “incluirlo” en la corte del Virreynato de los Colón, casándolo con su prima Mencía que, aunque no lo supieran, parecía más bien un arreglo de los indígenas: Mencía y Guarocuya eran la hembra y el varón de linaje Cacical. Por lo tanto, Tamayo, el estratega, ganó esa batalla. Y muchas otras. Como aquella de unir a los remanentes aborígenes (Guarocuya) con los cada vez más numerosos Cimarrones (Lemba) en un objetivo común en contra de los invasores y amos esclavistas.

Es evidente, aunque no nos lo cuente así ningún libro de historia, que la función de Tamayo, al lado de Guarocuya, era hacerle ver a éste su importancia para la resistencia de su raza o para la permanencia de lo que quedaba de ella. Lo otro es “historia patria” por así decirlo. Cualquier libro nos cuenta de los treinta y pico de años de guerra que le plantó Guarocuya, enquistado en estas elevadas montañas de Neyba y el Bahoruco, a los españoles, sin ser vencido nunca. Eso, si entendemos que la “victoria” fue aquel pírrico tratado donde los últimos Taínos recibieron un pedazo de tierra donde morir en “paz”. Ellos, que habían sido los dueños de la isla entera. Aunque no lo consigne así la historia, ni se nos haya dado con destacar esta “primacía”, tan dado que somos a ello, aquí se inauguraron los campos de concentración en América. Ese modelo, como todos los otros “practicados” aquí, fue repetido hasta la saciedad en el resto del continente.

¿Cuál es el punto entonces? Al Enriquillo que honramos, ya no lo era. Fue Guarocuya, muy conciente de cuál era su nombre real y su papel, y no Enriquillo,  quien dio esa guerra y nos mostró soberano ejemplo de dignidad. Es, por lo tanto, erróneo mantener el nombre cristiano a quien tantas batallas protagonizara en contra de esa doctrina y sus personeros.

Es al “Trono de Guarocuya” al que ciertos historiadores se refieren. Era él quien oteaba el hermoso firmamento del Lago desde aquí, y fueron Guarocuya (perdone la tanta repetición del nombre pero hay que mantenerlo vivo) y su gente quienes plasmaron estas “caritas”.