(…)

ahora pensad lo que sería
el mundo todo Sur,
el mundo todo sangre y todo látigo,
el mundo todo escuela de blancos para blancos,
el mundo todo Rock y todo Little,
el mundo todo yanqui, todo faubus…
Pensad por un momento,
imaginadlo un solo instante.


Nicolás Guillén
Fragmento del Poema Little Rock

El final de este poema de Nicolás Guillén se me antoja al leerlo aterrador. Solo imaginar un mundo dónde la barbarie o la más execrable de las pasiones acaben por imponerse, duele y es casi agotador por lo que provoca. Lo sucedido en los Estados Unidos y la muerte de George Floyd nos obliga a reflexionar, a acercarnos a la puerta misma de nuestro entorno más cercano,  al otro lado de la isla: Haití. Este terrible acontecimiento nos arroja, sin sutileza posible, al centro de los hechos y es que también por nosotros "doblan las campanas"

Me gustaría recordar en este momento unas líneas de pensamiento de mi libro Caleidoscopio en las que hago referencia al conflicto dominico-haitiano, un tema que me preocupa y no poco. "Creo que la condición humana está por encima de toda frontera. Pienso que el niño que muere de hambre en la línea divisoria de los dos países, sea este dominicano o haitiano, no deja de ser un niño y por lo tanto un ser humano que muere. No creo en quien entiende que solo tienen derecho a vivir los hijos de sus entrañas, mientras se es indiferente ante aquel que languidece delante de sus ojos. Para mí, a quien así actúa, le separan muy pocas cosas de una hiena, por tanto tomo distancia de los que ven la vida de esta manera" El caso de Floyd nos lleva a recapacitar desde la más absoluta honestidad acerca de cómo debemos caminar en lo alto de la cuerda del pensamiento.

Por un lado uno se siente empujado, por la propia dinámica de este mundo absurdo en que vivimos, hacia la más temible falta de solidaridad y de empatía.  Se argumenta y se trata de justificar a veces la xenofobia, por quienes esgrimen como bandera este recorrido, sobre la base de construcciones sociológicas y filosóficas obsoletas que nada tienen que ver con el valor de la vida. Es lamentable encontrar algunos intelectuales que justifican los excesos cometidos en nombre de la segregación racial.

En este punto creo de vital importancia establecer y dejar bien claras las enormes diferencias existentes entre la realidad norteamericana y la nuestra. Sea cual sea el ángulo desde el que se contemplan ambas, es posible detectar a simple vista, una gran distancia en el modo en el que se enfrenta la lucha racial desde ambas naciones y esto es así por razones de peso. Parece obvio afirmar que nuestros contextos son a todas luces distintos, pero incluso por encima de esta evidencia hay una forma particular e históricamente única en la experiencia vivida por el pueblo dominicano que nos aleja del gigante estadounidense. No considero por tanto correcto confundir el nuestro con un mundo en el que la separación, por cuestiones de raza, es mucho más violenta por carecer precisamente del sincretismo tan presente en nuestro país y que nos distingue del resto por encima de cualquier otro elemento. Es por ello esencial no prestarnos al juego de ser manejados por quienes desprecian y tratan de justificar –mediante estudios y supuestos pensamientos de enorme trascendencia– el odio más violento hacia todo lo extranjero y específicamente en  todo cuanto proceda del otro lado de la isla y cuyo origen sea haitiano.

Considero igualmente peligroso para la nación dominicana, situarnos en las antípodas del pensamiento anterior y asumir discursos o poses de culto a la negritud como si fuera la única cara de la moneda. Esta actitud supone, para mí al menos, una forma de racismo invertido. Soy muy consciente de que tocar este territorio constituye un acto espinoso.  Si uno defiende lo humano por encima del fanatismo ideológico y la xenofobia entonces se le considera pro haitiano, una forma encubierta e indirecta de descalificarte apelando a la pasión nacionalista. En el otro extremo están los que asumen el discurso contrario y hacen de la defensa del color de la piel un estandarte que logran convertir en mera caricatura. Son los que enfatizan una separación con respecto a la tradición hispánica para negarla, como si se pudiera vivir con un solo brazo y una sola pierna con total normalidad.

Es, lo reconozco, una danza muy difícil de bailar y a la cual -pese a ello- no debemos renunciar. Es preciso hilar fino y desenmascarar ambas corrientes de pensamiento. No podemos tomar opción de manera irresponsable por la primera puesto que estimula el odio y la sinrazón, ni apoyar con fe ciega la segunda porque hace de nosotros seres incompletos al negar nuestra propia naturaleza hecha de mestizaje. Lo sucedido en Minneapolis no debe tomarse a la ligera. La República Dominicana está sentada sobre la boca de un volcán. Constantemente y desde diversas esferas se estimula a la población a prender la mecha de la discordia y este arriesgado proceder podría conducirnos hacia un desastre de incalculables consecuencias. Sabemos que los pueblos viven, de tanto en tanto, procesos de guerras intestinas por cuestiones de identidad, fronterizas, religiosas y/o de tipo cultural. Son a veces inevitables estos conflictos. Pensar en un mundo idílico, en el que los contratiempos se dirimen en perfecta armonía, es como perderse en el paraíso. Ahora bien, es un hecho muy distinto exacerbar artificiosamente las diferencias tratando de ahondar la brecha y acrecentando el odio, actitud que desde luego no parece propia en hombres que aman la cultura, entendiendo como tal el respeto a las diferencias.

No existe, por otro lado y en modo alguno,  manera de empujar a cualquiera de las dos naciones que ocupan la isla más allá de la orilla que territorialmente les sirve de límite –tanto hacia el este como hacia el oeste– y esa es una realidad con la que es preciso convivir pese a que en ocasiones parecemos olvidarla. No es conveniente ocultar bajo una alfombra el terrible y doloroso caso de George Floyd, nos toca de cerca y muy profundamente. No podemos dejar de reflexionar acerca de ello sin intentar a la vez desmontar cualquier opción equivocada a la hora de asumir el conflicto que afecta a nuestro país, bien sea rechazando el estéril y feroz nacionalismo y su equivocada manera de defender a la nación dominicana a través del odio, o por el contrario poniendo en evidencia y evitando  convertirnos en mera parodia de un supuesto amor por "lo negro" desde una posición frívola que reduce nuestro orgullo de raza a lo folclórico, a un disfraz que nos identifica con tierras lejanas.

Debemos frente a una y otra actitud, y esto siempre dicho desde mi modesta opinión,  asumir nuestra sociedad y a nuestras gentes como parte de una nación cambiante. Aceptarnos como un lugar en constante proceso de integración y hacerlo sin perder jamás de vista la objetividad que nos permita comprender que somos un país con unas características muy diferentes a las del coloso estadounidense, cuya   posibilidad de  asumir inmigrantes de otros países (esté o no dispuesto a hacerlo) por su capacidad territorial y material no tiene nada que ver con nuestra realidad. República Dominicana precisa de una regularización obligatoria que evite generar niveles de tensión que puedan ser inmanejables.  Debemos en medio de este espacio temporal, entender quiénes somos y hacia dónde vamos de forma consciente y elegida en libertad.  Todo lo demás es repetir a futuro el caso de George Floyd en mayor o menor escala.